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Para qué decirte una mentira, cuando puedo decirte dos

Tu cuerpo sobre la mesa era la carretera sobre la que mis dedos transitaban. El horno estaba caliente y la cocina apetecía como el mejor lugar para preparar cualquier tipo de receta: de las que se comen, de las que se saborean, de las que se presumen…

Mis manos continuaron la búsqueda de tus rincones. Besé tu cuello muy lentamente, pensando en que eras el mejor plato que jamás se había preparado en esa mesa. Estabas medio desnuda y no pude evitar sentirme poderoso por tenerte servida sólo para mí. Esa vanidad que nunca deja de estar presente, ni siquiera ahora que te pienso abandonar. Qué mejor despedida que la que se sella con besos y caricias que no regresarán.

Seguimos jugueteando por largo rato. Sentí que por ser la última vez era imprescindible tomarme el tiempo para saborearte a la perfección. Besos y caricias iban y venían, motivando sensaciones insospechadas que por un segundo me hicieron dudar de la decisión tomada.

Terminamos de preparar la receta de nuestras pieles vueltas una, cuando entreabriste los labios y susurraste muy quedamente: “Adiós, me voy para siempre. Quise despedirme de ti, así.”

No me sorprende. Para qué vivir una mentira, cuando pueden vivirse dos.

Un pensamiento en “Memorias por Marysol Morán

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