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La chica de las pecas lamentó su suerte cuando despertó bajo ese suave edredón blanco y al voltear, la almohada junto a ella se encontraba vacía… Tal vez pudo ser el sueño más escalofriante y tentador que haya tenido en su vida.

Se había visto enredada dentro de los brazos de aquél hombre, al que había conocido apenas unas horas antes bajo la lluvia de la noche fría del invierno más denso del que podía tener memoria.

Aquel hombre, al verla caminar sin rumbo y empapada, la había invitado a subir a su Bentley negro y ella, sin saber por qué, simplemente aceptó.

Lo siguiente que podía recordar era verse en un vestido por demás sensual ante cualquier mirada, y si lo intentaba un poco más, la imagen de ese apuesto hombre ofreciéndole una copa de vino podía romper el encanto al pensar que pudiera darle alguna droga.

Se incorporó sin salir del todo del edredón blanco al darse cuenta que se encontraba totalmente desnuda.

No podía gritar ante tanto lujo a su alrededor, nunca había visto una habitación de ese tamaño, ni siquiera podría haber imaginado en sus juegos de niña dormir en una cama tan simplemente perfecta.

Pero el encanto se rompía al querer saber qué había pasado con ella y por qué se encontraba en ese estado dentro de lo que podría ser el sueño de cualquier mujer.

El olor de unas orquídeas entraba por la ventana y este le recordaba cada beso que no podía detener sobre su piel, las caricias que le había dejado podía sentirlas al grado de tener que escabullir su mano bajo el edredón y empezar a tocar su sexo… no podía detenerse…. con tal sencillez apretó sus pezones y en un instante, sin darse cuenta, volvió a sentirse viva.

Se levantó enredando el edredón en su desnudo cuerpo y con un poco de vergüenza por si alguien la estaba vigilando, volteó a cada rincón de la enorme habitación. Se dirigió al tocador donde se sentó y empezó a cepillar su cabello, sin saber por qué lo hacía. Ahí estaba ella, sus pecas desnudas en la habitación y su cara tratando de entender en una ráfaga de segundo por qué en su blanco y alargado cuello se encontraban dos singulares marcas. No le dolían,  no podían doler, y por extraño que parezca su piel era más blanca de lo normal, podría decirse, tal vez, un poco porcelanizada por la luz del invierno que entraba por la ventana.

Se incorporó al escuchar abrir la puerta detrás de ella y al voltear ahí estaba él, tan perfecto y tan hombre, quien no pudo no mirar su cuerpo desnudo cuando se le cayó el edredón con el que intentaba taparse. Ella se paralizó al ver su sonrisa con dos colmillos singulares que no dejaban de ser perfectos…

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