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Cándida va feliz camino a la escuela.  Le ha costado mucho trabajo llenarse de valor para inscribirse, por fin, en la secundaria para adultos. A sus 55 años tiene planeado terminar la secundaria, seguir con la prepa abierta,  y si la vida le alcanza, hacer una carrera. Pero no se imagina todo lo que va a pasarle en ese primer día de clases.

Cuando se subió al pesero no se dio cuenta de que el señor sentado a su lado, quien seguramente es un vendedor porque lleva varios catálogos de diferentes productos en las manos y  también tiene una especie de block de notas de venta, es un tanto, cómo podríamos decirlo… un tanto raro.

El caso es que este hombre tiene un bigote enorme. Le cae por la orilla de los labios y se enrolla en las puntas, pero no da una o dos vueltas, no, da cinco vueltas. Cinco vueltas que pareciera que forman una borla.

Cuando Cándida se da cuenta de que falta poco para que tenga que bajar pide permiso al señor bigotón para pasar, pero un enfrenón del pesero hace que tropiece un poco y pise el pie derecho del hombre. Y esto es algo de lo que tampoco se había dado cuenta, el bigotón tiene pies, más bien patas, de gato. Grandes y rechonchas patas de gato. Y al sentir el pisotón, maulla.

Es tal el susto que se lleva Cándida, que de un salto cae otra vez en su asiento de un sentón.

Después de soltar el maullido de dolor, el bigotón voltea muy enojado a ver a Cándida, que está sentada a su lado, casi petrificada, y no puede salir de su asombro ni del susto.

Ya sin maullidos, le reclama la afrenta y le dice que tendrá que pagar su falta de la forma en que él le indique, sin chistar, sin dudar y sin posibilidad de escapar.

Si no lo hace, morirá sin remedio y nada podrá impedirlo.

Cándida solo atina a afirmar con la cabeza.

El hombre, entonces, le explica lo que debe hacer.

Debe presentarse en una cafetería de la colonia Roma a entregar un pedido que le han hecho unas horas antes. La persona a quien debe entregar el mentado pedido le ha exigido llegar e identificarse con un clavel en la boca, y si no lo hiciera, no solo perdería la venta, sino que lo reportaría a su empresa y daría el reporte más horrible que pudiera imaginarse, a tal grado que perdería su empleo sin lugar a dudas.

Semejante amenaza podría parecer hasta tonta para cualquier persona, pero para un hombre con patas de gato y bigotes extremos, conseguir un empleo de cualquier tipo no era fácil.  Y si hasta ese momento había logrado conservar el suyo era porque daba un servicio extraordinariamente bueno y lo había conseguido por internet, sin tener que entrevistarse con nadie en persona y siempre se las ingeniaba para que sus clientes no lo vieran al hacer la entrega.

Pero este cliente nuevo parecía sospechar algo, le había sonado amenazador cuando le exigió que la mercancía le fuera entregada en persona, y la venta era tan buena que perderla por negarse a cumplir su petición sería un gran error.

Y de pronto llega Cándida, lo pisa en el pesero y la vida se le resuelve en ese instante, en medio de un gran dolor.

Cándida no tenía más remedio. Perdería su primer día de clases y acudiría a esta especie de cita a ciegas a entregar lo que tuviera que entregar pretendiendo ser ella la vendedora para salvar a este hombre de ser visto por su cliente y exponerse a ser reportado por tener las patas de gato y el bigote extravagante.

Llegando a la cafetería, el hombre le dio a Cándida el clavel que tendría que ponerse en la boca para identificarse con su cliente.

Entró asustada, apenada y expectante. Buscaba por todos lados tratando de adivinar quién era el misterioso cliente y esperando que se le acercara alguien con mirada severa y casi, casi, con un palo en la mano, como dispuesto a golpearla a la menor provocación, al encontrar cualquier defecto en la mercancía entregada.

De repente sintió que alguien tocaba su hombro, volteó y tremenda sorpresa se llevó.

No era un cliente, era una clienta. Y no tenía un palo en la mano, sino una caja de regalo. Pero si tenía la mirada severa y, de hecho, parecía verdaderamente enojada, casi a punto de estallar. Y tenía un bigotote, casi idéntico al del vendedor,  y patas, patas de gato que era en lo que terminaban sus tremendas y regordetas piernas peludas. Y ya fijándose con calma, tanta como le era posible tener ante semejante vista, sus brazos también eran peludos.

No era una clienta, era una pobre mujer que en ese momento se sentía enfurecida ante el engaño. Todo había sido un plan, urdido por ella, para volver a ver a su hijo, que años atrás le había sido arrebatado de las manos, no, perdón, de las patas, y a quien por fin había encontrado.

Temerosa de su reacción o de su negativa a verla si se identificaba como quien era, decidió hacer lo que había hecho para así obligarlo a encontrarse con ella ante la posibilidad de perder su empleo.

Cuando el hombre-gato se dio cuenta de lo que pasaba, corrió hacia la mujer tratando de entender qué estaba sucediendo, pero sabiéndolo en el fondo. Era como si alguien le estuviera contando la historia resumida de la fatalidad a la que se habían enfrentado él y su madre. Sin mediar palabras estos dos extraordinarios seres se abrazaron y ronronearon sin parar mientras sus lenguas recorrían sus caras.

Ya no teniendo nada qué hacer ni qué decir, Cándida se retiró. Ya no llegaría a su primer día de clases, pero ya tenía claro qué carrera quería estudiar.

La única forma de poder contar al mundo ésta y posiblemente otras historias extraordinarias sin que la tacharan de loca, era convirtiéndose en escritora

Un pensamiento en “Cándida por Cynthia Alfonzo Lugo

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