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Apenas tenía 17 años cuando Rita decidió entrar al convento y tomar lo hábitos. Cuando se lo comunicó a sus padres, ellos no podían creerlo; sabían de su inquietud pero siempre pensaron que era una más de las cosas que la niña había comentado que quería ser de grande, así como había comentado que sería aeromoza.

Ella ya tenia tomada la decisión y les dijo que no se preocuparan, que quizás por ser hija única ellos querían un futuro distinto, pero que era lo suficientemente consciente de su decisión.

Aunque Rita a su corta edad era una niña muy sociable y tenía el carisma para gustarles a varios muchachos, a la fecha, no había mostrado interés en particular por ninguno. Incluso sus amigas del colegio y compañeras del equipo femenil de soccer, se mostraron sorprendidas al saber su decisión, ya que ni ellas sabían que tenía esa inquietud, a pesar de que todas estudiaban en un colegio religioso.

Cuando sus padres la acompañaron al convento “El Reino del Señor”, al hablar con la madre superiora, una mujer de 42 años, recién designada abadesa de dicho lugar, le solicitaron que su hija, además de tomar todas las clases y aceptar el reglamento interno, tuviera permiso de visitarlos cada 15 días, a diferencia de las otras novicias. Para sorpresa de los padres, la superiora lo aceptó, ya que aunque sí notaba en Rita una decisión de entrar al convento, también veía cierta inquietud en ella, por lo que para asegurarse de que no estaba equivocada, aceptó que ingresara el tiempo que dura el noviciado, 2 años en los que forjaría su vocación.

Lo que nadie sabía era que Rita solo había ingresado ahí debido a una apuesta que  semanas anteriores había aceptado hacer con Ulises, un joven que había conocido en uno de los partidos que había tenido en la sede de otro colegio, en el cual participaron varias selecciones juveniles de soccer.

Ulises no creía posible que Rita lograra cumplir. Antes de concluir los dos años de noviciado, Rita renunció, y al salir del convento y cruzar la puerta, sólo encontró a Ulises, que la esperaba en una fecha previamente pactada y que nadie más sabía.

Ulises estaba recargado en un auto del año y con las llaves en mano le dijo:

”Sor Rita, aguantaste el reto y el coche es tuyo.”

La ahora monja recordaba cómo había aceptado aquella apuesta años atrás, sólo para evitar salir con él, para hacerlo esperar y así, al final, obtener ambos caprichos:

El coche y el novio que deseaba.

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