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Aceptó el reto y pulsó el botón rojo…

¿Qué más podía pasar, que no hubiera pasado antes?, ¿qué otras palabras podrían decirle, que no le hubieran dicho?

Llevaba un tiempo pensándolo, deseando tomar valor y decírselo a la cara, pero siempre, en un momento fatal de miedo a ser otra vez ella, sin nadie más, se detenía.

El hombre al otro lado de la línea había llegado una tarde sin sol y se había quedado en su vida de forma intermitente.

Los primeros meses fueron limpios, amarillos, llenos de flores y besos, de sudor y sexo, algo muy parecido a la felicidad que tanto le habían contado.

Pasaba los días tratando de imaginarse el futuro que no era suyo: la casa, el perro, los niños, el desayuno en calma, la noche entera… y entonces rompía en un llanto bajito, sabiendo que al lado de ese hombre no habría paz.

Por ese entonces ella no sabía del gris, del sabor amargo, del frío de la noche que luego se fue clavando entre sus hombros, pero pronto lo supo.

Lo primero fue el silencio, que le llegó como un golpe seco en la boca del estómago cuando de sus labios salió un ‘te amo’.

Luego vino el sexo atropellado, sin permisos, las palabras duras, la ausencia inmediata al vacío, la tristeza profunda de saber que en esa historia, ella era la que había perdido.

Cada vez más, escuchó lo que ella sabía bien: no era suyo, ni lo sería, ni podía desearlo; cada vez más, se fueron espaciando las visitas, haciéndose más breves, más salvajes, más frías. Hasta llegar a este día.

-Nena, llego a las nueve. No hagas planes, no tengo mucho tiempo antes de irme, mi avión sale a las 4.

Martha lo escuchó atenta al otro lado del teléfono. Había seguido esas mismas indicaciones miles de veces; cambiaba el horario, el compromiso, el sobrenombre, pero siempre había una constante: él se iría.

Por un momento pensó en asentir, decirle lo de siempre, mirarse al espejo y escoger la ropa con la que lo recibiría a día siguiente. Despertar, darse la vuelta, comprar cigarrillos, hacerse una trenza, esperar por él, vaciarse el deseo, quedarse otra vez sola. Repetir la historia.

Entonces cerró los ojos. Todo su cuerpo se crispó mientras pensó en la cicatriz del brazo que solía acariciar, en el vello suave de su pubis, en el olor a almizcle de las sábanas, en las flores iguales cada mes… pensó en él, el hombre que era más suyo que de cualquiera y que no correspondía al que acababa de tratarla como una putita más.

No pudo resistirlo.

-Nena, respóndeme, carajo. Estaré tres semanas fuera, quiero verte antes.

Y lo hizo.

“No soy tu puta, no soy más tuya”, le dijo antes de apretar ese botón y tomar el reto más grande de su vida: dejar de ser de otro y convertirse, para siempre, en alguien suya.

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