Home

El altavoz raspaba el aire, la voz de Rosendo cantaba “…Y Todo es Vanidad”, nuestros cuerpos se deslizaban el uno por el otro a ratos de forma armoniosa, a ratos en un vértigo  improvisado.

Apenas unas horas atrás nos encontrábamos sentados en aquel restaurante, compartíamos la pizza, la ensalada y una botella de vino, ese que te gusta tanto y cuyo nombre ahora me cuesta trabajo recordar. Mis manos tamborileaban inquietas sobre la mesa, las tuyas reposaban tranquilas, como acariciando los cubiertos, la copa.

Algo en ti te hacía lucir  espectacular, sensual. No puedo precisar con exactitud lo que era, porque sí, los jeans se ajustaban a tus caderas como si los hubieran cosido para ti, ni mucho, ni poco; el cabello brillaba casi tanto como tus ojos; la blusa… ese botón –el último abrochado- jugaba a esconderte de mi mirada al tiempo que proponía; tu sonrisa se extendía por todo el local, conquistando sin proponérselo. No lo sé, algo o quizá todo.

Dejamos tu auto aparcado  donde el restaurante. Subiste al mío -aún recuerdo que te  abrí la puerta y de reojo miré tus piernas envueltas en la mezclilla y tus senos entre la blusa – y tomamos la carretera hacia el poniente. En el trayecto platicamos de tus proyectos, de tus gustos y un poco de mí, no demasiado pues quería aprenderte; a fin de cuentas, habían pasado muchos años ya.

Ninguno tenía dudas, al menos eso me pareció, quizá algo de nervios naturales ante aquello que sabíamos que habría de suceder, pero nada más. Al cruzar la puerta y cerrarla tras de mí, nos miramos uno o dos segundos, mentiría si no admitiera que me parecieron largos, muy largos. Acercaste tu rostro al mío y con tus labios tan cerca no pude evitar acercar los míos, suavemente, quizá hasta con timidez, al principio y poco a poco en un arrebato correspondido.

Aun cuando no teníamos prisa, como si fueran competencias, nuestras manos nos recorrieron una y otra vez, rozaron la tela de la ropa, atraparon y liberaron botones, cremalleras y broches hasta que, justo antes de que soltara tu brassiere, súbitamente te separaste y juguetona escapaste hacia el centro de la habitación primero y hasta la cama después. Tomé un poco de tiempo para poner música, creo que te agradó. Era nuestro momento, largamente esperado y aún más, imaginado.

El ambiente en la habitación era un como un horno, como un volcán contenido. El altavoz raspaba el aire, la voz de Rosendo cantaba “…Y Todo es Vanidad”, nuestros cuerpos se deslizaban el uno por el otro a ratos de forma armoniosa, a ratos en un vértigo  improvisado. Nuestro sudor se confundía en cada punto de contacto, tu voz y la mía se mezclaban en susurros y rítmicos gemidos, en arrebatos de pasión.

El sonido del agua golpeando sobre las baldosas de mármol complementa la música, las gotas ruedan por tu piel, dibujan caracolas en tus pezones que se continúan en figuras de cachemira en tu abdomen, en tu vientre y tu pubis; trazan líneas en tus caderas, por tus piernas y dejan su fulgurante rastro sobre tu cuerpo. Por mi cabeza pasan –y nunca me habrán de abandonar- cada segundo transcurrido, la imagen de tu silueta, todos los besos recibidos y el aroma a ti. Entro a la regadera y te sonrío…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s