Home

La chica de las pecas lamentó su suerte por enésima ocasión en la última hora. “¡Pinche día PINCHE! Pinche suerte de perro callejero… ¡Su putísima madre disfrazada de Barney!”, masculló.

Sucedía que la chica de las pecas enfrentaba muchos retrasos en ese momento, unos más apremiantes que otros: Camino a la escuela su automóvil había fallado, así que ya iba demorada a su clase de las cinco; el mecánico al que llamó cuando no pudo volver a encender su auto, debía haber llegado hacía quince minutos; y su período menstrual había cumplido esa mañana seis alegres días de retraso, pusiera como pusiera el calendario, y aun haciendo las cuentas como mejor conviniera.

Muchos retrasos. Mucho estrés. Muchos pecados. Y muchas pecas.

Esperaba la chica de las pecas al mecánico a la sombra de un letrero de lámina, brillante y ardiente, mirando cada diez segundos la pantalla de su teléfono móvil, sin saber por qué. “¿Para qué veo el teléfono? El chalán va a llegar en auto, o a pie, o volando el muy cabrón, pero no va a salir de mi teléfono, no mames, FOCUS”, se exigió con fastidio, resoplando.

El calor vespertino, o el bochorno de estar varada en medio de un inhóspito barrio muy jodido (sin duda su madre le habría reconvenido por usar ese adjetivo) daba a la chica de las pecas un saludable tono rojizo en las mejillas, enmarcando las múltiples pintas en su piel. Pintas que, hay que decirlo, nunca le habían hecho feliz: en su vida escolar habían causado curiosidad, burlas, un indefinible morbo, y ahora simplemente eran motas de pigmento que nadie había pedido pero que la vida le había incluido en el paquete: un gesto tan atinado como agregar un puñado de pasas al helado de vainilla. “Pinches pecas horribles, vale madre”.

Mirando su reloj, la chica pecosa dedujo que ni siquiera tomando un taxi en ese momento lograría llegar en tiempo a su clase de las cinco: ya no podría faltar una sola vez más a la clase de Impuestos. La cosa se complicaba porque el profesor era muy mamón, muy atildado, correcto y estricto. “Capaz y es puto el goei, amigui” le había sugerido una de sus mejores amigas. Quizá sí. El muy cabrón no le miraba ni de reojo el escote, y jamás lo había sorprendido mirándole las nalgas a compañera alguna. “Se me hace que sí es puto”, sentenció.

Tic tac, tic tac… Un dolor de cabeza comenzaba a anclársele en las sienes. Quizá fuera la temida migraña, aunque no había advertido las luces multicolores justo antes de ser atacada por el dolor. Buscó con los ojos una farmacia, pero sólo pudo identificar una miscelánea y un carrito de tacos. “Pues si es migraña que se espere, porque aquí seguro se curan con yerbas”.

Pensó entonces en El Niño. Desde hacía 72 horas usaba ese término así, con mayúsculas, para referirse al ser humano que posiblemente se le estaba formando en las entrañas. Un niño. Un hijo. Un hijo suyo y ve tú a saber de quién más, porque si la memoria no le fallaba y sus nociones de reproducción humana no eran erróneas, El Niño podía tener como coeditor responsable a su novio o bien, al hermano de la Nenis Urquiza. “O al Espíritu Santo… si a María se lo creyeron, por qué a mí no”, sonrió a medias.

Llevaba en su bolso una prueba de embarazo desde la tarde anterior. No se había atrevido, aún, a utilizarla. La respuesta de aquel pedazo de plástico sería tan poderosa, fuera la que fuere, que sólo de imaginar las posibilidades le bajaba un telón mental y la dejaba por completo a obscuras. Un hijo. Un niño. El Niño. A sus veintitrés años, con un novio hermoso, mil amigas, y el hermano de la Nenis, quedar embarazada sería una broma muy extraña de la vida.

En un arrebato de valor decidió utilizar la prueba de embarazo. Igual necesitaba orinar pronto: El litro de agua que había bebido en comedidos tragos desde que salió de casa debía salir ya. “¿Y aquí cerca dónde? Me da oso tener que usar el baño de esta gente”, pensó mientras barría la zona con mirada de valuador inmobiliario. Se decidió por la miscelánea. Entró, ofreció pagar si la dejaban usar el baño, y la afable matrona detrás del mostrador la invitó a pasar.

La miscelánea se conectaba con una casa diminuta mediante un pasillo también diminuto. El suelo era de cemento brillante, que resonó cuando los tacones de la chica de las pecas lo atacaron con mal disimulada urgencia. El cuarto de baño la sorprendió gratamente: lucía limpio e iluminado. “Pues aquí va a ser… ¡Vas!”, se dijo al tiempo de deslizar hacia abajo sus jeans, sus panties, y sentarse con lentitud en el retrete.

Miró una vez más la prueba de embarazo, con su terrible poder contenido por el empaque. Ante la inminencia de su micción rompió el sello y dispuso aquella lanceta de plástico en la posición requerida, debajo suyo. Y se dejó ir. Fue un momento de fugaz liberación.

Mientras esperaba los minutos requeridos por la prueba para arrojar su resultado, paseó la mirada por aquel cuarto de baño. Se sentía ausente. Como si la mujer en el retrete fuera otra. “Ojalá fuera otra”, deseó. O no. Imposible saberlo en ese instante, pero ya pronto lo sabría. En tanto, recompuso su atuendo y lavó sus manos con inusitada ternura.

El cronómetro de su teléfono móvil destelló: Era hora. La chica pecosa llevó hasta sus ojos la prueba de embarazo. El resultado le hizo abrir los ojos y la boca, formando un trío de pozos enormes. Comparó la imagen, entre ociosa e incrédula, con la que presentaba el instructivo. Los pozos se cerraron: dos parpadeos simultáneos y una deglución.

La chica de las pecas se miró en el espejo que coronaba el lavabo frente a ella. El rubor se había ido. Las motas, necias, parecían palpitar bajo sus ojos, de pronto húmedos. Su mano, firme, abandonó en un sitio cualquiera el artefacto de la prueba.

Como en un sueño salió del baño, de la casa, de la miscelánea, de sí misma. El mecánico impuntual, el profesor exigente, el novio cornudo, el hermano de la Nenis, y todos los hombres del mundo con sus plazos y sus retrasos, podían irse al carajo: Lo relevante era el resultado que la prueba le había dado. Por ese día, por esa tarde, nada más importaba. Tenía que celebrar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s