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La monja aceptó la apuesta… Por una noche en su vida usaría bajo el hábito un negligé.

La idea había sido del padre Román, que en la colonia era más famoso por desnudar con la mirada que por sus sermones de domingo. Pero ahí no paraba la cosa, fácil hubiera sido. La apuesta, además del requerido vestuario, implicaba que Sor X (a quien llamaremos así para proteger su identidad) saliera del convento después del último rosario, cuando todas las hermanas se retiraran a sus aposentos.

Tras el “Dios te salve María” más largo de su historia y después de dedicarles una sonrisa mustia de “buenas noches” a la Madre Superiora y a las demás hermanas, Sor X se dirigió a su habitación con paso rápido, sintiendo un hueco en el estómago y el negligé ceñido al cuerpo.

Antes de la cena, había sacado de debajo de su cama una bolsa de basura que había empujado lo más al fondo que el brazo le había permitido, y que contenía, entre otras cosas, aquel pedazo de tela que a sus ojos parecía demasiado pequeño para ella. Lo cierto es que desde niña había usado ropas holgadas, así que ponerse algo tan diminuto no sólo era pecado, sino una completa novedad.

Se había despojado del hábito y de todo lo demás y había tomado el negligé con las dos manos, sosteniéndolo en lo alto, como buscándole cuadratura. No había podido evitar pensar “Dios mío”, aunque al segundo se arrepintiera de invocar a quien, esperaba, estuviera demasiado ocupado resolviendo otros asuntos como para verla ahí, desnuda y con “esa cosa” en las manos.

Colores satinados, negros y morados. Cuando por fin logró ponerse la parte de arriba y la diminuta tanga que le acompañaba, quiso mirarse en un espejo de cuerpo completo, pero es bien sabido que la vanidad es un pecado y que no sería correcto encontrar objeto tal en un convento. Tuvo que conformarse con observarse desde arriba y vanos fueron sus intentos por intentar juntar las dos piezas de tela que dejaban ver su ombligo. Rápidamente se puso el hábito encima y se dirigió rumbo al rezo que al finalizar le permitiría seguir cumpliendo con la apuesta hecha con el padre Román.

El resto del contenido de la bolsa de basura la esperaba bajo la cama.  Se trataba de un abrigo largo de color negro, un rímel, un pequeño estuche con colorete y espejo, un pintalabios de color rojo intenso, unos zapatos plateados de tacón y un papel con la siguiente dirección:

Joaquín Velázquez de León No. 67 

Col. San Rafael

Por lo menos podía sentir la tranquilidad de que el lugar estaba tan lejos del convento que nadie imaginaría que podía encontrarla ahí, y menos vestida de… eso que no podía ni mencionar.

Sacó dinero de la cajita que tenía estampada la imagen de algún santo y esperó pacientemente hasta que la última luz se apagó. Con sigilo abrió su puerta y se dirigió hacia la entrada menos utilizada del convento, la del jardín de atrás. Antes de salir, entró en la pequeña bodega en donde se guardaban las herramientas de jardinería y cambió el hábito por el abrigo negro. Los tacones tendrían que esperar hasta estar en el taxi para evitar el escándalo del “clac, clac”. El corazón estaba a punto de estallarle en una mezcla de nervios porque la descubrieran y emoción por lo que venía.

Una vez fuera, no tardó mucho tiempo en conseguir un taxi. “Lléveme a esta dirección, si me hace favor”, le dijo al chofer, mostrándole el papel escrito de puño y letra por el padre Román.

Sabiendo que el trayecto era largo, comenzó la siguiente etapa de la transformación y de la apuesta. Sacó el maquillaje barato que estaba en la bolsa y, como Dios le dio a entender, fue usando, una a una, las piezas de producción. Lo último que se puso fueron los zapatos, rogándole a todos los santos no caerse en cuanto pusiera un pie fuera del auto.

45 minutos de trayecto después, el taxista se estacionó justo afuera del número 67 y dijo “Ya llegamos, señorita”, mientras volteando a ver el lugar y la facha que le había quedado a Sor X después de aquella pintarrajeada, sólo le lanzó una mirada de curiosidad desde el retrovisor. Pero Sor X no se dio cuenta, mientras le pagaba, se había quedado pensando en lo extraño que era que le dijeran “señorita” y no “madre” o “hermana”.

Tras superar los malabares de caminar sobre unos tacones del número doce, quedó parada frente a la angosta puerta gris, un tanto desconcertada. Cuando estaba a punto de decirle al taxista que no se fuera, la puerta se abrió y una mujer más maquillada que ella le dijo: “Bienvenida, ya te estábamos esperando”.

Todo lo demás sucedió como una película rápida, sin sentido y enmarcada por un montón de hielo seco. Alguien le quitó de las manos la bolsa negra, la despojó del abrigo y la guió hacia otra puerta. Música, tres escenarios, tubos y jaulas por doquier. Quiso persignarse pero le pareció fuera de lugar, quiso salir de ahí pero le pareció que era buena idea quedarse. En plena obscuridad, reconoció la sonrisa del padre Román, la misma que la había convencido de hacer todo eso, y sintió que un rayo congelado la recorría de pies a cabeza. Extrañamente, el inicio del gran pecado se sentía como el inicio de un gran milagro.

Se acercó a él aún con paso torpe por los tacones. Cuando el padre Román la tuvo en frente, sus ojos la recorrieron de pies a cabeza. Sonriendo cínicamente, sin levantarse de su silla y orgulloso de su obra, le dijo “Ganaste”, al tiempo que, sin dejar de mirarla a los ojos, posaba su dedo índice sobre el ombligo que insistía en asomarse…

2 pensamientos en “La Apuesta por Verónica Gonsenheim

  1. Detalles, detalles… No cabe duda que serías una monja singular. ¿Te has imaginado todo lo que puede pasar por la cabeza de una de esas mujeres? En occidente y pleno s. XXI y aún con paradigmas tan cerrados sobre la sexualidad y el libre albedrío… No se, las admiro por la disciplina, pero tengo mis reservas respecto a su integración social. ¿Acaso no es parte esencial de la vida de las personas?

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