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La despedida fue larga como todas. Para ella, decir “cinco minutos solamente” podían convertirse en una hora hasta que el teléfono celular de uno o de ambos comenzaba a vibrar sin parar.
La química entre ambos era fuerte ¿en qué momento ocurrió? Ninguno lo sabe. Quizás fue en aquella añeja reunión cuando ambos se conocieron, ella había escuchado de él, pero ya era como un cuento imaginario, habían pasado cuatro años desde la última vez que escuchó le mencionaran su nombre.

—Finalmente conocerás a Eduardo, le dijeron al llegar a la reunión.

—Ya no me hago ilusiones. Supongo que es el Destino que no quiere lo conozca, –expresó.
—No creo, hoy es seguro que lo conozcas –afirmó categórico su amigo Fernando.

La charla siguió y el famoso nombre se diluyó por algunas horas más.
La reunión con motivo de celebrar la amistad de casi 10 años del grupo de amigos que se conocieron en diversas convenciones. En la casa de Aline, allá por el Pedregal. Tenías que elevar el volumen para que te escucharan de un extremo a otro; la estancia era amplia.

Casi a las 7 de la noche, la charla en la casa se volvió un grande y sonoro ¡Hola!
—Ya llegó Eduardo –le dijo su amigo.
—¿Ah sí? ¿Cómo sabes? –dijo ella escéptica.
—Ya escuché su voz… ¡Claro! No lo conoces, cómo vas a reconocerla.

Una mezcla entre escepticismo y emoción la dejaron clavada a su asiento, mientas el cúmulo de amigos se cernía en torno a la figura de alguien de cabello oscuro que se esforzaba por avanzar, saludar y responder a lo que le preguntaban o comentaban a medida que avanzaba.
—Ése que viene ahí es Eduardo, dijo Fernando señalando una figura entre el grupo de amigos. ¡Al fin! Finalmente conocería al hombre del que tanto le habían hablado.
Cuando la bola que lo envolvía, llegó a la salita, igual que un capullo, lentamente se abrió dejando ver a un hombre de piel muy blanca, de cabello de un intenso color negro, alto, pero lo que más llamó su atención fueron los brillantes ojos cafés y la sonrisa contagiosa.
Fernando se levantó y le dijo:
—Eduardo, Eduardo, ven, hay alguien que quiere conocerte desde hace mucho.
—¿Quién? ¿Quién quiere conocerme? Dio dos pasos y ella lo tuvo frente a sí.
—Mira Angélica, él es Eduardo.

Fue un segundo eterno en el que ambos tardaron en reaccionar. Después sólo estrecharon las manos, se dieron un beso en la mejilla, él le preguntó desde cuando lo quería conocer: “Perdón, es que nunca me había pasado algo así…”. Pero lo que ese día ocurrió ninguno de los dos lo pudo decir, porque a pesar de estar separados, las miradas a ratos buscaron encontrarse y la sonrisa afloraba en sus rostros en forma automática.

—¿Por qué no te conocí hace tres meses? –le dijo Eduardo a Angélica en un momento que volvió a acercarse; su mirada tenía un brillo intenso e incomprensible y ella sólo encogió los hombros y sonrió ¿a qué venía esa pregunta?
—¿Porqué me dijo eso Fer? ¿Qué pasó hace tres meses? –preguntó confundida.
—Hace tres meses se casó.

Y como un hachazo, la respuesta cayó, cualquier pregunta a partir de ese momento ya no venía al caso…

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