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La monja aceptó la apuesta.

Y ya puesta en los Maitines

Ofició los Laúdes

Se arrimó a la Prima

Le propuso que terciara

Afinó la Sexta

Invitó a la Nona

No adelantó Vísperas

Y, antes del descanso nocturno,

Rezó las Completas.

Eso era lo que se rumoraba a lo largo y ancho del convento y se pensaba que al cumplirse el lapso acordado podría salir victoriosa. Hablamos de la hermana Lucía, de nadie más. La más bella y traviesa, por todas conocida, la seductora en silencio, la que con abrir la boquita sabor de mango atraía a las demás hermanas quienes, mustias, sumisas y apresadas por los hábitos, sólo la miraban de soslayo.  La excepción era la hermana Silvina quien, como su nombre lo indica, aleteaba de placer al mirarla, pero de manera que sólo ella, su preferida, su amada en los rincones, se diera cuenta de su impaciencia por besarla y tocarla en el nombre del Señor.

            Aparentemente todo la favorecía: el rostro semicubierto, la falda larga, el buen prestigio, la carrera limpia,

la vida austera, la voz de soprano, –cantaba en la capilla hacía más de un cuarto de siglo–, era excelsa para la cocina pero, sobre todo, su templanza. Ella, la de nombre Lucía. No había mejores antecedentes para elegir a esa bella mujer de costumbres extrañas.

            Apostaron a que no llegarían los siguientes Maitines sin haberse amado una vez más. No sabían cómo ni dónde pero lo cumplirían. Vieron llegar las Laúdes y resucitaron pensando que cada vez estaban más cerca de la hora de mimarse, una a la otra, decirse arrumacos y descubrir lo que guardaban, tan celosamente, debajo de los hábitos y por encima, hasta arrugarse las ropas y el entrecejo y sudar, como Dios manda.

            Entre la Tercia, la Sexta y la Nona no cruzaron palabra alguna, se diría que hasta esquivas deambularon pero era inevitable leerles en la tibia mirada cómo anhelaban la llegada de las Completas, cuando buscarían ya no las horas mayores ni las menores sino sus labios entreabiertos, sus anhelos, sus rostros y sus pies. Sobre todo los pies que, no tanto la hermana Lucía pero sí la hermana Silvina, adoraba tener entre sus manos hasta pasar por las entretelas y morderse, con pureza y delicadamente, sin dejar huella visible a los ojos humanos pero sí a sus corazones unidos gracias al Señor Dios de los ejércitos del amor.

            Llega la hora canónica, están más cerca que nunca, tanto así que sus ojos se empañan, se empaña y obnubila el pensamiento, la piedra del placer que se talla en jadeos se pone en el crisol de los murmullos que se elevarán, como si fueran plegarias, hasta alcanzar el grito del placer más profundo, aquel que se esconde a la mirada de las demás que intuyéndolo, se consumen por la envidia pues ya quisieran estar entre los brazos de la hermana Lucía. Desde el silencio la aman todas, cada una a su manera: “¡ay de ti hermana Lucía, en estas horas, las Completas, será el Señor testigo de tus desvaríos, de tus más deliciosos pecados, Dios te guarde, reina y madre! Pero, en tanto eso sucede y te llega la hora de las lamentaciones, goza y haz gozar a la hermana Silvina que en cada movimiento, bajo sus hábitos, siente tus manos rozar su piel, por sobre todas las cosas, ahora y en la hora de nuestra muerte, por los siglos de los siglos….”

            Descansan ya en paz y, en armonía, se irán desperezando lentamente hasta volver a mirarse a los ojos, antes del oficio de los nuevos Maitines, besarse tierna pero ansiosamente, prometiéndose puntualidad en su próximo encuentro.

            Hermana Lucía, hermana Silvina, el Señor esté con vosotras pero que no se meta, que no interrumpa, que las deje amarse hasta caer rendidas, por siempre jamás, amén.

3 pensamientos en “Las Horas de Safo por Armando Contreras

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