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Tras el beso

 Trafico. Sonido de cláxones. Calor.

Ninguna de esas cosas, por más estresantes que fueran, eran la verdadera razón de las gotas de sudor que sentía correr por su cuello, ni la razón por la que su corazón no lograra mantener un ritmo calmo.

 “Te veo ahí. Voy saliendo”

“Ok”

¿Cómo era una conversación de dos líneas capaz de tenerla perdiendo el control?

A final de cuentas, para todos los fines prácticos, el acuerdo ya estaba hecho. Amigos.
Y ella bien sabía que jamás había despreciado tanto esa palabra, como cuando la había escrito aquella noche, en la que en silencio se había aguantado las lágrimas.

“Quizá sea mejor que sólo seamos amigos”

Como si uno súbitamente adquiriera la capacidad de borrar las emociones. Y esos nervios. Los malditos nervios.

 Llegó, y aún a sabiendas de cómo lo debía ver, la imagen de él en el coche rojo, con la playera tipo polo, blanca, y los lentes negros, era absolutamente irresistible.

Un “Hola”. Un incómodo beso en la mejilla. Música.

¿Desde cuándo los amigos sostenían la mano de otros mientras conducían su hermoso Astra? Y, ¿era sólo su imaginación, o a el también le sudaban las manos?

 Probablemente era de muy mala educación no escuchar con tanta atención lo que él decía, pero no podía dejar de pensar en el calor que le generaba su mano ni podía ignorar su sonrisa. Sus ojos guardaban todas las ilusiones que nadie permite mencionar a los hombres, y entre destellos, veía esbozos del cariño que él le profanaba, y no se cargaba de palabras densas para hacerlo, era esa sonrisa.

 Una llamada por teléfono.

“¿Ya saliste?. Mhm. Ya estamos aquí. Si, ambos. Vamos al parque. Llámame cuando llegues.”

La banca de cemento con los clásicos “puto el que lo lea”, eran tan sólo parte de lo que hacían el verdadero contraste a la escena. Desde lejos, eran sólo dos personas conversando con niños alrededor jugando. Sin embargo, de cerca, la plática incómoda no lograba ser suficiente excusa para mantener la distancia.

De súbito un brazo alrededor. Y sus labios sobre los suyos. El beso, largo, dulce, necesitado.  Y el regreso a la realidad.
Había sido tan inesperado, que sus ojos mantenían cierto aire de desconcierto.

“No debía de hacer eso, ¿verdad?” Dijo él.
“Nop” Dijo ella, mordiéndose el labio, intentando matar esa sonrisa.

Tras ese beso, era el verdadero momento para tomar decisiones.

-Amigos- pensó ella.

-Ya tengo suficientes amigos.

Un pensamiento en “Por Zazú Sánchez

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