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Tras el beso

Estaba sentada en una orilla de la cama, tenía las piernas estiradas y con una mano acariciaba su vientre de casi nueve meses de embarazo. Las primeras luces de la mañana se colaban por los espacios de la persiana entreabierta y un rayo de luz alcanzaba a iluminar sus ojos llorosos mientras, con la otra mano, sostenía el único y último de los recuerdos que quiso mantener de él. Inexorablemente, otra vez, gruesas lágrimas fluyeron.

El último día que estuvo rodeada de los amigos y la familia fue en el servicio funerario, de eso ya habían transcurrido cinco días, mismos que llevaba encerrada en su casa sin querer ver ni saber del mundo. Aunque su presencia era fundamental, en esos momentos, prefirió darle vacaciones a Magda y le pidió que cuidara de Rufo.

El teléfono estaba descolgado y el celular sin batería. María y Mauricio estaban desesperados porque no podían comunicarse con ella. Acordaron montar guardia, permanente, en su camioneta roja frente a la entrada de Magnolias número 50.

-Sofía, por favor abre la puerta o contesta el teléfono, nosotros y tu familia estamos muy preocupados por ti y por el bebé… déjame entrar, quiero estar contigo, te prometo que nadie más lo hará… Sofi, por favor, abre… Sofi…

María estaba agotada, pero no cejaba en su tarea de hacerla entrar en razón. Su decisión de permanecer en la calle, era tan inquebrantable como la amistad y el cariño que las unía; de ahí sacó las fuerzas necesarias para no moverse del lugar hasta lograr convencerla de llevarla a casa de sus padres o directamente al hospital. En cualquier momento daría a luz.

Sofía, no dejaba de llorar, como pudo se recostó nuevamente en la cama, abrazó contra su pecho la única fotografía de Rafael –el amor de su vida–, que quiso conservar.

De repente, como si se tratara de una película, recordó que en un arranque de ira, meses atrás, cuando se enteró de la doble vida de Rafael, decidió romperlo todo y marcharse, dejar el departamento y la vida que juntos habían construido en diez años.  Ahora, la situación había cambiado. Tenía que encontrar serenidad, sobre todo, perdón.

-Mi niño hermoso, te prometo que aprenderás a querer a tu padre, aun sin su presencia… Te prometo que te contaré aquellos momentos felices que pasamos juntos… Te prometo que no habrá un solo acento de odio o resentimiento en el tono con el que te cuente todo acerca de él y de mí… de ti… de nosotros… Sabrás sus locuras y sus pasiones… y sé que juntos entenderemos por qué decidió tomar ese camino… sé que me ayudarás a perdonarlo, a perdonarme… Mi niño hermoso, ya es tiempo…

Tras el beso a la imagen, con trabajo y soportando las primeras contracciones, se levantó de la cama, dejó en el buró la fotografía  y caminó hacia la puerta de entrada de la casa. Al abrirla, María la abrazó.

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