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Isabella  camina apresuradamente  como todas las mañanas  por las  nevadas  calles de  la gran ciudad, rodeada por enormes rascacielos que se abren a su paso con majestuosidad. Se muestra ante ella un mundo nuevo y desconocido que resulta de alguna manera intrigante e intimidante,  pero al mismo tiempo muy atractivo y  seductor.

Mientras se dirige a la parada del autobús,  observa  una multitud que se desplaza de prisa,  con  miradas indiferentes,  sin expresión  en el rostro, casi  instintivamente;  como  si vivieran  ajenos a toda la belleza que surge a su alrededor en esta época del año.

¡Qué  diferente es todo  aquí!  Piensa Isabella.  O tal vez  sea  el congelante  frío  de invierno  que invade de nostalgia los corazones de todos. En ese instante, una lágrima se escapa  inevitablemente de  sus  bellos y penetrantes ojos  como  símbolo de su tristeza y su dolor.

Vienen a su mente los recuerdos  de  los  viejos  tiempos, de un  pasado ausente que cerró su  página,   persiguiendo, tal  vez,  el anhelado sueño,  o un futuro incierto que a veces  le inspira temor.

Visualiza el pequeño pueblo que la vio nacer, que la vio crecer; cómplice de sus más íntimos secretos,  fiel  testigo  de sus sueños  de  niña,  en donde al  cerrar  los  ojos por  sólo  un  momento, se  volvió  mujer.

Su  voz  se quiebra al recordar la tristeza de su madre al despedirse  y  la inquietante mirada de su padre enfermo, al decirle  adiós. Quizás él presienta que éste será para ella su último adiós, un adiós temido y casi inevitable, convertido en un silencio frágil y desgarrador.

Aún  puede  percibir  el olor  a  madera  de  la  vieja  cabaña, el olor a café, el  antiguo horno de piedra  en  la  cocina  donde su  madre,  con  frecuencia, solía preparar los más deliciosos platillos  de toda la región.

El  suave aroma de  las  velas  blancas colocadas  sobre la  mesa  del  comedor,  que  todas  las noches  iluminaban   muy  suavemente  la habitación; y  la leña apilada cerca de la chimenea encendida,  creando un ambiente muy cálido y acogedor.

Añora el diario camino a clases por la vereda,  y el tranquilo río donde a escondidas solía refrescarse las calurosas tardes con su hermana menor.

Cómo olvidar la vieja costumbre de esconderse bajo los extensos campos de algodón que  su  padre, bajo un sol intenso, solía cultivar,  y las alegres cabalgatas hacia el horizonte con su fiel caballo negro, tan veloz e imponente como  un tornado y que propiciaba en ella, desde muy pequeña, ese sentimiento de  seguridad  y libertad.

Mas en el fondo de su corazón, Isabella siente una enorme culpabilidad por su  partida y buscando justificación, trata de convencerse a sí misma de su decisión:

“No es por capricho o por vanidad el haber tomado este camino; simplemente sé que debo atender el incesante llamado de mi otro yo, que golpea todo el tiempo en mi interior”.

“No es traición abandonar hoy todo para perseguir un sueño. Traición sería no tener un sueño para perseguir”

Y aunque algunas veces el fuerte impulso de dejarlo todo y regresar a casa se sienta presente,   tiene un compromiso dentro de sí misma que  la incita a vencer sus miedos y a darle valor.

Siente tristeza de defraudar a sus padres, que han tenido siempre, expectativas diferentes para ella; pero es optimista y reconoce que  tarde o temprano,  entenderán su razón.

¡Qué lejos está Isabella de comprender lo que le depara el destino!  ¡Que ajena se encuentra a la importancia de su misión!

Mas por el momento sabe que su fortaleza es  grande  y está convencida de que al mirar de frente por la carretera, ya no hay posibilidades de volver atrás.

Absorta en sus pensamientos, ve a lo lejos  acercarse el autobús  y decide acelerar el paso hacia la clínica…

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