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La chica de las pecas lamentó su suerte: había hecho todo a su alcance para abordar el autobús, pero éste había partido frente a sus ojos. No habría otro en tres días más, y en aquel pueblo borrascoso no había mucho que hacer en tanto tiempo.

Sintiéndose un poco derrotada, se sentó sobre su maleta para evaluar sus opciones. El pequeño hostal donde había pasado la última noche era pequeño y maloliente, incluso había tenido que dormir encima de las sábanas temiendo por las condiciones del colchón, que imaginaba lleno de pulgas. La casa de su abuela estaba en ruinas y no sería precisamente mejor. Sus amigos se habían marchado y no conocía a nadie más en ese lugar, así que optó por quedarse en la pequeña estación a la espera del alba.

Casi no durmió. A pesar de eso, se levantó con el primer rayo de luz y empezó a caminar por el que, suponía, era el camino que tomaban los autobuses para dejar San Lucas Conejero.

Al poco rato, notó que el sonido de su propio corazón se escuchaba en el camino: No había visto una sola persona en su andar, ni animales, ni pájaros. Se detuvo para contener su corazón, que latía cada vez más fuerte, como si fuera a salir de su pecho. No estaba agitada por caminar, era una fuerza extraña que le hacía latir con ritmos específicos que asemejaban cantos tribales. Bajó un poco su cabeza e imprimió mayor fuerza con ambas manos hasta hacer que se detuviera aquello que creía un ataque de ansiedad. Sus latidos volvieron a la normalidad y alcanzó a escuchar los sonidos indiscretos de aquel bosque frondoso que con sus copas hacía un cielo obscuro.

Al abrir los ojos vio con espanto como sus pecas caían del rostro y al tocar tierra, todas se iban corriendo convertidas en hormigas azuzadas, alejándose de ella. Tocó su mejilla en la incredulidad y una escama se desprendió como si fuera la corteza de un árbol viejo, dejando ver una nueva piel, más ligera y sensible, que recibía las yemas de sus dedos mientras su cabello se tornaba blanco como su piel.

La extraña transformación terminó y la que antes hubiera sido la chica de las pecas era ahora un ser lánguido y resplandeciente que iluminaba el bosque. Con su brillo desvanecía las sombras. Los animales, que jamás habían visto algo así, quedaban cautivados, mansos, cegados por tanto brillo.

A lo lejos, en el cielo, las estrellas brillaban del mismo modo que la que hubiera sido, alguna vez, la chica de las pecas.

Fue entonces cuando escuchó una música que le tranquilizó. Era una nana de su infancia entonada desde lo profundo del bosque. Parecía venir de todas direcciones, pero se perdía cada vez que giraba su cabeza hacia donde escuchaba el sonido. Venía de arriba, de abajo, desde dentro de los árboles, de debajo de las piedras y desde el mismo cielo… Le envolvía y ella no podía distinguir exactamente de dónde provenía, pero le daba tranquilidad.
La chica cerró los ojos y fue entonces que brilló con más fuerza para salir disparada al cielo, donde se incrustó entre las Pléyades, prometiéndose volver a visitar aquél planeta lleno de criaturas sorprendentes.

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