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Capítulo final

Una luz, un disparo, ruido blanco…

Su imagen está pegada en la pizarra de la oficina del capitán, es una oficina fría. Se respira la tensión. Se respira el miedo. En la fotografía está Candy Candy  y su perro Terry; si, una verdadera burla. Cándida Martínez alias Candy Candy, una de las traficantes más buscadas en el mundo.

De joven fue secuestrada mientras iba a la universidad, sus padres nunca supieron más de ella. La emplearon sexualmente hasta que decidió que prefería arriesgarse y vender droga en los centros nocturnos y  universidades. Con el tiempo fue ganándose la confianza de los jefes, la enseñaron a torturar y a matar sin remordimientos, sin piedad. Dos años después esos jefes eran los muertos; sin piedad, sin remordimientos.

A sus cincuenta y cinco años sigue huyendo, sobreviviendo. La policía, los políticos y el ejército han tratado de atraparla, negociar o matarla, nunca con suerte. De los que tratan de atraparla sólo encontramos algunas partes, los que negocian con ella terminan de su lado y a los que tratan de matarla, mejor ni los buscamos.

Dos semanas atrás tuvimos un pitazo, se reuniría con el Senador Murguía, sabíamos que no sería para negociar sino para ofrecer una extensión a los servicios a los que el Senador es recurrente. La cita sería en el Hogar de Pony, uno de los restaurantes de su propiedad; si, otra burla.

El encuentro sería de noche, cuando el lugar se encontrara ya vacío. Estábamos listos, el equipo de asalto preparado, sería la captura del siglo. El soplón era uno de los suyos, ella lo había planeado. Pocos tuvimos suerte de salir vivos, de poder contarlo, al menos de momento…

En la oficina del capitán estamos cuatro de los pocos que hemos sobrevivido a su ira. Sabemos que en este punto es ella o nosotros. Candy no olvida, Candy busca, Candy Candy no perdona.

Sobre el escritorio está toda la información que tenemos sobre ella. En realidad, lo que nos ha dejado saber. Están también las estrategias que hasta ahora se han intentado seguir para atraparla o en un accidente, matarla. Algunas se han intentado hasta dos veces, nunca una tercera.

Las fotografías de sus crímenes están guardadas bajo llave en el cajón del fondo de los archivos de la oficina; una vez vistas, no las olvidas.

Necesitamos planear los detalles de este último intento, al menos sería el último para los cuatro que rodeamos la mesa. Nos vamos a entregar, no para ser ejecutados, sino para pasarnos a su lado. Haremos que lo crea. Usaremos nuestro miedo. Alimentaremos su ego. Jugaremos su juego.

Tenemos acceso a su gente en prisión, siguen en contacto. Siempre hay alguien dentro que les ayuda. Seleccionamos a uno de los más allegados, le damos una nota, finge que no sabe de lo que hablamos pero la toma, la guarda, aguarda.

En la carta decimos que estamos cansados de escondernos, que estamos hartos de vivir con miedo. Que no dormimos, que no vivimos, que ya no podemos.

Le proponemos un trato, que perdone la vida a nuestras familias, que no nos busque más, aquí estamos. A cambio le ofrecemos nuestro servicio, nuestras armas, ¿nuestras almas?

Pedimos una audiencia,  una “cita a ciegas”, nosotros esperamos que ella aparezca y ella espera que valga la pena. En la carta no decimos quienes somos, no es necesario, su contacto se lo dirá. Confiamos en que sepa quién la escribe, lo que podamos darle, lo que valemos, somos los que más cerca hemos estado. Quizá por eso no nos ha matado. Quizá solo nos observa. Quizá solo nos espera.

Una…

Dos…

Tres semanas de espera, por fin una respuesta –Brower y Baker 12:45am, única oportunidad – lo sabemos…

No llevamos armas, no llevamos micrófonos, sólo un GPS bajo la piel, lejos de la vista, lejos de las manos. Así nos podrán seguir, cruzamos los dedos para que ésta vez todos estén de nuestro lado. Única oportunidad.

Nuestra cita llega a tiempo, subimos al auto. Llegamos. No sabemos a dónde, no importa, mientas que los nuestros lo sepan. Solo tenemos que alargar nuestra primera cita, no aburrirla, no dejar que se vaya a casa.

Sabemos que no estaría sola, sabemos que la cuidarán desde más de tres cuadras de donde estamos. Primero hay que barrer la zona, poco a poco, de fuera hacia adentro, en silencio.

Sesenta minutos de “caricias”, treinta de súplicas, diez de propuestas, dos de acuerdos. Un apretón de manos, un lento beso de “buenas noches”. Cauto. Mi boca se acerca a su oído. Despacio. Susurro: Lo siento Candy, estas rodeada.

Ruido blanco, un disparo, oscuridad…

Abro los ojos…

Azul y rojo,  sirenas que rompen el silencio, botas que corren, voces que gritan. Un último mensaje por el walkie- talkie: está muerta, Candy Candy está muerta.

3 pensamientos en “Candy, Candy por Héctor Villalvazo

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