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Trinsky

“Tras el beso”

Despertó de un sueño que no estaba soñando. Fue un ligero murmullo que le pedía, con cortesía y total impersonalidad, ajustar su cinturón y enderezar el respaldo de su asiento.

En el horizonte se dibujaban las primeras luces de aquella ciudad intensa y plena de promesas que de niño visitaba con su abuela cada año. Recordaba viajar de una a otra, siempre dormido, habiendo visto alejarse las luces de una y aproximarse a las luces de otra como el inicio y fin de su viaje. No tenía sentido permanecer despierto en aquella nave de diminutos asientos entre los que apenas cabía y ventanas incapaces de mostrar vida fuera de ellas.

Como siempre, tomó el taxi que le llevaría a su apartamento para reiniciar la rutina a la mañana siguiente: apagar el despertador con pesar, tomar una ducha, ponerse ropa desaliñada y salir a la calle con el estómago vacío, esperando encontrar alguno de esos emprendedores emergentes que vendían sándwiches y jugo en los cruces de los semáforos.

 El verano había sido una sospechosa coincidencia de encuentros inesperados de los que había surgido un romance tórrido por saberse efímero. Juntos, habían andado y desandado aquellas calles que en otros tiempos caminaron reyes y reinas acompañados de pajes prestos a sus caprichos. Para ellos no había mejor capricho que sentarse por horas a mirar el horizonte o permanecer bajo las sábanas memorando cada centímetro de sus pieles estremecidas por el deseo.

 El mundo así dejaba de ser monótono y gris. Era una realidad llena de tintes que se desvanecería al cabo de unas semanas y jamás volvería. Cuando tendría seis o siete quizá, la vieja que le cuidaba le había dicho que el mundo no existe; lo que conocemos son instantes formados por una combinación única de tiempo y partículas, y así como no hay dos copos de nieve iguales, tampoco habría dos instantes en la vida. Por eso debía paladear cada uno como el último y sin esperar un futuro hecho.

 Era contradictorio que entonces, la vida en esa ciudad fuera tan estúpidamente monótona y repetitiva. ¿Sería acaso que esa vida no era real? ¿Qué era todo lo que había después de aquél último beso que recordaba sus labios tibios mientras tocaba su mejilla?

 Decidió entonces dejar sus ojos cerrados y jamás salir de ese mundo de ensueño que juntos habían creado. No estaba soñando, jamás tendría que aterrizar.

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