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Ruperto era un pequeño erizo, ávido de aventuras, que un buen día decidió que era hora de conocer el mundo. Así que empacó unos cuantos gusanitos (su comida favorita) para el camino.

Corrió hasta la carretera más cercana a su madriguera y emprendió el camino. Y corrió, y corrió, y corrió –porque además era su pasatiempo favorito- kilómetros y kilómetros hasta llegar a la ciudad.

Pronto se dio cuenta que se había acabado su provisión de gusanitos y estaba muy hambriento. Pero en la ciudad era difícil encontrar ese manjar con tanta calle pavimentada, y esto a Ruperto le causaba desconcierto:

– Qué tierra tan más extraña, no puedo enterrar mis uñas.

Mucha gente, muchas luces, eran cosas que provocan miedo en un pequeño erizo, así que Ruperto, casi todo el tiempo se hacía bolita y sacaba sus púas a manera de defensa.
Se topó con toda clase de cosas increíbles, un día un perro lo persiguió por largo rato, sólo para olerlo y darle un par de lengüetazos. ¡Pero qué susto se llevó Ruperto!

El olor a pan recién salido del horno, lo llevó hasta una pequeña panadería, de dónde lo corrieron a escobazos al confundirlo con un ratón.

-¿A quién se le ocurre confundir un ratón con un erizo? ¿Desde cuándo los ratones tienen púas?, pensó.

En el día lograba refugiarse en pequeños jardines, en basureros, en algún hueco que encontrara y por las noches salía a buscar gusanitos.

Un día, seguramente llevado por el hambre, Ruperto entró en un pequeño departamento. A simple vista no parecía que hubiera nadie, así que confiado buscó algunas migajas en el suelo. Estaba tan entretenido que no se percató que un niño lo observaba. Despacio y en silencio, el niño logró acercarse. Inmediatamente al darse cuenta del peligro, Ruperto se hizo bolita.

– Qué cosa tan curiosa – dijo el niño. Al tratar de tomarlo con las manos, se llevó unos buenos piquetes, pues las púas de Ruperto parecían pequeñas agujas.
Pero este niño era curioso y perseverante. Corrió por una pequeña manta amarilla y tomó a Ruperto con mucho cuidado. Lo puso sobre la mesa y le acercó un pedazo pan.
– No te haré daño. Estas a salvo.

Lentamente Ruperto se incorporó, olfateo al niño, dio dos soplidos y aun con las púas levantadas, se acercó al pan y comió.

-Un erizo, no creo que mi mamá me deje conservarlo. ¿En dónde será bueno esconderte?

El niño puso a Ruperto de nuevo en el suelo, y en lo que pensaba en qué lugar acomodarlo, este corrió a esconderse en el agujero más próximo que encontró: ¡Una bocina!

En un abrir y cerrar de ojos ya no estaba. Justo en ese momento, llegó la mamá.

-¿Y esa manta?
-Nada, la encontré por ahí.

Ruperto sabía muy bien cuándo esconderse para evitar meterse en problemas. Así que pasó la noche ahí, acurrucado y sin hacer ruido.

Logró esconderse por un par de días, el niño le dejaba toda clase de comida: plátano, manzana, arándanos, lechuga, atún, pero a Ruperto sólo parecían gustarle las croquetas de gato.
Como era de esperarse, la mamá se dio cuenta de la nueva mascota y reprendió al niño.

– Sabes que no puedes tener a ese animalito, no hay espacio suficiente y no tienes tiempo de cuidarlo.

El niño no hizo caso. Le gustaba presumir con sus amiguitos del colegio que tenía un erizo por mascota. ¡Oh, la vanidad! Ninguno de ellos había visto uno jamás.

Ruperto tenía hábitos nocturnos, lo que al niño le sentaba de maravilla. Pasaba horas hablándole cuando tenía insomnio o en las noches de tormenta o cuando se imaginaba que un monstruo saldría de su armario. Poco a poco, y con comida de por medio, se fue ganando la confianza de Ruperto:

– Tú debes ser un erizo mágico, le dijo.
– No, yo no sé nada acerca de magia, pensó Ruperto, de serlo aparecería muchas croquetas, ¡miles! y unos cuantos gusanitos.

Llegó el invierno y Ruperto no estaba preparado para el frío. A los erizos les da gripa y les da por hibernar si no logran calentarse. Así que Ruperto enfermó.

Un día mientras el niño fue al colegio, la mamá encontró a Ruperto en medio de la sala, apenas podía moverse. Había salido de su escondite para buscar alimento, pero sólo pudo dar algunos pasos. Ella sintió mucha pena por el pobre animalito y lo tomo entre sus manos.

– ¿Qué te pasa pequeño? Te ves muy mal, estás muy frio.

Lo envolvió en la manta amarilla y trató de darle un poco de agua. Ruperto estaba muy débil como para incorporarse, así que la mamá fue por una pequeña jeringa para darle de beber. Hizo un poco de papilla con la manzana y se la dio de comer.

– No vayas a lastimarme con tus púas, le dijo mientras acariciaba su cabecita. Era la primera vez que Ruperto se dejaba tocar.

No es que a ella no le agradaran las mascotas, cuando era niña había tenido un borreguito al que llamaba Hamlet, lo quiso mucho y su partida le causó mucho dolor, es por eso que no quería volver a encariñarse con ningún otro animalito.

El niño regresó del colegio y cuál fue su sorpresa al encontrar a su mamá cargando en brazos a Ruperto y cantándole una canción de cuna.

– Este niño lindo, que nació de noche, quiere que lo lleven a pasear en coche…
– ¿Qué haces mamá?
– Parece que este bebecito está enfermo, no le sienta bien el frío. Mañana lo llevaremos con el veterinario.
– ¿Entonces me lo puedo quedar?
– Ya veremos. Por lo pronto, no lo puedes abandonar ahora que está enfermo. Toma, cárgalo en lo que te preparo la merienda.
– Quizá Ruperto si tiene magia – pensó el niño que nunca había visto a su mamá tratar así a un animalito

– Estoy seguro que mamá dejará que te quedes – le susurro a Ruperto.

Ruperto se sentía cómodo acurrucado en aquella manta, se sentía protegido y feliz. Se acomodó para dormir y pensó:

– Yo creo que la aventura está por comenzar.

2 pensamientos en “Ruperto por Luz María Rojas

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