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La chica de las pecas lamentó su suerte.

Con mucho esfuerzo había logrado juntar el dinero necesario para el enganche de un equipo de sonido para su casa. Hacía mucho tiempo que su antiguo aparato había dejado de funcionar y cada día que pasaba sin música era como ir muriendo un poco. Claro que podía poner música en su computadora, pero ésta tenía unas bocinas muy poco potentes, y si tenía que estar en la cocina o en su recámara, apenas alcanzaba a escuchar un poco y eso la desesperaba.

Era tan desesperante, que prefería salirse a la calle y caminar por horas, como tratando de huir del silencio que inundaba su departamento.

Era difícil definir si necesitaba la música en sí o si lo que necesitaba era no tener que pensar,  un poco a la fuerza, ante el silencio. De nada servía prender la televisión, nunca captaba su atención al grado de adormilar sus pensamientos. Eso sólo lo conseguía la música, que la hacía cantar o bailar sin poder oponer resistencia, sin poder contener el impulso de hacerlo.

Recordaba, un poco desdibujadamente, cuando era muy pequeña y su papá no paraba de beber y de gritarle a su mamá. Cuando eso pasaba, que era muy seguido, su mamá la tomaba entre sus brazos para llevarla con ella a su recámara, donde se encerraban y ponían música. Su mamá la abrazaba fuerte y se ponía a bailar y cantar, con ella en brazos, sin parar. Y entonces ella sentía que entraban en otra dimensión donde nada podía alcanzarlas, nada podía hacerles daño, y la letra de cada canción imprimía imágenes en su mente, como películas diminutas. Su primeros videoclips, pensaba.

Y ahora llevaba casi tres meses, tres eternos meses sin poder escuchar música mientras descansaba, cocinaba, hacía ejercicio, se bañaba, se arreglaba, en fin, sin música mientras se encontraba en su lugar seguro, en su refugio.

Juntar ese dinero no había sido fácil. Lo que ganaba le alcanzaba justo para los gastos de cada quincena. Era muy difícil que de repente pudiera darse una escapada al cine, a comer algo rico en algún restaurante, vaya, a veces ni siquiera podía darse el gusto de comprarse una quesadilla o un tamal hacia fin de quincena. Pero llevaba todo ese tiempo gastando lo estrictamente necesario y algunas veces hasta caminaba, si el tiempo y el clima se lo permitían, en vez de tomar uno o dos de los peseros que tomaba para ir y regresar de su trabajo. Después de todo había un tramo que no era tan largo, que le servía hasta como una forma de ejercitarse y que le ayudaba, sobre todo cuando regresaba del trabajo, para ahorrarse algo del tiempo que tendría que pasar en su casa sin música.

Pero lo había conseguido. Por fin había logrado juntar el dinero suficiente para dar un pequeño enganche en una de esas tiendas que venden cosas con “módicos” paguitos quincenales.

Mientras terminaba de pagar tendría que seguir con el mismo régimen económico, pero no importaba. Seguramente tendría muchos puntos favorables. Por lo pronto, sería casi imposible que subiera de peso. Con esas caminatas y sin comer garnachas ocasionales, ya sentía que la ropa le quedaba un poco más holgada, por ejemplo, y a fin de cuentas eso era en provecho de su salud.

Iba muy entusiasmada rumbo a la tienda para pagar su enganche y, por fin, llevarse a casa su nuevo equipo de sonido. Ni siquiera era un gran equipo; de hecho, era el más barato que había, pero no importaba. Con que pudiera tocar sus CDs y  escuchar el radio era más que suficiente. Y tampoco era pesado. Era muy pequeño, fácilmente podría llevarlo en la bolsa de mandado que había llevado para meterlo ahí y que le fuera más sencillo cargarlo de camino a casa.

Quedaban sólo cuatro cuadras de distancia. Cuatro cuadras para alcanzar la felicidad que se le había escapado durante esos meses.

Y de pronto…

Eran un par de chamaquitos, no se atrevía a adivinar qué edades tenían, pero eran unos niños, de no más de metro y medio de estatura. Tenían navajas, un aspecto sucio y olían muy mal.

Estuvo tentada a negarse a darles su bolsa, su música. Afortunadamente un rayo de sensatez le llegó como de golpe y les entregó todo.

Los chamacos salieron corriendo, a unos metros se detuvieron un poco, abrieron la bolsa, sacaron su cartera, le sacaron el efectivo que tenía y la única tarjeta que encontraron y aventaron la bolsa y la cartera para seguir corriendo y desaparecer.

Cuando los perdió de vista corrió hacia donde habían tirado la bolsa y logró recuperarla, junto con su cartera, que aunque ya no tenía el dinero ni su tarjeta, al menos le evitaba la monserga de tramitar de nuevo credenciales de elector y del trabajo.

Pero la música, esa ya no habría forma de recuperarla. Al menos no durante los siguientes tres meses, aproximadamente.

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