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Es de noche y, a media luz, todo lo que tengo es sed. Una terrible sed. De esa que sólo se atempera con la miel de tu vientre y, gran paradoja, con el calor del horno que te brilla entre las piernas.

Por eso te convoqué a gritos, como un loco. Por eso estás aquí, ronroneando, como una gata.

Tus ojos escarban en los míos, buscando razones. Los míos, con gula, recorren tu figura de arriba a abajo, buscando motivos. Y nos aceptamos porque razones y motivos no son lo mismo, pero se parecen lo suficiente. Al menos, por hoy. Por ahora.

Con media sonrisa te acercas y, segura, me besas suavemente. Tu mano encuentra mi cabello, mientras la mía busca la humedad bajo la tanga que intenta, sin lograrlo, cubrir tu altar.

No me defraudas… la tibieza entre tus piernas es fluida: me atrapa los dedos y no los deja escapar; se está tan bien ahí, contigo. El primer roce te tensa; el segundo, te libera. En la certeza de lo que viene me susurras una súplica ineludible, que convierte tu torso en una carretera de un solo sentido. La recorro con mi lengua, con mi dedo índice siguiendo su rastro, a manera de redundancia, de insistencia, de terco tributo. Y ya de rodillas, con tu río fluyendo ante mí, busco que tu aroma me especie el alma: Eres canela pura, con un toque de limón.

Justo antes de rezarte, llevo mi mirada a la tuya. Te encuentro expectante y muy atenta, gata curiosa que no teme morir. Beso en forma casi casta, apenas asomando mi lengua, el borde de tu herida, sin dejar de mirarte, y provoco la retirada de tus ojos, envueltos en vanidad, en pudor, yo qué sé.

Recorro gustoso cada pliegue, probándote. Mi lengua es un trineo y tus labios una pendiente demencial. En cada viaje te humedezco y me humedeces, y mi insistencia tiene como premio que abras el compás. Separas tus piernas, adelantas tu cadera, y tu mano en mi cabeza manda el mensaje inconfundible: me quieres más cerca, adentro, morboso, devoto. Y yo te complazco.

Te recuesto en la cama y fijo tu cuerpo a ella con mis manos en tu vientre, abrazando tus muslos como si en sostenerlos me fuera la vida. Quizá me vaya. De hecho, me está yendo. O te adoro o me condeno. O te rindo o me retiro. Te poseo hasta hacerte explotar, o muero de sed.

Dos protuberancias me cautivan. La erguida, desafiante, que se descubre por mérito propio, es asediada por mi lengua. Te encanta. La rugosa, equívoca, escondida en tu interior, es consentida por mis dedos. Te estremece. Y tu tremor provoca mi gemido, porque tu placer es antesala del mío, y quien teme padecer ya padece lo temido.

Ya no sé si lamo, o si chupo, o si beso, o si me limito a cubrir mis dientes con mis labios, para evitar que en tu danza te hagas daño. Estás que enamoras. Desquiciada, errática, vulnerable como ave deslumbrada… ¡divina!

Mi lengua cobra vida propia y te lleva hasta el borde; tu cadera flota hacia mi cara, tus uñas me cuentan toscamente los nudillos, y un lamento eterno te sale del vientre, rasgando la noche.

Me pego a tu cuerpo, rezándote como un condenado, sin abandonar tu altar… y el milagro sucede. Estallas como la gloria, en un espasmo poderoso, y tu miel me inunda, me rebosa, me apaga la sed. Mi mano se convierte en suave mesa para recibir tu descarga que, necia, insiste en escapar de mi boca. Te trago toda. Te paladeo. Relamiéndome, llevo mi mano hasta mi boca y termino el festín mientras tú dejas, un poco, de morir.

El silencio cómplice vuelve a asomarse, rodeándonos, mientras recuperamos el aliento. Desde tus labios inflamados alzo la vista, y recorro el horizonte: la planicie de tu vientre, los picos de tus senos y, justo entonces, detrás de ellos, tus ojos amanecen. Enderezas tu cuello para verme desde tu calma, con enorme ternura, y sonríes con un aire de misterio.

Pronto descifro tu malicia: La noche es joven, y no hay batalla verdadera que no tenga su revancha.

Suspiro con gusto.

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