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De repente caía en un abismo, en un hoyo negro, no se veía nada más que negro y Aída iba cayendo con todo su cuerpo, hacia la nada, no podía gritar, sólo sentía en su espalda frío y una inmensa caída sin fin y cuando iba a caer, abrió los ojos, despertó con tremenda agitación, sus ojos empezaron a recorrer la habitación, notó que en el techo colgaba un ventilador que giraba lentamente haciendo un ruidito molesto, y que a su alrededor no estaban sus cosas, era una gran habitación, obviamente notó que no era suya, levantó sus manos y empezó a sentir su cuerpo, su respiración comenzó agitarse. Junto de ella había un cuerpo dormido y con pijama de florecitas ¿quién podría ser? se preguntó.

Movió la cabeza en búsqueda de su ropa, si es que estaba ahí, bajo de la cama cuidadosamente para no despertar a ese cuerpo que dormía en dicha pijama de franela y horrendamente cursi ¿que hice?, ¿por qué mi cabeza palpita de esta manera?, ¿bebí? Todo eso se preguntaba mientras observaba esa habitación maloliente desordenada, mientras recogía su ropa sin hacer ruido. Al salir de la habitación reconoció la estancia de ese departamento ¡ya había estado aquí! Se dijo ¿pero cuándo?, ¿con quién? Y volvía a preguntarse ¿quién es ese cuerpo y en esa pijama? Pero desde donde estaba sentada vistiéndose, solo se alcanzaba a ver el cuerpo dormido entre las sabanas, y aunque tenía una gran curiosidad que vibraba por todo su cuerpo, no quería despertar a ese otro cuerpo. Ya vestida, se dispuso a recorrer la casa, para ver si llegaban a ella esos recuerdos que, estaba segura, le dirían algo, pero no. ¿Cómo llegue aquí?

Al verse inmiscuida en una rutina sofocante Aída decidió despojarse de su lugar y dirigirse con Don Mateo, para esta vez sí renunciar. Con renuncia impresa en mano, se acercó al escritorio de Mateo y con una voz tímida le dijo “Don Mateo, ¿tendrá 5 minutitos?” y sonrió, Don Mateo la miro de abajo hacia arriba, con una cara de hartazgo diciéndole “sí, dime” Aída solo extendió su brazo y le entrego su hoja impresa con una sonrisa maliciosa. “mmm, ajá” decía Mateo mientras leía “ok, me parece perfecto, seguramente lo reflexionaste muy bien la noche anterior, como para atreverte a venir desde tu casa hasta mi escritorio y entregarme esta impresión, me parece perfecto y sabes qué, de una vez recoges tus cosas, y hoy quiero todos tus pendientes entregados en mi correo al final del día para que te marches, pasas con Rosita para ver lo de tu finiquito”. A Aída hasta se le borró la sonrisa y mientras medio escuchaba a Don Mateo, se quedó pensando – “híjole, aquí estoy yo cual estúpida renunciando y ni sé qué chingados voy hacer, ay Aída pero si serás pendeja, hasta creías que te iban a dejar quedar mientras buscabas trabajo, pero en fin…”

Se dirigió con Rosita, realizó todos los trámites y sorprendentemente terminó justo a las 5pm, una hora antes de la salida, todos sus pendientes. Los revisó con Don Mateo y por más que quiso hacerla repetir cosas, no lo logró. 5:30 y Aída ya iba camino a casa, pensando en un sin fin de posibilidades en las cuales se ocuparía esos días y el resto de su vida.

A la mañana siguiente, se despertó como todos los días a las 5:30 de la mañana, pues no quería perder su rutina de siempre; eso sí haciendo cambios como salir a correr, se puso sus tenis, tomó llaves, yogurt y se fue a las vías del tren cerca de su casa, para correr. Se sentía una mujer libre, admirando el amanecer, los ruidos de esa mañana, los pajaritos cantando, la gente despertando. Al regresar escuchaba a lo lejos los cláxones de los coches mientras esperaba a que la cafetera hiciera su trabajo “ay, qué felicidad, yo aquí, leyendo periódico, esperando mi café casero, yo y sólo yo” Pensó.

La noche anterior ya había hecho todo un plan de actividades, esa semana sería de visitar museos y haría cosas que siempre había soñado hacer. Cargó la pila de su cámara, y después de tomar su cafecito casero, bañarse, arreglarse y hasta tender su cama, cosa que nunca hacía, se dispuso a turistear por la ciudad.

Al salir de su casa, se percató de que había una nota que decía “¿quieres cambios de vida?” Pero no firmaba nadie, la despegó y se la echo a la bolsa del pantalón.

Salió motivada, tomó su bicicleta y se dirigió a la calle de Horacio 907, pues ahí le había comentado Lety  que había una galería de arte en la cual, aparte de vender arte, daban talleres para aprender técnicas de ilustración, dibujo y pintura. Al llegar vio que había lugares disponibles para los próximos talleres, con lo poco que le habían dado de finiquito le alcanzó para pagarse el taller de ilustración que iniciaba en 19 días. Y ya estando ahí recorrió la galería que presentaba, además del trabajo de artistas ya consagrados, algunos trabajos de los talleres anteriores. Se quedó horas admirando los trabajos de los artistas, tanto se enamoró del lugar, que todo el plan del día lo abandonó y quedó en el olvido. Al salir tomó su bici y nuevamente encontró un post-it que se leía “El cambio, está a la vuelta” sólo sonrió y guardó la nota junto a la otra.

Ya que iba camino a casa, recibió llamada de Antonio a quien ya tenía tiempo que no veía, así que decidieron verse para tomar un par de drinks y recordar viejos tiempos y perderse en el mar de posibilidades que tenían frente a sus vidas. Así que pedaleó lo más rápido hacia su casa para arreglarse y encontrarse con ese viejo amor.

Al llegar a Gin Gin – nuevo lugar en la zona – Se percató de que entre toda esa multitud de gente aún no estaba Antonio, pero en fin, “que empiece la noche”, pensó y decidió pedirse un nueva bebida recomendada por el bartender – Acapulco Golden – por los viejos tiempos.

Al entregarle su bebida llegó Antonio, tan guapo como siempre, con su delgada figura pero con brazos bien torneados y manos grandes, con esa barba de candado que siempre lo caracterizaba, ojos profundos que al verla derretían a Aída, se acercó y le plantó un gran beso en la mejilla… ¡Olía tan bien! – ¿Qué pediste?, qué exótico se ve eso – ah es un Acapulco Golden – hum eso me recuerda cierto viaje – Por eso lo pedí Antonio, sólo por recordar – Sonrieron juntos con cierta picardía de tanto recuerdo. Y así toda la noche, bebieron, platicando entre risas de memoria. Y así se extendió la noche…

¡Joven, la cuenta! Dijo Antonio al ver que ya se había reducido la cantidad de gente en el lugar, Aída le dio el ultimo sorbo a lo que bebía dándose cuenta que había algo en el fondo de su vaso – “¿Aceptas el reto?” Esta vez sí le extrañoó semejante aviso, en todo el día 3 notas, era demasiado para ella ¿quién estaba dejando esto? En fin ya se sentía cansada, pero aún quería seguir con esa emoción que Antonio provocaba en ella. Pagaron la cuenta y Antonio le preguntó ¿que nos siga llevando la noche por donde ella quiera? Ella solo respondió “pues que nos lleve” sonrieron y salieron tomados de la mano.

Al tomar el primer taxi, subió ella pero al quererse subir Antonio, el taxista arrancó dejándolo atrás, por más que gritaba Aída, este no hizo caso y siguió manejando a toda velocidad por el centro de la ciudad, él solo reía y le decía “Aída no tengas miedo, Antonio no forma parte de esta historia” ¡¿Qué?! Señor regrese yo no me puedo ir con usted, regréseme con ese a quien dejo atrás, decía Aída. “Mire señorita tengo instrucciones precisas y Antonio no es parte del plan” ¿Por qué sabía su nombre?, ¿quién era ese señor? Después de varios minutos que para Aída, parecieron horas, por fin disminuyó la velocidad adentrándose en un callejón poco iluminado, se acercó a una banqueta y detuvo el coche “señorita sígase aquí derechito y al fondo va a ver una puerta de color moradito, toca tres veces, pero sólo tres veces, si le preguntan que quién es, sólo diga su nombre”

Aída muy obediente bajo del taxi y siguió derecho, escuchando a su paso algunas voces que no alcanzaba a descifrar qué decían, pero como si algún poder extraño la llevara hacia la puerta morada que destacaba de ese pasillo poco iluminado. Al llegar tocó 3 veces, la puerta se abrió por si sola, solo escuchando “Aída te estamos esperando, pásate” Siguió obediente hacia la voz, pero no lograba encontrar a nadie ni a nada, todo era oscuridad a su pasar con esas voces de fondo en donde algunas veces escuchaba su nombre a veces lejano y a veces muy cerca, poco a poco empezó a notar una luz roja al fondo y al acercarse solo veía una letras grandes que decían ¿Aceptas el reto? Pulsa el botón rojo, Aída recordó esa frase del bar donde estaba con Antonio, sí la nota que estaba en el fondo de su bebida.

Aída, aceptó el reto y pulsó el botón rojo, en ese momento todo fue silencio, las voces desaparecieron las luces se apagaron e inició la caída, a la nada a lo negro, su espalda empezó a sentir un inmenso frío, pero no sentía miedo.

¡Y despertó!

Despertó en esa habitación con el ventilador lento del ruidito raro y ese cuerpo dormido en la pijama de florecitas, recordando a Antonio lejanamente, recordó que eso ya lo había vivido, recordó el día que renunció a esa vida de pasado, recordó que ya no quería a esa Aída del pasado tímida, obediente, recordó que en ese momento tenía que correr a cambiar todo y dejar ese pasado.

Recordó, que ya no era la misma Aída y que en ese momento todo iba a cambiar. Se vio por último momento en un gran espejo y antes de salir del departamento, recordó a ese cuerpo dormido en la pijama de florecitas, que la hizo regresar a esa cama de la cual había despertado, para averiguar ¿quién era esa persona? Llegó hasta esa persona, rápidamente le quito las sabanas que la envolvía, despertándola se levantó y al quedar frente a ella, se dio cuenta que era ella misma, la del pasado, al mirarse Aída con Aída la del pasado se desplomó cayendo en esa cama vieja y maloliente y la Aída del presente retomó su camino hacia el futuro.

Un pensamiento en ““Aída con Aída” Por Aury Maravert

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