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Aceptó el reto y pulsó el botón rojo…

No supo bien por qué lo hizo o las consecuencias de este acto tendría, simplemente era lo que sentía correcto, lo que “le dictaba el corazón”.

Una vez que lo hubo hecho, una ráfaga de imágenes y de pensamientos saturaron su cerebro haciendo que miles de neuronas se excitaran estimulando lóbulos y áreas específicas de la materia gris, que al parecer habían estado en “espera” al ocurrir la acción decisiva.

Una a una se fueron activando las neuronas que albergan los recuerdos y advirtió que de una forma algo extraña pasaba lo mismo que cuando ves una película extranjera sin subtítulos o cuando eres un espectador de una obra de teatro en la que no estuviste desde que dio inicio; estas ahí pero no entiendes que está sucediendo y peor aún, no puedes hacer nada, sólo observar.

Fue así que el cerebro no se percató de lo que las manos habían hecho hasta que ya era demasiado tarde. Recordó entonces todas esas veces que pasó el tiempo con ella, las risas y las bromas, las conversaciones absurdas y las otras tantas con significado. Vio mensajes en el dispositivo móvil y escuchó horas y horas de conversaciones telefónicas,  se deleitó con la que parecía la voz más dulce que había escuchado, recitándole palabras que parecían poemas. De la misma manera en que evocas el sabor de un vino blanco espumoso, de una malteada o de tu bebida favorita, evocó sus labios sabor cereza y sintió en su lengua la saliva que se sentía como miel y que paladeaba en cada arrebato de emociones que siempre lo inclinaban a buscar aquel refugio carmesí aderezado con un toque de “lip gloss”.

Una vez que volvió a probar los besos, esos besos, recordó el olor de su perfume, ese que se impregnaba hasta por debajo de la ropa pero que no le gustaba tanto como ese otro olor, tan propio de ella que se impregnaba en su piel y que le hacía llevarla consigo todo el tiempo. Fue ahí que el pánico lo hizo presa y sintió en fracciones de segundo como el corazón palpitaba a una velocidad descomunal que sentía que las costillas iban a ser fracturadas por el intempestivo latir del músculo hasta hace unos minutos inerte. Secundario al aumento del flujo sanguíneo hacia las cisuras cerebrales que por consiguiente irrigaban el tejido propio de la zona, se desataron un sinfín de emociones, los recuerdos evocados daban vueltas en la bóveda craneal y empezó a sentir que ese remolino de “archivos” del pasado primero le arrebataba el aire, por lo que aunado al ritmo acelerado de su corazón le era cada vez más difícil respirar, después el ir y venir de tantas y tantas imágenes, sonidos, aromas y sensaciones logró que lo que inició como mareo se convirtiera en vértigo; los escalofríos que sentía al acordarse de la fricción de la piel de esos cuerpos tibios, ávidos de complemento, se sentían como agujas penetrando la dermis al mismo tiempo en todos lados, y después se transformaron en espasmos que dolían hasta la columna vertebral y que saturaban al, en esos momentos, tan abrumado cerebro.

Náuseas, eso era lo único que podía percibir  de entre tanta saturación emocional y justo al tiempo en que se arqueaba para expulsar los fluidos estomacales, todo se detuvo, ya no hubo ruido, no había imágenes ni recuerdos girando ni conmocionándolo, todo era silencio… miró las imágenes inmóviles como cuadros de una galería de arte y notó que cerca de él se encontraban escenas que no estaban en el remolino, miró con detenimiento esas caras y esas nuevas situaciones, éstas hacían referencia a peleas y enojos que según recordaba, siempre habían iniciado por la forma de ser de ella, por su egoísmo; recordó que una vez, estando a diez minutos de llegar a una comida con la familia de él, habían tenido que regresar al punto de reunión, la casa de ella porque  se le había roto una pulsera que hacía juego con su vestido y en lugar de optar por estar sin ésta, le exigió que regresaran para que se pudiera cambiar. Claro se perdieron la reunión.

Paso a paso, a través de esa galería, veía y observaba y escuchaba todo lo que era contrario a las primeras imágenes y emociones que se habían disparado al principio, recorrió pasillos enteros con estantes llenos de éste tipo de recuerdos, de esos que crean enojo. Se detuvo en una de las galerías y sostuvo un portarretratos con su imagen, se vio contrariado y empezó a caminar ese sendero que había optado por dejar atrás, porque la amaba. Fue una tarde de domingo, cuando él llego a casa de ella con flores de las le gustaban, arreglado, porque siempre le decía que era un “fachoso” y que procurara explotar su potencial, antes de tocar el timbre echó una mirada final a su atuendo, fue raro que no hubiera nadie puesto que eran las ocho de la mañana y él había ido para darle una sorpresa e invitarla a desayunar, pues sabía que iba a estar “cruda” ya que la noche anterior había sido la fiesta de una de sus amigas (al ver lo que continuó, le dejaron de gustar las sorpresas), de un automóvil deportivo azul, del que emanaba una música que después catalogaría como “putrefacta”, bajó a la que había llamado su novia y de la quien soportó rabietas, arranques, críticas y juegos de manipulación, sólo porque la quería demasiado y le perdonaba sus “destellos de niña mimada”. Ella despeinada y con el vestido torcido bajó del auto a tropezones y dando tumbos se dio la vuelta hasta el asiento del conductor, se inclinó y le besó los labios al sujeto que la había llevado a casa.

El auto se alejó y la mujer que continuaba en estado inconveniente se aproximó a la puerta de su casa, observó a un sujeto que sostenía un ramo de flores en su mano derecha y un celular en la izquierda. Nuestro protagonista aún no dilucida si ella no notó su presencia por lo intoxicada que estaba o por que no quiso afrontar la situación, cosa que en estos momentos ya no le importa.

Así, con el corazón roto y con esa sensación que te deja el recibir una cubetada de agua helada, soltó las flores y tomó el celular con las dos manos, accedió al menú de contactos y buscó el nombre de esta mujer, le dio clic en “editar”, descendió hasta el final de la pantalla y observó el botón rojo que decía “eliminar” miraba ese botón que parecía que lo retaba a pulsarlo y así sin más… aceptó el reto y pulsó el botón rojo

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