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Tras el beso

Cuando tengo frente a mí el teclado, casi siempre tengo ganas de empezar a escribir algo que algún día, más adelante, les cuente a mis hijos y joven parentela; las cosas que a mí hace muchos años me platicaba mi padre y que ninguno de mis hermanos se sentó nunca a escuchar en el antecomedor de la casa en donde me contara muchas cosas de su vida, desde que llegó en un barco a Veracruz, allá por 1925, su niñez, su juventud, sus años de trabajo desde muy joven.

También supe de sus viajes a su siempre querido y añorado Veracruz, sitio donde conocí el mar a los 4 años. Él decía que Acapulco era un lugar donde no había respeto, pues iban a comer en traje de baño y ni siquiera se bañaban y vestían después de estar en la playa.

 Me crié admirando mucho la gran memoria de mi Padre y la habilidad que mi Madre tenía para tejer.

 El tuvo un hermano, de quien también escuché muchas anécdotas de sus años mozos y que sus hijos, mis primos, no conocen, pues a mí sí me gustaba oírlos platicar siempre y ellos, todos menores que yo, inquietos y juguetones preferían irse a jugar o a dormir si era en la noche.

 Muchas cosas aprendí de mi Padre y algunas de sus muchas facultades tuve la suerte de heredarle, como la buena memoria y la facilidad para aprender idiomas. Trabajaba mucho, era traductor de seis idiomas y con su portentosa memoria, además de que leía rapidísimo, devoraba libros, y todo el día leía y traducía, escribiendo en la máquina a una velocidad que parecía que estaba jugando con las teclas.

 Me acuerdo allá por 1968, que había un curso con el Método Evelyn Good de lectura dinámica, un compañero de escuela nos invitó a varios amigos a un curso que daría para jóvenes su hermano mayor, quien era uno de los mas destacados profesores y cuya velocidad de lectura era realmente impresionante; leía mas de 2000 palabras por minuto con muy alta comprensión.

 En el curso yo le comenté que mi Padre leía tan rápido o más que él, a lo cual me dijo “no es posible si no ha tomado el curso”. Le comenté aquello a mi Padre y me dijo: “si leo rápido pero no presumo nada”. ¡Zas! Lección de modestia una más para mí.

 Un día invité a mi cuate el instructor a la casa y ahí platicando con mi padre, se animó a preguntarle si lo que yo decía era cierto.

 Traía un libro y mi Padre, mejor le digo como siempre le dije “papá”, le dijo: no sé qué tan rápido leo, pero si quieres hago la prueba. Tomó el libro y a la señal inició su prueba. Cuál sería la sorpresa para el instructor cuando lo vio leyendo y pasando las páginas, que me miraba azorado, entre incrédulo y emocionado.

 Al final vino el conteo y ¡oh, sorpresa! Papá había leído más de tres mil palabras y nos contó exactamente de qué hablaban.

 – ¿Cómo aprendió eso? le dijo mi cuate, y su respuesta fue: “siempre he leído rápido”.

 Así era mi Papá, sencillo, fumador empedernido y trabajador incansable. Un teclado, su enorme amor y capacidad de trabajo nos dieron a los cinco hijos educación, sustento y un ejemplo a seguir siempre.

 El 14 de noviembre de hace 18 años partió de este mundo con la sencillez que su vida le daba: dormido en su cama.

Siempre lo recuerdo y trato de siempre hacer las cosas bien como él me enseñó.

 En su último instante, antes de ser cremado, me acerqué a el y le di un beso. Tras el beso; tengo todos los días el recuerdo de muchas cosas y su recuerdo es siempre con alegría.

 Gracias Papá por todo lo que me permitiste aprender de ti.

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