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La chica de las pecas lamentó su suerte al ver pasar a ese vecino con el cual había querido durante su niñez.

“¿Se va de la calle, de la colonia, de la ciudad?”,  se preguntaba.

Con toda la pena que le causaba, cerró la cortina, salió de su casa y cruzó la calle para encontrarse con Eduardo.

“¡Hola!”,  le dijo muy expresiva a su vecino. “¿Necesitas ayuda?, le preguntó.

Eduardo, al darse cuenta que se dirigían a él, volteó con cara de pocos amigos, pero eso fue porque no se había dado cuenta de que era Laura. Al verla se puso tan nervioso que se le cayeron algunas cosas y tropezó con otras.

“¡Perdón, no sabías que eras tú! No, cómo crees, ni me he despedido de ti ni de tus papás”, le respondió Eduardo.

“¿Y a dónde te vas?”, preguntó Laura, rezando porque no fuera muy lejos.

Continuaron platicando por largo tiempo, Laura le ayudaba a cargar, a subir, a bajar y Eduardo ayudaba a su vez a sus papás. Tardaron un buen rato, pues tenían que armar las cajas y subirlas a la mudanza. Y es que imaginen, habían vivido ahí toda la vida; la casa había sido de los papás de la mamá de Eduardo, su mamá la había heredado y ahora decidían venderla porque el papá de Eduardo había hecho algunas tranzas y era necesario deshacerse de ella. Pero, qué sucedería con Eduardo y Laura, ellos estaban hechos para estar juntos.

Ese día terminaron despidiéndose con una cena en casa de Laura con los papás de ambos. A Laura le dolía saber que Eduardo se iba fuera de la ciudad y de su país y a Eduardo, aunque le dolía despedirse de su amiga a quien consideraba alguien muy especial en su vida, le emocionaba vivir en otro país, conocer otra cultura y otra manera de pensar, pues en ese pueblo nunca iba a lograr ser como él quería ser. Pero aun así, le dolía dejar a quien había sido su amiga desde la infancia.

Pasó el tiempo y pasaron los años, ambos estudiaron e hicieron vidas profesionales diferentes; él se dedicó a viajar, pues le gustó eso de conocer culturas y pensamientos diferentes; sin embargo, Laura se quedó en ese pueblito y estudió para maestra, por lo que salía poco.

Mientras veía pasar la vida, los matrimonios de sus amigas y ella seguía en el mismo pueblo de siempre, decidió aventurarse irse a la ciudad más cercana y dirigirse al aeropuerto más próximo para tomar un vuelo hacia un lugar desconocido.

Y fue así como llego a Madrid, estando ahí recorrió toda la ciudad y estaba maravillada de tanto movimiento, ruido y tanta cosa que ver. Después de una larga caminata en uno de esos días turísticos, entró a un bar para pedirse una cañita y un pincho de champiñones. Ahí estaba ella, masajeándose los pies y entrándole con gusto a su cañita y al pincho cuando de la nada sintió una gran emoción sin saber realmente por qué. Resultó que en ese bar se encontraba también Eduardo. No lo podía creer y lo mejor fue cuando se miraron al mismo tiempo – sonrieron – ninguno de los dos podía creerlo, se acercaron y no pudieron decir nada más, sólo pudieron abrazarse y llorar de felicidad por estar juntos desde aquella vez de la mudanza, pues había sido difícil seguir en contacto, aunque algunas veces se habían llegado a escribir, pero lo habían dejado de hacer pasados los 10 años.

Se pusieron al día, no sabían ni por dónde empezar; estaban muy nerviosos y no dejaban de reír. Platicaron por horas, llegaban las cañitas y los pinchos uno tras otro. No se cansaban de platicar, el lugar cambiaba de comensales constantemente, pero ellos seguían ahí como si fueran una especie de mobiliario. Desde ese día, estuvieron juntos en Madrid y él la invito a ir a otras ciudades cercanas.

Y llegó el día en que ella tenía que regresar a trabajar y tenía que llegar el momento de la despedida que ninguno de los dos esperaba. La habían pasado tan bien que no querían ni hablar del tema, pero ya era inminente. Él, como todo un caballero, la acompañó al aeropuerto y esperó hasta el último segundo en que podía mirarla pero finalmente tuvieron que decir el terrible “adiós”. Juraron no dejar de escribirse, no dejar de buscarse y así lo hicieron.

Al llegar a casa, Laura no dejaba de pensar en todo lo que había vivido con Eduardo en España y llegó un momento en que ya no se sentía en su propio pueblo, el cual había prometido no dejar nunca porque siempre había creído que ese lugar le resolvía todo, el lugar que la había visto crecer, pero ahora ya no bastaba, porque Eduardo, ese hombre que la hacía feliz, ya no estaba con ella.

Un día platicando con una amiga, está le dijo

“Gúey, neta ya lárgate con Eduardo, esto ya te queda chico y aunque te extrañaré, no quiero seguirte viendo toda infeliz por estar separada de él ¡lánzate! en serio”

Laura solo escuchaba y se preguntaba “¿pero, de qué voy a vivir?”, pero sabía que su amiga tenía toda la razón, que ya no era tan feliz ahí.

Total que un día arregló la vida y de plano le escribió a Eduardo diciéndole que la esperara, que ya iba a reunirse con él, que ya eran demasiadas sus ganas de estar juntos. Se despidió de todas las personas que le importaban en una gran celebración, hizo varios trámites y tomó el primer vuelo hacía Londres, que era donde se encontraría con él. Durante todo el viaje pensó en todo lo que tenía que decirle a Eduardo, en la vida que había dejado atrás y en la vida que estaba por encontrarse, en los planes que tenía con él, en los planes que tenía para ella; también pensó en su familia, su mente era una maraña de ideas que iban y venían, mucha emoción, casi no durmió, habían demasiados pensamientos en su cabeza, los cuales se reproducían más y más.

Mientras tanto, en Londres, a Eduardo le había emocionado mucho la noticia. Siempre había sido muy organizado en sus cuentas y ya tenía planes de adquirir un departamento en algún lugar, pero al percatarse de que Laura se había decidido, comenzó rápidamente a hacer cuentas, a planear y pensar dónde vivir. Pensaba proponerle a Laura irse a vivir a Lisboa, por la cercanía con España y porque ahí tenía varios amigos que los podían ayudar para obtener trabajos y un lindo lugar dónde vivir.

Al igual que Laura, Eduardo no cabía de la alegría que su corazón sentía, su cara estaba iluminada, estaba ansioso por ver a Laura y abrazarla de nuevo, todo ese día no dejaba de pensar en todos los planes que le deparaban al estar con su amada.

Así los dos enamorados, ilusionados por tanta alegría.

En el vuelo hubieron algunas complicaciones, de la nada hubieron turbulencias fuertes que movían de arriba hacía bajo el avión, las aeromozas, por más que trataban de calmar a los tripulantes, no lo lograron. Hubo gritos, salieron las mascarillas de los techos, el capitán trataba de calmar a la gente desde cabina, todo se movía, unos de los carritos de servicio salió con todas sus fuerzas, arrancando algunos los brazos y pies de algunos de los tripulantes que se agarraban con todas sus fuerzas a los asientos, el avión descendía, era el final, por más que el capitán lo intentara, no podía hacer nada. Aquel carrito de servicio entró a cabina y lo empujó al capitán, dejándolo inconsciente y su copiloto no tenía la suficiente capacidad como para enfrentar todo ese problema, solo rezó y dejó un mensaje para su familia.

No había nada que hacer. Laura solo lloraba por la desesperación de nunca volver a ver a Eduardo, era el final. Lo que más le dolía es que ni siquiera había podido dejarle un mensaje, no podía con la tristeza.

Mientras que Eduardo, solo se quedó con la ilusión y durmió feliz, y no fue sino hasta al día siguiente que, al llegar al Aeropuerto con un gran ramo de flores, le informaron lo sucedido.

Nunca debieron alejarse por tanto tiempo, pues aunque el tiempo se encargó de reunirlos nuevamente, también se encargó de recordarles que nunca debieron separarse.

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