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Monserrat cerró la puerta del edificio, sacó de su bolsa Kipling de 500 pesos el iPhone para escuchar música mientras se encaminaba hacia La Jornada para tomar la clase de periodismo cultural, un taller que había resultado no ser tan taller con unas maestras que eran más periodistas que maestras.

En fin, algo aprenderé. Además ya lo pagué, por lo menos que me den la constancia. Una vez más seleccionó de su larga lista de canciones El problema de Ricardo Arjona, y pensó que algún día tendría que dejar de pensar en el animal de Carlos, en sus besos, sus abrazos, sus palabras, sus mentiras. ¿Y si mejor pienso en Saúl y su piel morena? ¡Ay, no! Creo que este hombre es más complicado que el anterior. Por un instante se le antojó aquel hombre. Pero ahí terminó todo. Sus pasos la llevaron hasta la parada del pesero que nunca apareció. Ay, no puede ser, ¿qué nadie va para CU a esta hora? No sabía si caminar o bajar a las profundidades del metro. Los acordes de Are you gonna be my girl de los Jet no le dieron más opción que caminar, esa canción siempre la llenaba de energía, la animaba, la hacía mover los huesos, además el aire de otoño se dejaba sentir, y su cabello flotaba; sintió por un instante que estaba en Milán y que cientos de miradas seguían su andar a lo largo de la pasarela Gucci primavera-verano. Sonrió. Su piel percibía con claridad la suavidad de la seda y el roce de la crinolina que ampliaba de manera espectacular la falda que modelaba. Regresó de golpe a la Ciudad de México cuando escuchó el grito de un hombre: ¡Súbale, súbale, güerita! ¿Qué? ¿Apenas voy en Eugenia? Me choca llegar tarde. Y el bendito pesero que nunca pasó, ni modo me voy en metro. Se metió al metro, pues solamente le quedaban veinte minutos para llegar a tiempo a su clase, recordó que Donají, una de las maestras-periodistas, les había dicho que llegaran puntuales para que entraran todos juntos. Recordó aquella vez en la que entró al periódico Reforma y casi la desnudaban para dejarla entrar. ¿Qué habrán pensado, qué me robaría una noticia? No, bueno, el mundo está repleto de gente engreída. Bajó las escaleras con una especie de pequeños saltos. Sacó de su cartera el boleto del metro y recordó que Enrique le había regalado una tarjeta recargada con cien pesos. Ay, Enrique, tan encantador y tan casado. Mejor me acabo i biglietti que traigo en la cartera. Le gustaba recordar las palabras que había aprendido en sus clases de italiano. Pensaba que algún día el estudio de aquel idioma sería útil, que le serviría para algo más que conocer a Carlos y sus besos, sus abrazos, sus palabras, sus mentiras. Ay, no, otra vez Carlos. De verdad estoy mal. Ese fulano no merece que piense en él. Una mujer de cabello rojizo pasó junto a ella, era una compañera del taller, pensó en hablarle, pero en el iPhone sonaba Semplicemente de Zero Assoluto y prefirió escuchar que platicar. Entró al vagón y miró a sus compañeros de viaje, solía seleccionar a uno e inventarle una historia casi siempre trágica. Hoy no tenía ganas, solamente los miró como se mira a los peces de un acuario. Llegó a la estación Zapata y se dirigió hacia la salida. Cuando alcanzó la calle le preguntó a un barrendero dónde estaba Avenida Cuauhtémoc. ¿Cómo cree que Cuauhtémoc está para allá? Por dios, si desde aquí se ve La Esperanza. Y La esperanza está en el cielo. Jajajaja… Este es uno de esos chistes que mis hijos censurarían. Siguió caminando guiándose por su mal desarrollado sentido de la orientación. Sin saber cómo encontró Av. Cuauhtémoc. Alcanzó a ver el edificio de La Jornada y atravesó la avenida. Ándale, ándale. ¿Qué no ves que ahí vienen los otros carros y me van a aplastar? Subió las escaleras y atravesó la puerta de vidrio. Vio que en una pequeña sala estaban sentados cuatro o cinco de sus compañeros y Sofía, la maestra-periodista. Una de sus compañeras se recorrió y le ofreció un espacio para sentarse. ¿Qué pensará esta niña? ¿Que ya estoy muy grande y que me canso con facilidad? Pero si estoy segura de que hago más cosas que ella. Platicaron durante un rato de todo y de nada. Las marchas, la clase, los compañeros. No habían pasado diez minutos cuando llegó Donají. Se pusieron de pie para entrar a las áreas de redacción. A cada uno de los estudiantes le dieron un gafete que decía Invitado. Mientras esperaban que se abrieran las puertas del elevador, un hombre de estatura media, piel morena, cabello largo, ojos claros, sonrisa amable y voz varonil apareció de la nada y cruzó su mirada con la de Montserrat. Guau. ¿Quién es este tipo? Está hecho un forro. ¡Cómo me gustaría besarlo! Se dirigió hacia ella con determinación, como si la conociera desde siempre, de toda la vida, y la besó. Montserrat no intentó quitarse, se quedó ahí, aceptó el beso como quien acepta un dulce, un chocolate, una sonrisa. Disfrutó el momento. Cuando se separaron él enrojeció. Aquella mujer a la que había besado con tanta pasión no era la que él pensaba. No supo cómo reaccionar. Pidió disculpas. Salió prácticamente volando por la puerta de vidrio. Se podría decir que solamente se veía el polvo que había levantado con su huida. Montserrat lo vio partir como había visto partir a tantos hombres de su vida. No sintió tristeza, pues era la primera vez que tras un beso no se escondía una historia fallida de amor.

2 pensamientos en “Por Patricia Arciniega

  1. Qué emoción leerte prima, eso de las letras siempre se te ha dado… muy, muy bien!! Seguiré explorando y deleitándome con tus relatos y líneas. Un abrazo, Edgard.

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