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Aquella tarde había llovido por horas. La ciudad le retó a recorrerla entre chubascos, oficinistas huyendo de los charcos, perros que se refugiaron en porches y autos y camiones aferrados a un lugar en las largas filas. Al final lo logró, no invicto, mojado, pero llegó; cambió la camisa por una seca, limpió su cara y buscó un lápiz.

Tomo el lápiz
-nunca habrá palabras
que con fidelidad
la describan-
y los primeros trazos
a esbozar
de su cuerpo
la forma comienzan.

Se levantó y abrió la puerta del balcón, afuera incesante el agua cantaba con el piso, con los árboles, con el techo de los autos aparcados y con algunas ventanas. Aspiró profundo, llenó sus pulmones, retuvo el aire un par de segundos y despacio exhaló. Caminó a la cocina para preparar un café cargado; con la taza más caliente de lo que quería, volvió a la mesa y comenzó a detallar la imagen.

Una a una
líneas y sombras
con detalle convierto
-primero ambiguas,
y poco a poco
concretas y precisas-
en una estampa
de aspecto conocido.

Pasaron las horas, del café quedó la mitad, frío. Regresó a la cocina, vació la taza, la cambió por un vaso en el que sirvió dos dedos de tequila –la medida exacta para él-. No había notado que el aguacero se detuvo; desde la terraza miró la calle vacía salvo por un perro en busca de comida quizá. Bebió un sorbo y regresó al dibujo, satisfecho pero con un extraño desasosiego, intranquilo.

Unos retoques,
un borrador,
los últimos trazos.
Logra mi memoria
-con mágica fidelidad-
plasmar de ella
la misteriosa mirada
y el sensual cuerpo.

Encendió el escáner, con precisión acomodó el dibujo y pulsó el botón verde; esperó los segundos que tardó la imagen en hacer el viaje del papel a la computadora: nunca cesaba de sorprenderle ese salto. Agregó el archivo a un mensaje de correo, tecleó su nombre y se lo envió. Ella escuchó un timbre, revisó su buzón y se encontró desnuda, vulnerable, perfecta.

Dudo un momento,
al cesto vuela el papel,
teclas y botones
los dedos presionan,
el correo suprimo.
Acepto el reto:
decido olvidarla
y el botón rojo pulso.

Un pensamiento en “«De memoria y olvido» Por Octavio Lehmann

  1. Me recordaste la parte intrínseca de nuestro ser que mueve la creatividad, el pensamiento libre que vuela hasta donde tu imaginación alcanza, privilegiando lo conocido, a veces…

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