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Sobre la mesa de caoba estaba un espejo de mano desgastado de tanto uso, cansado de reflejar una y otra vez el mismo rostro. Los rayos solares entraban perpendicularmente a través del enorme ventanal; era el momento del ritual acostumbrado, la misma mano de siempre se acercó, tomó el espejo y lo llevó a la altura del rostro.

La mirada se dirigió inmediatamente a las cejas, como quien recorre un sendero que ha transitado cientos de veces y sabe exactamente cuántos y cuáles pasos debe dar. Al ver la perfecta simetría que acompañaba a las cejas que se dibujaban en su frente no pudo evitar recordar aquel día en la carretera cuando probablemente inició todo. Volvió a ver su rostro en el espejo retrovisor y escuchó con claridad la voz de Sandra diciéndole que sus facciones eran realmente bellas, únicas, que todas le tenían envidia, que su rostro era sencillamente angelical. En sus labios se asomó la misma sonrisa que en aquella ocasión. A partir de ese momento nunca sintió paz en su alma, pues la idea de alcanzar la perfección, la belleza absoluta, nunca abandonó su mente y se convirtió en una obsesión que le consumiría la vida misma.

Mientras las imágenes de las mujeres más bellas de la historia de la humanidad pasaban vertiginosamente por su mente, retomó el recorrido visual y avanzó hacia abajo. Ladeó el rosto para ser testigo del perfil griego que le daba aquella nariz que se había operado tantas veces como consideró necesario. Levantó el rostro con orgullo. Los pómulos relucían con tal naturalidad que nadie podría haber imaginado que debajo de ellos se escondían horas de quirófano y cientos de bocetos hechos por los artistas plásticos más aclamados. Llegó a los labios, conservaban la sonrisa de su lejana pubertad, solamente que ahora llevaban impregnado un rojo carmesí y un aire de sensualidad que invitaban a la lujuria, a la pasión.

Con la otra mano aventó el cabello hacia adelante para que cayera sobre los hombros. No era necesario tocarlo para darse cuenta de la sedosidad que poseía, era sencillamente el marco que merecía un rostro tan divino.

Se admiraba con devoción y permanecía con el espejo en la mano y la mirada fija en su rostro hasta que los rayos del sol se ocultaban y el cielo se convertía en el oscuro horno donde habitaban sus más terribles pensamientos. Invariablemente las lágrimas nublaban su vista. Era el momento de tocar la realidad. Era el momento de iniciar la transformación. De vivir el horror de ser otro, de abandonarse a sí mismo.

Cerraba los ojos e imploraba que el mundo fuera otro, que él, un día, lograra sentir, pensar y actuar como la mujer que veía en el reflejo de aquel espejo de mano; que no fuera tan devastador ser cada noche un travesti de poca fama al que llamaban Fifi. Luchaba escarnecidamente por no sentir como cualquier hombre. Se preguntaba noche a noche por qué la gente no entendía que su gracia y encanto tan femeninos, tan perfectos, lo habían empujado a transformarse en un ejemplo de beldad, pero que no había motivo para dejar de ser el hombre que era. Aquel rostro que era su pasión, su delirio, también era su destrucción.

Se puso de pie, se enjugó las lágrimas y se dirigió hacia el tocador para empezar a maquillarse. Dejó a un lado todas las tribulaciones que lo atormentaban, no tenía tiempo para eso, hoy no podía llegar tarde al show, pues él, Fifi, era la estrella. Se arregló con rapidez. El taxi llegó y tocó el claxon. Tomó la estola que le había regalado Wanda y guardó en el olvido lo que en realidad sentía, pues esta noche los reflectores solamente serían para él-ella, hoy su belleza sería admirada por todos.

5 pensamientos en “Vanidad por Patricia Arciniega

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