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Tras el beso.

 Aspirábamos a ganar, era algo que teníamos en la mente desde que iniciamos con este reto: GANAR. Debíamos centrarnos en dar un buen discurso, en atraer la atención de los oyentes. Era vital que nos vieran, que se dieran cuenta de que contábamos más que cualquiera de los otros que iban tras el premio, que iban tras el beso.

El beso, premio que resonaba en la radio a diario. Nadie sabía a ciencia cierta qué era, pero la publicidad era tan constante y buena que tenía a la ciudad entera buscando ganar ese “beso”. Y entre la curiosidad de finalmente ver qué era el beso y ganar, tenían a la gente preocupada por preparar el discurso, el show, la presentación, cualquier cosa que hiciera a los demás voltear y ver.

Ver que sí podíamos, ver que éramos mejores hacía que cada tarde al salir de la oficina y antes de ir a casa nos juntáramos. Preparábamos líneas, preguntas, movimientos y todo lo que pasara por nuestra cabeza. Era lo único en lo que nos ocupábamos. Lo único que nos quitaba el sueño.  Durante horas de oficina pasaban notas de un escritorio al otro con ideas, con diseños de qué hacer esa tarde.

Tarde con tarde experimentábamos, ensayábamos con ahínco, con un deseo enorme de ser nosotros los que el beso recibiéramos. El beso nos tenía hipnotizados, anclados a una necesidad de ser los mejores. Imaginamos toda clase de premios, desde el económico hasta el moral. Repasábamos nuestras líneas, los movimientos que haríamos cuando finalmente nos tocara pasar. Teníamos que estar listos, preparados con todo pero sin saber nada. Pusimos nuestro peso, nuestra mente, nuestra sanidad en descubrir qué era lo que al final nos llevaríamos.

Llevábamos unas semanas ensayando sin fijarnos en nada, sólo viendo el futuro que, creíamos, nos haría mejores. Dejamos de leer las noticias, la radio sólo nos servía para enterarnos de los cambios en las reglas del concurso, o de la fecha en la que finalmente nos presentaríamos. Estábamos hipnotizados, todo lo habíamos dejado, olvidado, simplemente hipnotizados.

Hipnotizados fue que pasamos semanas que se convirtieron en meses; pero fue un día, meses después, cuando alguien despertó y se dio cuenta de que todo había cambiado. Nos habían robado la democracia, nos habían dejado sin leyes, ni normas. Simplemente nos lavaron el cerebro con el “beso” y cuando finalmente volteamos, nos dimos cuenta de todo lo que nos habían quitado. No había ya nada ni nadie a quién culpar; únicamente nosotros que nos habíamos aferrado a ir tras “el beso”.

El beso que hoy día podríamos llamar “el beso de Judas”, porque finalmente el de arriba nos traicionó, nos dejó desnudos, ahogados en deudas, llenos de muerte, ahorcados ante nuestros ojos y, lo cual, al estar ciegos no vimos pasar. Dejamos que nos vendieran la idea de la felicidad, de ganar, y nos dieron atole con el dedo con su “beso” por premio.

Premio no hay ni habrá, la ceguera nos llevó a creer que podríamos ganar, cambiar, ser mejores, llegar lejos; simplemente no íbamos a ningún lugar, ni tendríamos nada que cambiar porque ya nada teníamos para alegar. Semanas, meses de pensar en el “beso” y nada cuestionar. Semanas de simplemente ir tras él.

Tras el beso, ¿para qué o por qué? Hoy ya no sé, sólo entiendo que ya no hay nada qué perseguir, ni defender.

Un pensamiento en “Por Claudia de la Cera

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