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Todo oídos (1)

Aceptó el reto y pulsó el botón rojo antes de bajar por aquella peligrosa escalera convencido de que así respondía a su propio desafío.

Al llegar al último escalón resbaló, se sobrepuso y pasó sobre el tapete de intenso color naranja, volteó a mirar como si comprobara que nadie lo seguía, aunque lo que realmente temía era haber dejado su sombra escalones arriba.

Siguió sin detenerse hasta llegar a la cocina y, cara a cara con el refrigerador, asió la manija como si pulsara un arma de repetición y lo abrió con gran seguridad para toparse con lo que sabía que, la noche anterior, había dejado reposando, escondido detrás de algunos frascos de conservas que había dispuesto de manera tal que había parecido suficiente para que ni siquiera ella sospechara lo que había detrás.

Oyó voces en el exterior muy cerca de la ventana que da al patio trasero, sudó frío, imaginó lo que tendría que decir si a uno de sus vecinos se le ocurriera, fatalmente, tocar con los nudillos a la puerta, ya fuera para hacerle una visita inesperada o para pedirle, como solían hacerlo, un par de terrones de azúcar o una poca de miel de la que él mismo solía venderles, de vez en cuando, después de traerla desde alguna zona lejana del estado de Jalisco. Recuperó la respiración pues los vecinos habían seguido de largo.

Vibró el teléfono y, aunque el cosquilleo le hizo pegar un salto al sentirlo en la pierna, no titubeó en tomar la decisión de dejarlo vibrar por cuatro o cinco ocasiones más hasta que, después de lo que le pareció una eternidad, desistieron y colgaron.

Prosiguió sigiloso a extraer del frigorífico el objeto de su anhelante deseo, aquello que lo había hecho pasar por periodos de insomnio la noche anterior misma que —¿quién podía saberlo y asegurarlo mejor que él? — tuvo que sobrellevar sin ceder a la tentación de bajar a revisar su escondite misterioso.
Conteniendo la respiración, lo tomó, miró hacia ambos lados girando la cabeza como si estuviera en las manos del quiropráctico quien solía hacerle tronar las cervicales para reacomodar sus desgastadas vértebras.

Caminó, trastabilló e hizo un pequeño malabar que por un instante lo hizo pensar que, aquello por lo que había esperado a que pasara la oscuridad, acabaría en el suelo, estrellándose en fragmentos húmedos y dispersos para jamás recuperarlo y perderlo de la manera más estúpida e irresponsable.

Continuó avanzando y se encontró de nuevo frente al tapete anaranjado pero ahora en sentido contrario. Recordó que hacía pocos minutos había dejado la planta alta para, hábil y nerviosamente, descender y mirar de nuevo lo que no sólo le había robado el sueño la noche anterior sino días antes cuando había recorrido la ciudad en su búsqueda, en horas insospechadas y por caminos que jamás hubiera imaginado.

Inició el ascenso de regreso a la planta alta pero, esta vez, guardando el cuidado que le exigía lo que sus manos protegían como un tesoro hallado en lo más profundo de su instinto casi lascivo, casi perverso.
Libró uno, dos, tres escalones, deseando estar de regreso en la habitación de la que había salido, sigiloso y apenas rozando el piso con los calcetines que le habían protegido del frío que algunas noches traen consigo, donde ella, sin sospechar que él había abandonado la cama hacía ya algún tiempo, continuaba en la misma posición que había adoptado desde que se besaran en la alta madrugada.

Rebasó el umbral del dormitorio y comprobó, por lo rítmico de la respiración de ella —quien no podría robarle lo que, sólo para sí, se había encargado de preservar celosamente oculto— que permanecía sumida en un sueño que la hacía lucir lejana y ausente pero bella a más de pálida.

Pasó el objeto de su deseo a la mano izquierda, con la diestra tomó el dispositivo mientras contenía la respiración y avanzaba nervioso para quedar parado justo frente a ella. Detuvo la grabación, pulsó el botón de reversa deteniéndose donde el reloj marcaba la hora señalada, apuntó de nuevo hacia el objetivo y sabiéndose incapaz de arrepentirse, detonó el reproductor para así empezar a lamer, despacio, de abajo arriba y de arriba abajo, su helado escocés con chispas de chocolate que lo lanzaría al rincón del placer que le estaba reservado. Mientras tanto se concentró en esos escasos minutos que había dejado grabando del enfrentamiento entre sus dos boxeadores favoritos.

Ella abrió sólo una pequeña rendija del ojo izquierdo para decir, amodorrada y con voz casi inaudible: ¿me das?

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