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Y la muchacha de las pecas lamentó su suerte. No podía creer lo que le sucedió. El resultado de los estudios fue devastador.

¡Sólo pasó una vez y ahora en la que estoy metida! Se dice a sí misma, mientras abre sigilosamente la puerta del departamento y se dirige apresuradamente a su habitación. Al entrar en ella, se asegura de colocar el seguro de la puerta para que nadie invada su privacidad, y así evitar ser sorprendida por los demás.

Intenta contener el llanto, mas no puede. Es tan grande su desesperación que llora inconsolablemente hasta que se le acaban las fuerzas y las lágrimas que brotan de sus penetrantes ojos, recorriendo su rostro, como cascadas fluyendo sobre caudaloso río.

Siente el corazón destrozado y sabe que una gran tormenta se avecina. Le invade el temor y aún no tiene idea de cómo enfrentará la situación.

Asustada, camina hacia el espejo colgado en la pared y se levanta muy lentamente la camisa, como si temiera mirar lo inevitable; ese abultado vientre que lleva una pequeña vida en su interior.
Observa aterrada los enormes cambios en su cuerpo y siente en ese momento repulsión. Un terrible escalofrío se apodera de todo su ser.

Trata de encontrar consuelo y busca desesperadamente explicaciones “Tal vez se equivocó ese estúpido doctor y sean sólo las fechas decembrinas que me han hecho embarnecer un poco y ganar unos kilitos”, “Quizás se confundieron en el laboratorio y me entregaron otros resultados. ¡Claro que podría suceder! Y yo aquí preocupándome”.
Pero en el fondo, su instinto no se equivoca……

Confundida y angustiada se deja caer sobre la cama y permanece inerte, como queriendo dejar de existir; como si al cerrar los ojos, toda esta pesadilla, llegara a su fin. Intenta conciliar el sueño, mas no puede dejar de pensar en Ricardo y en la expresión de su rostro al escuchar de sus labios la fatal noticia.

“¿Por qué dices que estás embarazada? Eso no puede ser, si solamente sucedió una vez”. Y dándose la vuelta como un fantasma, Ricardo, atravesó la calle y se esfumó.

“¡Como si no tuviera nada que ver en el asunto! Además, a los 15 años, esas cosas ya se saben, o por lo menos, se tiene una idea. ¡Qué no se haga el ingenuo el infeliz! No quiero volverlo a ver”, pensó.

“Pero por otro lado, no me imagino cargando un bebé. ¿Cómo lo podría yo mantener? Existe la opción del aborto, pero… sé que eso no es para mí. O tal vez, la adopción. Algunas chicas de mi edad lo hacen. Existen parejas estables que por diversos motivos no tienen hijos y los reciben con mucho amor. Lo he visto muchas veces en las películas y en los programas de televisión. Oh, no, pero si después me arrepiento, o no me lo dejan ver…
Será mejor hablar con mis padres de la situación. Tal vez con su ayuda, lo podría conservar a mi lado.
¡Oh Dios, dame una señal! No encuentro el camino a seguir”.

Absorta en sus dudas y pensamientos, la muchacha de las pecas, por fin logra conciliar el sueño, pero se despierta al poco tiempo, sintiendo una emoción que le desgarra la piel. Ha visto, en sueños, el rostro de su pequeño hijo, caminando felizmente junto a ella. En ese instante, siente el impulso de tocar su vientre y nota extraños pero maravillosos movimientos en sus entrañas.

Y es en ese momento que reconoce el verdadero camino a seguir. Sabe que no será fácil lo que le espera, pero ese pequeñito se ha convertido en su razón de ser

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