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TRAS EL BESO

Mientras caminaba, Alejandra recordaba la primera vez que vio a Sebastián. Fue en la sala de espera del aeropuerto, mientras esperaba, justo antes de lo que serían las primeras vacaciones que ella le pagaría a su madre.

La primera impresión fue que él era un exhibicionista, y no porque así lo fuera, sino porque sentía coraje al no poder superar su introversión. Ella tan tímida, le costaba trabajo hacer amigos. Así que cuando vio a Sebastián a mitad del pasillo haciendo malabares, sin importarle que lo estuvieran observando, no pudo más que sentir envidia.

Aquellas vacaciones representaban el inicio de su independencia, sobre todo económica. Acaba de salir de la universidad y había conseguido un excelente trabajo; así que emocionadas por la aventura que se avecinaba, subieron contentas al avión. Para su sorpresa, el exhibicionista se sentó al lado de su madre y rápidamente se volvieron amigos.

– Alejandra, te presento a Sebastián, mira, es un chico muy simpático, seguro tienen mucho en común.
– Mucho gusto – y Alejandra volvió la cara hacia la ventanilla-.

La última media hora de viaje, y con la ayuda de su madre, lograron finalmente conversar, intercambiar números telefónicos, correo electrónico, etc. aunque pasó mucho tiempo para que volvieran a tener contacto.

La calle era empedrada, con casas estilo colonial, con jardines y macetas en las ventanas. Parecía un pueblito escondido en las entrañas de la ciudad. En la esquina un ex-convento y un pequeño parque, con bancas en herrería verde. Alejandra siempre pensó que algún día, con un poco de suerte, se mudaría cerca de ahí.

La casa de Sebastián estaba en una calle que da directo al parque, un portón negro escondía un conjunto de casas decoradas con tejas y con fachadas pintadas de colores vibrantes: azul, amarillo, rojo.
Alejandra apresuraba el paso, era de esas pocas veces en la que estaba decidida. Lo único que pasaba por su mente era la sensación de los labios de Sebastián: delgados, suaves, delicados. Se habían vuelto una adicción.

La calle parecía interminable. El portón estaba abierto y se alcanzaba a ver la casa de Sebastián que era la última, con una puerta de madera y paredes en azul.

Contrario a lo que le dijo su madre, no tenían nada en común. Él siempre estaba alegre, con esa curiosidad como la que tienen los niños pequeños, aventurero e irreverente. A ella le encantaba platicar con él acerca de sus viajes y la comida que preparaba.

– Me gusta la arquitectura, el pan, las mascotas.
– A mí la música, la fotografía y la bicicleta.
– La próxima vez que nos veamos, deberíamos salir a rodar.

Siempre hablaban de sus gustos y aficiones, poco sabían acerca de la familia del otro, su infancia o los amigos.

La primera vez que estuvieron juntos, fue algo sorpresivo. En un cuarto de azotea, mientras Sebastián intentaba enseñarle un truco de malabares. En un giro intempestivo, Sebastián la tomó por la cintura y la besó. La recostó con cuidado mientras besaba lentamente su cuello, acariciaba su cara, su cuerpo. Y ella, como si estuviera esperando ese preciso momento, le despojó de la ropa.

Esos labios eran la razón principal por la que Alejandra estaba a punto de tocar la puerta de Sebastián. Habían pasado meses desde la última vez que se vieron.

Tocó y hubo silencio, las manos le sudaban, temblaba y la sensación de vacío en el estómago le provocaba nauseas. Estuvo inmóvil unos segundos, y nuevamente el miedo se apoderó de ella. Dio media vuelta y echó a correr.

De regreso a casa, la culpa la atormentaba.
– ¿Y si hubiera esperado? ¿Qué hubiera hecho? La audacia no es lo mío. ¡Hola, Sebastián! Pasaba por aquí… En fin, que bueno que me fui. ¡Tonta!

Sebastián vivía a dos horas de distancia. Tiempo suficiente para que Alejandra recordará todas aquéllas platicas de café, la vez que le compartió pão de queijo, aquél piropo extraño que él dijo la primera vez que fue a visitarla.

De vuelta a la rutina, y pasados algunos días, Alejandra tenía un solo pensamiento: ¿Se acordará?
8:30 de la mañana y recibió un mensaje, justo antes de salir a la calle.

– Hola, casualmente me encuentro en la ciudad por motivos de trabajo, y estoy en un hotel muy bonito. ¿Quieres venir?

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