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La monja aceptó la apuesta. Tomó el cesto de ropa y se marchó de la casa parroquial.

– ¿Qué se cree el Padre Benito? – Dijo algo molesta- ¿Acaso piensa que soy una inútil? ¿De dónde diablos, perdón Jesús, habrá sacado la idea de que no soy capaz de lavar bien la ropa? Pero, bueno, allá él. Yo voy a dejarle la ropa como en su vida se lo han hecho y le ganaré la apuesta.

Cuando llegó al lavadero fue separando la ropa, la blanca por un lado y la de color por el otro. Primero puso a remojar en cloro la ropa blanca para que se le fuera quitando lo percudido, y mientras esperaba, empezó a lavar la ropa de color.

-¡Ay, Padre Benito! – Se decía con una sonrisa en los labios- qué manera de perder el dinero. ¿Por qué me toma por tonta?

Y  la sonrisa se borró de su rostro. No era sólo el Padre Benito, sino también en el noviciado…y también en la escuela… y sus padres… y…eso le dolió. Las lágrimas comenzaron a caer sobre la ropa mojada al recordar la eterna cara de desaprobación de su madre. Para ella nunca hacía nada bien. Si sacaba un nueve, porque no había sacado diez. Si sacaba el diez, porque seguro había copiado o el examen había estado facilísimo. Y ni hablar de las tareas domésticas. Sus hermanas barrían, trapeaban, hacían su cama maravillosamente, en cambio ella sólo recibía críticas.

– Y no estaban mal hechas – dijo en voz alta entre sollozos- pero para mi madre nunca estuve a la altura de sus expectativas.

Y su padre. Siempre hablaba de la decepción de que no hubiera sido hombre.

-Después de tres niñas quería un hombre, y saliste vieja – solía reprocharle.

La madre Clara tendió la ropa al sol para que secara y siguió con la ropa blanca. Cada tallada era como si dejara un pedazo de su alma. El dolor, la rabia, la impotencia salían en cada una de las prendas lavadas. Sentía que si le demostraba al, ya para entonces, “pinche” Padre Benito, que era capaz de dejar la ropa más limpia que nadie, le estaría cerrando la boca a sus padres, maestros y superiores. La pobre tallaba con todas sus fuerzas y se esmeraba en que no quedara ni la más mínima mancha. Cuando terminó de colgar toda la ropa estaba muy cansada pero satisfecha, su alma tendría paz.

Ya para la tarde la ropa estaba seca y para las siete estaba planchada. Muy orgullosa, la madre Clara, fue a entregarle su ropa al, para ese momento, “pobre” Padre Benito. Mientras esperaba a que terminara la misa, fue a la casa parroquial, en donde se encontró a Raúl, el sacristán.

– Madre Clara ¿qué hace usted por aquí? – preguntó muy gustoso Raúl

– Vine a entregarle su ropa al Padre Benito. Hicimos una apuesta de cincuenta pesos a que yo no era capaz de dejarle la ropa totalmente limpia, y le gané –comentó orgullosa.

Raúl soltó una carcajada

-Perdón, Madre – se disculpó Raúl al ver la cara de sorpresa de la Madre Clara- ¿así que el viejo tacaño no quiso pagar los doscientos pesos que le cobra doña Mari, la señora que le lava y le plancha?

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