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Tras el beso

 Apenas los labios se retiraron de su mejilla, varios hombres armados con palos y piedras lo sujetaron. Él sólo dijo “Con un beso entregas al hijo del Hombre”….y bueno, no sucedió exactamente de esa forma pero así lo sentí. Y no me estoy comparando con Jesús, disto mucho de ser igual, y por otra parte Regina es algo distinta a Judas, empezando porque, gracias a Dios, no tiene barbas.

Conocí a Regina en la universidad. Ella era la chica bonita, alegre, popular. Yo…no es que fuera feo, pero tampoco guapo, ahí del montón.  Sin embargo siempre fui muy estudioso y eso, según me dijo, fue lo que le atrajo de mí. Empezamos a salir, y como queríamos estar juntos la mayor parte del tiempo hacíamos todos los trabajos en equipo. Hacíamos era un decir. Yo hacía los trabajos mientras ella escuchaba música, hablaba por teléfono o veía televisión, incluso a veces las tres cosas al mismo tiempo.

Conforme pasó el tiempo ella empezó a pedir más espacio “para que la relación no nos asfixiara”. A mí me encantaba estar con ella pero comprendí que sería buena idea hacer algunas cosas por separado, así que accedí. Yo me iba a museos y exposiciones, cosa que ella detestaba, y ella…suponía que a hacer cosas de chicas. Nuestra relación mejoró, aunque la verdad, sólo nos veíamos en la escuela y en las tardes que había que hacer algún trabajo.

Todo era maravilloso hasta que llegó mi amigo Juan.

– Oye wey – preguntó muy serio Juan- ¿qué onda con tu relación con Regina?

– Nada –respondí perplejo – excelente, como siempre

Juan puso cara de incredulidad y me dijo

– ¿Te parece excelente que sólo te busque cuando te necesita?

Yo me quedé perplejo, sin palabras, mirándolo sin comprender lo que me quería decir

-No, no es cierto – atiné a decir

– ¿Qué no? Cuando hay que hacer un trabajo, ahí está, como noviecita fiel, cuando hay que estudiar para un examen, o si necesita que le prestes tu carro, que la lleves a un concierto en primera fila, en fin, si le cumples sus caprichitos, está muy amorosa, pero si no…

– Si no qué – le grité ofendido.

-Mira, no te enojes – contestó calmadamente – sabes que te quiero y eres como mi hermano y nunca buscaría lastimarte. Date una vuelta por las canchas de fut.

Me dirigí hacia allá y al llegar la encontré en los brazos de Pedro, el capitán del equipo de futbol. Ella estaba como desmayada, y él, al verme pidió mi auxilio. Yo me acerqué angustiado y al momento Regina recobró el sentido.

– Ay amorcito, no sé qué me pasó – dijo aceleradamente – vine a ver la práctica, y yo creo que el sol, los ánimos, no sé, sentí que las piernas se me aflojaban, y si no fuera por Pedro, hubiera caído al piso, y en una de esas y hasta me moría.

Yo estaba más pálido que ella…bueno, de hecho ella estaba como muy roja, como sofocada, al igual que Pedro, aunque bueno, él estaba entrenando… ¿o no?

-Regina – dije muy decidido- quiero saber si me engañas.

Ella abrió los ojos, como platos, y se puso más roja todavía. A Pedro le dio un ataque de tos y la miraba nervioso. Regina recobró la compostura, me sonrió y se acercó a mí.

-¿Cómo crees, tontito? Si yo te amo – y fue en ese entonces que me dio un beso, largo y profundo.

Mientras ella me besaba, juraría que escuché de fondo cantar a Sabina

Cuanto más le doy ella menos me da.
Por eso a veces tengo dudas, ¿no será
un tal Judas el que le enseñó a besar?

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