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De pronto se vio sola, rodeada de un gran mar de extraños con quienes nada tenia en común, ni siquiera la lengua en la que se comunicaban, con los que sólo recordaba lo que ya sabía desde hace tiempo, que había perdido la brújula y que había pasado de un punto sin retorno.

Poco le valió recordar todas esas tardes que pasó con su familia, entre el bullicio y la algarabía hogareña; fue en vano evocar tardes de domingo departiendo con los amigos, alrededor de una buena carne asada y bebiendo unas cervezas heladas con las que dibujaban planes en las nubes al tiempo que alcanzaban sus sueños de juventud.

¿Dónde quedó el amor de aquel muchacho que le quitaba el aliento?, ¿dónde quedaron esos labios carnosos que le invitaban a iniciar la partida de ese juego pasional en donde casi siempre ella ganaba? Pareciera ahora que todo eso se había quedado en la sala de abordaje de la terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, en donde lo besó en lo que sería no la última vez, pero si la última con la carga emocional que lleva un enamoramiento, una ilusión. En vano fueron los viajes de aquel muchacho, todavía esperanzado en hacer que la distancia se acortara con la emoción y el afecto al verse, el dinero que parecía invertido se tornó en dinero tirado a la basura, porque ella sabía que desde el momento en que se había del avión y había pisado ese destino anhelado, el sentimiento que la unía a él se había esfumado con el cambio de horario.

Reconoció entonces que el encanto de la ciudad la había dejado sin habla, que sentía una emoción que la energizaba cada que paseaba por las calles de Florencia. Aún recordaba el delicioso olor de los ravioles de Italia el primer día que llegó ahí, olor que con el paso del tiempo se había vuelto acartonado y sin magia. Sabía que para mantener su sueño tenía que trabajar arduo y no perder la concentración en sus objetivos. Las traducciones y los cientos de clases y comidas en donde se negociaba su futuro parecían ahora unidades de tiempo banal para medir 8 años de estancia en aquel continente. Y en verdad no le pesaban 8 años de trabajo, lo que “calaba” eran 8 años de ausencias; navidades alejada de las personas que quería, video llamadas interrumpidas por la no concordancia de horarios o de las actividades de cada quien, salidas nocturnas con las amistades de antaño que para nada se comparaban con las salidas con el grupo de “forasteros” al que se había hecho asidua, y la falta de esos amores duraderos que ahora se reemplazaban por cuerpos bien formados pero carentes de afecto, de “ese” afecto y con fecha de caducidad de menos de 6 horas.

“Tal vez, si no hubiera trabajado tanto…”, se dijo para sus adentros “Si me hubiera esforzado en formar lazos…” “¿esforzado en formar lazos?”, una voz cuestiona en su cabeza, “¡Eso no se fuerza carajo!”. Esta vez la voz tiene razón, bueno, esta y otras tantas veces, como en todas aquellas en las que le dijo que era tiempo de regresar o de menos de hacer un cambio que le permitiera mezclarse más con la gente y no ser tan desconfiada o temerosa de las personas, que para el caso terminaba siempre en lo mismo.

Así transcurría otra noche de desvelo, entre trabajo e introspección en compañía de su laptop y de las canciones de sus “boy bands” de los 90’s, frente al reflejo de sí misma entre los renglones de las páginas convertidas de un idioma a otro, en donde ya había dejado de reconocerse y en dónde, para ese momento, sólo veía a una niña con pecas que lamentaba la suerte que había elegido para ella o que simplemente lamentaba el encontrase como siempre temió hallarse… sola.

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