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 Hora pico, circulo por el carril de alta a velocidad media, digamos que no rebaso los 70 kilómetros por hora. El automóvil compacto que va en el carril de la extrema derecha, a dos carriles del mío, empieza a salirse por la izquierda de las líneas que delimitan su espacio, ocupa ya el carril contiguo y en un abrir y cerrar de ojos empieza a rozar mi salpicadera delantera derecha al tiempo que disminuyo la velocidad y le doy un leve pisotón al freno. Me pego al claxon, no parece escucharlo y me pregunto: ¡qué carajos le pasa! Me va a pegar, ¡hey! le manoteo con todo el brazo salido de mi ventanilla y aunque es de día lanzo varios cambios de luces altas pero nada. ¡Está que me pega, con un carajo! Disminuyo la velocidad. Ya no distingo al conductor, me pareció ver que la barbilla va pegada al volante: ¡parece que se desmayó! ¡Dios, qué hago, se va a estrellar!

     Doy un pisotón al freno, rebaso por la derecha al auto descontrolado que para estos momentos ya va pegado a la banqueta izquierda y no se sube a ella porque es alta y a la vez porque ya descendió considerablemente la velocidad. Confirmo lo que parecía haber visto: el conductor va desmayado sobre el volante, es evidente que quitó el pie del acelerador, sería por instinto de supervivencia, sería por la divina providencia pero el caso es que bajó la velocidad. Coloco mi auto delante del suyo con la distancia necesaria para que no me golpee, voy piqueteando y soltando el freno, piqueteando y soltando el freno, hasta que su defensa delantera toca la defensa trasera de mi auto, dos, tres intentonas, hasta que logro que el contacto entre ambas defensas sea permanente. Freno con gran delicadeza. Nos detenemos.

     Me bajo volando, la puerta no opone resistencia. Controlo su cuerpo que casi se va al piso, lo viro un poco hacia mi izquierda, lo jalo de las axilas y poco a poco gracias a que es una persona delgada, deposito su cuerpo sobre el poco pasto que hay en la banqueta. Me quito el sweater y lo doblo para hacer un pequeño cojín debajo de su cabeza, me monto sobre su cuerpo, tapo la nariz, ambas fosas, pego mis labios a sus labios, meto aire de mi boca a su boca, dos o tres veces, me detengo y masajeo el corazón colocando mi mano derecha sobre la izquierda, repito dos o tres veces, vuelvo a meter aire a su boca no sin antes tapar sus dos fosas, masajeo de nuevo el corazón y para mi sorpresa lanza una especie de boqueo que me hace notar que recobra la conciencia, le hablo, da señas de escucharme, le pregunto su nombre, responde a duras penas y de manera casi inaudible dice algo, le pido que lo repita pues casi no la escuché y alcanzo a distinguir lo que balbuceó: Sara.

     Le pregunto que a quién debo llamar, me indica dónde está su celular. Pide que remarque el último número y le diga a quien conteste la dirección donde nos encontramos. Lo hago, marco y contesta la voz ronca de un hombre, le digo lo sucedido y me pide un momento para tomar con qué anotar, regresa su voz, anota, me pide que le diga a ella que está muy cerca y viene para acá, cuelga.

     Llega el sujeto de la voz ronca, nos encuentra a los dos de espaldas contra un muro muy bajito que nos permite estar apoyados. El tipo se presenta, me pongo de pie y me despido, Sara queda acompañada por él. Me aseguro de que no necesiten más de mi ayuda.

Él le dice:

–Extraño lugar para nuestra cita, ¿no lo crees? Nunca antes me pasó algo igual.

Sara habla con dificultad, esboza una breve sonrisa pero, aun en la circunstancia inverosímil en la que está, lo hace con la sorna que toda la vida ha sido un signo claro de su manera de estar en el mundo.

–Sí, extraño. Quizás hubiese sido mejor morir, no llegas tú, no llega nadie, mi cita a ciegas se volvería literal. ¿Me puedes besar como lo prometiste en nuestra conversación por Facebook?

     El tipo se acerca, la toma delicadamente del mentón, la besa. Se quedan así, con los ojos cerrados, por un largo minuto.

     Llega la ambulancia, él ayuda de un lado de la camilla a colocarla suavemente. Le promete seguirla hasta el hospital, aunque no lo hará.

     Durante el trayecto ella sueña con él, ve cómo la está cargando para subirla a una ambulancia. Antes de cerrar la puerta del vehículo le dice adiós. Se enciende la sirena.

     Hasta llegar al cuarto del hospital, abre los ojos, pregunta si hay alguien que la esté esperando, le responden que no que nadie ha preguntado por ella. Pide que le entreguen sus pertenencias, toma el teléfono y abre su Facebook, el sujeto con quien tendría la cita a ciegas y que ayudó a subirla a la ambulancia está en línea, ella le escribe la siguiente pregunta: ¿me viviste como un problema y preferiste evadirlo?

Sobreviví al ataque cardiaco, fue calificado de leve y discreto, no se sabe aún cuánto daño pudo haber causado. Además de evadirte de problemas ¿eres también evasor de impuestos? Bueno, la verdad es que te entiendo ¿desde cuándo, en una primera entrevista y a ciegas, alguien se hace responsable de quien ni siquiera había escuchado su voz? Si decido volver a verte, ahora que me restablezca, te lo avisaré. Mientras tanto, júzgame como quieras, califícame tan bajo como quieras, no me taches de enfermiza –es la primera vez que me da un infarto yendo al volante. Me gustaron tus ojos y tu voz. ¿Por cierto, te enteraste del nombre de quien me salvó ocupándose de detener mi auto con tanta habilidad y con el riesgo que eso implicaba?

Suena el despertador, me levanto, me estiro y, ya en la regadera, voy recuperando los detalles. Se dice que, si al recordar los sucesos del sueño piensa uno en su día previo, puede hallar los elementos que lo construyeron. Todo es confuso, no logro atar cabos, no importa, hoy tengo una cita a ciegas, le mentiré diciéndole que soy una vendedora, que además soy cruel que, si me presenté a la cita, fue por un mero sentido de la supervivencia. Espero correr con mejor suerte que Sara. ¡Qué desgraciado el tipo ese!, no fue ni siquiera para acompañarla y, aunque después no la hubiera vuelto a buscar, al menos pudo haberle dado aliento alcanzándola al hospital. Vaya, que si nos hemos vuelto fríos e indiferentes. En fin, me presentaré como Cándida, aunque ése no sea mi nombre.

3 pensamientos en “Ése no es mi nombre por Armando Contreras

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