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Agradezcamos a Dios misericordioso que los horribles extremos de agonía sean soportados por el hombre solo, nunca por el hombre en masa. —Edgar Allan Poe

La monja aceptó la apuesta… Entró al ataúd y cerró los ojos. Mejor irse acostumbrando a la oscuridad.

Escuchó cómo echaban llave a los cerrojos de la tapa y cómo se deslizaron las pequeñas ruedas del carro sobre el que se encontraba su, ahora, espacio vital. Sintió comezón, pero prefirió no rascarse: la comezón, como el frío, es mental, no existe.

Pero existen los sonidos, que cuando uno cierra los ojos, se vuelven mucho más fuertes. ¿Por qué los sentidos se agudizan a la falta de alguno? Se preguntó si sería posible vivir sin cuatro de los cinco sentidos. Si tuviera que elegir ¿con qué sentido se quedaría? En su condición de monja probablemente evitaría el del tacto, pues de tanto tocar seguramente caería en el pecado mortal. Escuchó una pesada puerta cerrar y después el silencio sepulcral que jamás pensó que algún día escucharía, porque no había supuesto siquiera que existía.

¿Cuánto habrá pasado? ¿Dos minutos? ¿Cinco? ¿Diez? La mente es el peor reloj que existe: no se puede confiar en su exactitud teniendo tantas oraciones en la cabeza.  El Padre Nuestro… Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre… [Como cuando aquel padrecito que vivía en la sierra decidió mejor dedicarse a perseguir inditas, que le dejaba más relajado el cuerpo que andar adoctrinando a sus maridos]; el Ave María… Dios te salve María, llena eres de gracia… [Como cuando su mamá supo que quería dedicarse a ser monja y supuso que el cielo le estaba ya otorgado por haber cargado en su vientre a la nueva mártir enterrada viva y por decisión propia]; el Yo confieso… Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante ustedes hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión [Como cuando Raúl le dijo que iba a pasar toda la vida con ella y la dejó esperando a que regresara; debería agregarse a esta oración el pecado por credulidad]. Rezó todas las oraciones que sabía, inventó unas tantas más, logró aún hacer juegos de oraciones mezclando frases de unas con otras. Diez minutos, seguro sólo habían pasado diez minutos. El aire comenzó a calentarse.

¿Cuándo se separará el alma del cuerpo de alguien a punto de morir? ¿Antes de que el especialista dé el fatal diagnóstico o será después? ¿Te darás cuenta de cuándo se sale? ¿Lograrás ver el hilo de plata?  ¿Será que tenemos esa última responsabilidad de cortar el hilo de plata para que el alma pueda volar? ¿Te animarías a hacerlo si tuvieras qué? Cuántas preguntas por su mente. Y seguro sólo habían pasado diez minutos y medio.

Cuestionó sus decisiones, desde aquellas que tomó de pequeña, como si escogía a la muñeca con vestido rosa o la de vestido azul, hasta las que la habían dejado aquí, sola, con su memoria, sus pensamientos y sus sentidos, de los cuales sólo contaba con cuatro en este momento. Abrió los ojos lo más que pudo y sólo vio negro, con destellos negros, con puntos negros. Si lograba salir victoriosa seguro vería algo más. Hacía mucho calor. Sintió que le faltaba un poco de aire.

Once minutos. Estúpida apuesta. Jamás había aceptado una apuesta por orgullo. Aunque… ¿por qué otra cosa apostaría? Las apuestas son producto del ego, de la vanidad, ¡Con razón están atascados los casinos por todo el mundo! Debería haber una hoguera de las vanidades que limpiara a la humanidad de nuestros días.  Once minutos y segundos.

Aunque la apuesta no incluía el silencio, por alguna extraña razón no quiso emitir sonido alguno. No servía de nada hablar consigo misma fuera de su mente, ni había nadie que la escuchara. Decidió volver a cerrar los ojos e intentar dormir.

Esta vez perdió por completo la noción del tiempo y la despertó un intenso destello blanco que la cegó por completo después de haber estado tanto tiempo en la oscuridad. Y después la voz, que llenaba todo el espacio pronunciando aquellas palabras que tanto temió llegar a escuchar: “Bienvenida, hija”.

Había perdido, y nunca más podría volver a jugar.

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