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─Pero qué gracia ‘bían de tener si, cuando te los pegan, ya nomás no se te quitan. ¿Qué   gracia –me pregunto yo– ‘bían de tener los tiros así llamados? ¡Por Dios que ninguna, qué va! No se la hallo: ¡tiro de gracia! ¡Qué pinche expresión tan alejada del cielo y tan habitante de los infiernos porque, eso sí, cielo ‘bía nomás de haber uno pero infiernos, ¡no, pus un titipuchal! ¡Cómo ‘bía de haber disparado yo que ni arma alcanzo! ¿Quién se magió semejante tamaña acusación?

¿Quién inventaría la versión que lo hizo culpable? Todos nos lo preguntábamos. Nadie jamás lo supo pero surtió efecto y, con eso, la libró el de los ojos zarcos. Cerca pasó la bala de la culpa pero salvó el pellejo, no le tocaba y fue hábil para desviar todo a su favor. Sí, pues le aprendió las mañas a su padre, tan curtidito en engaños y malabares.

Y ahí, encimita de la mesa, reposaba el arma de la que se le achacaba era el dueño cuando ni en qué caerse muerto tenía Febronio Cintra, qué iba a andar comprándose pistola y cartuchos ¡quién lo iba a creer! Si tan de siempre bien pacífico que había salido, apenas si unos cuantos alacranes pudo haber pisado nada más por salvar la vida. Qué va, para maleante y matón no calificaba pero, eso sí, había que armar el caso y construir al culpable. Cómo de que se iba a señalar al mero hijo del Martín Guardiola, no, eso sí que no.

Hay que saber aquilatar las grandes ventajas de la vanidad, practicada a todas horas, sea a la tarde, al anochecer o mero despuntando la mañana. Siempre da rédito y si no, que le preguntaran a la Malenita, ella tan suelta de las caderas y tan apretadita de su cintura pero eso sí, con la mandíbula flojita para besarse con quien se le cruzara, habías de verla, ¡ah, cómo se te habría antojado! Pero, verdad de Dios que así nomás no se le alcanzaba, ¿cómo decírtelo? ni con la mirada pues. Era canija de hábil y maña le requetesobraba, pregúntale si no a tu propio padre, vieras cómo se lo traía por la calle de lo amarguísimo. De ella se dice que semejaba un horno. Al final ya no, se le había ido desdibujando la gracia de la comisura. Sus labiecitos ya eran como párpados que no dormían, ya no se disponían a los besos, como que se le pasó a reducir la alteración que le provocaban los requiebros que todo mundo le lanzaba. Y los regalitos que le ofrecían y que luego, nomás por desdeñar, te dejaba con ellos colgados de las manos, acababan aventados al olvido, ahí se iban arrumbando, sobre todo los que le quiso procurar el bueno para nada de don Candelario, ése sí que hasta se esmeraba. Se iba por la carretera, allá lejos, buscándole algo que la agradara para ver si obtenía, por lo menos, la gracia de su saludo porque, hasta eso que, nada más conque te volteara a mirar, te andabas derritiendo del puritito placer. ¡Cuántos vi relamerse los bigotes con sólo verla pasar! Si hasta las mujeres la seguían con sus ojitos. No, si caprichosa sí que salió pero ni mucho que le durara pues la enfermedad, esa que le contagió la Celia de tanto andarle tocando abajo y besándole arriba, la puso pálida, macilenta, como que ya se iba a abandonar a cada ratito pero, luego lueguito se erguía, como que le echaba ganas aunque, nomás le subía  la fiebre y la pobre rápido decaía de nuevo.

Era temprano cuando hallaron el cadáver, ahí nomás tendido y tengo para mí que lo que le desencadenó la muerte fue lo que le permitió a este pueblo, habitado por purititos tercos, fabricar y diseminar la mentira y que funcionó cual pólvora detonadora de las fantasías que, pegadas a las falsedades que tanto lastiman y acaban por hacerse credos y que se les meten hasta la médula a los que prefieren lo que por ahí se dice sin andarse perdiendo el tiempo en comprobar si es verdad o puro borrego. Y eso es lo que le pudrió la vida a Febronio Cintra y lo que mató a la Malena: la mentira.

─Pues usted dirá lo que le baje a la lengua pero oritita se va a llevar bien puesto su tiro de gracia y así se le va a recordar ora que muera pues se rumorará que herido de muerte ya estaba y todo por el amor que le negó la Malena. Va ver cómo lo va a lucir, con su destrozadero de cabeza que siempre logra lo pegadito del arma a la sien, ni lo va a sentir. Pa’ cuando acuerde ya nomás va a mirar a la Malenita por última vez porque, no me lo va a negar ¿verdad que en cuanto le acerque el arma a la tatema solamente va a pensar en ella? Pus cómo de que no, si tantas ganas que le traía que hasta se atrevió a matarla ¿qué no? No se haga el que la virgen le habla.

Y ya sin mediar más palabras, el Santoro le jaló al gatillo, yo lo vi, si hasta me salpicó de lo cerquita que estaba yo del muertito. Pobre, luego lueguito se le viraron los ojos para el cielo y dejó escapar un murmullo que hasta parecía decir: Malenita, y se le apagó la vida. El verdadero culpable siguió, por años y años, paseándose por todo el pueblo y todos, cómplices por agachones, siguieron la vida como si nada. Pobre del Febronio, que Dios lo tenga en su gloria.

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