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El reloj marca las ocho de la noche. La cita está pactada para las nueve, pero Cándida se instaló en un rincón de aquel bar hace no menos de 15 minutos. Quema ya el primer cigarrillo de la velada, el mesero ha traído la primera cerveza (obscura, como siempre) y otros clientes comienzan a ocupar las mesas del local. Miércoles, “ombligo de semana”. Bien. La cosa marcha.

Cándida recorre con la mirada la sede del encuentro. Es un lugar confortable, sencillo, discreto. Sobre todo discreto. Eso es primordial para salir sola o acompañada sin mirones entrometidos. Sin curiosos. Sin preguntas. Sin errores. No a estas alturas del juego. No ahora que tiene una razón para sonreír y luchar. Para sobrevivir. Han sido muchos años de confusión e impotencia desde la adolescencia: la vida le debe mucho, y quiere cobrar hasta el último peso.

La música, todavía a un volumen bajo, es guapachosa. Alguien canta aquello de “tieeene espiiiinas el rooosaaal…” provocando que algunas manos golpeen algunos muslos, llevando el ritmo, buscando pelea. “La cosa marcha, Cándida. ¡Hoy mojas y bien!”.

Cándida evalúa a la concurrencia con su mente de vendedora: la tercia de jovencitas (que podrían ser sus hijas, si no es que sus nietas) sólo vienen a eso que ahora llaman “precopeo”; se irán antes de las 12 de la noche, para encontrarse con sus novios. Los dos tipos gordos que ríen de buena gana son viejos amigos, seguro, y se marcharán pronto, porque mañana deben trabajar temprano. La pareja que recién llega sólo viene, como Cándida, a calentar la silla un par de horas para disimular, posponiendo otros calores y urgencias.

Esta es la séptima cita a ciegas a la que acude Cándida. Todo comenzó derivado de una amistosa imposición de dos secretarias mucho menores que ella, a quienes vende productos por catálogo: Jafra, Salvaje Tentación, Stanhome. Paty, soltera, compra mucho de los primeros. Lety, casada, mucho del último. Así suele ser la vida. Ambas pagan puntualmente y son amables. Ambas son usuarias frecuentes de redes sociales por internet. Y ambas la convencieron de abrir una cuenta en Twitter para conocer hombres.

Las cosas salieron tan bien la primera vez, que Cándida le tomó gusto: Descubrió que era deseable, no a pesar de su edad, sino precisamente debido a ella, y eso le encantó. Todavía se sorprende al ver cuántos sujetos desean acostarse con ella sin más trámite, sin la menor precaución, como animales en celo, y lamenta haber esperado tanto tiempo para atreverse a ejercer sus dotes.

Han transcurrido más de 40 minutos desde que llegó al bar y Cándida comienza a evaluar a cada tipo que cruza la puerta sin acompañante. Sabe, fruto de la experiencia, que algunos conquistadores son muy ansiosos y llegan hasta con media hora de antelación, por lo que su cita de esta noche puede arribar en cualquier momento a partir de ahora. Ella ignora cómo luce él, y él ignora lo mismo de Cándida. Nunca comparte fotos suyas por internet, ni admite que sus contactos le envíen las propias: ha descubierto que su apariencia, con ese cuerpo trabajado a conciencia en el gimnasio, es una grata sorpresa para los internautas y le gusta usar esa ventaja.

Tres días antes, al pactar el encuentro luego de largas sesiones de sexting tuitero, Cándida y el hombre al que ahora espera, acordaron buscarse mutuamente al llegar al bar. No mensajes ni llamadas, pues ambos ignoran el número telefónico del otro. No avisos mediante mensaje directo de Twitter. Pura intuición, para ponerle más sabor al asunto. La propuesta fue de Cándida, como siempre, y al tipo pareció causarle gracia pues aceptó sin mayor objeción. Esta noche la concurrencia facilita las cosas: no hay otra mujer que espere sola, así que la cita de Cándida lo tiene fácil.

“De…Bo…Deeebo deeeaceptar que todo fue un martiiriiiooo…” El volumen de la música sigue siendo tolerable, cumbia tras cumbia, historia tras historia. La mente de Cándida alterna el acecho a la puerta con los recuerdos de sus anteriores citas a ciegas, todas exitosas, todas apegadas al guión que ella diseñó desde la primera vez: encuentro en lugar público, por si el tipo no cumple el perfil; un par de tragos y muchas risas, para romper el hielo; abierta invitación a cambiar de sede, con sonrisa, “para que el tiempo rinda”; traslado a un motel de la periferia, en el auto del caballero; sexo urgente y ávido, que permita templar el estrés y calibrar a fondo el cuerpo de él; luego, con más calma, lo divertido; después la despedida callejera, en la que ella suele alejarse sin voltear la vista atrás.

El número 21:00 aparece en la carátula del teléfono móvil de Cándida. Es hora. El hombre al que espera no demorará mucho más. Da por hecho que el tipo se presentará, pues hasta ahora ninguno se le ha rajado. Ha sido ella quien, al no cumplir el perfil requerido, ha desechado a alguno. Sólo a uno. Ojos obscuros, risa soez, muy pesado en todo sentido: un típico esbirro del heteropatriarcado, hueso difícil de roer. Prefirió dejarlo pasar, y no se arrepiente. Lo suyo, lo que a ella le va bien, son los tipos suaves, casi delicados, que la miran con deseo pero no se atreven a tocarla. Le son idóneos por ingenuos y ligeros.

Justo entonces Cándida lo ve cruzar el umbral: Treinta y pocos, flacucho, atildado. Atolondrado, gira la cabeza de un lado a otro, buscándola. Sonrisa nerviosa. Zapatos baratos y, lo puede apostar, reloj caro. Tiene que ser él, así que apaga el cigarrillo y atisba fugazmente su espejo de mano para verificar su aspecto. Sonríe satisfecha: luce feliz y confiable.

-Hola, buenas noches. Yo vengo a… es decir, busco a alguien que se llama Cándida… ¿eres tú?

Cándida le responde con una sonrisa y lo mira con gran atención, recorriéndolo de pies a cabeza. Está eligiendo el punto exacto donde más tarde, ambos desnudos y risueños, enterrará el cuchillo que guarda en su bolso. Piensa, también, si el tipo frente a ella alcanzará a mostrar sorpresa, como alguno de los otros, o si pasará de este mundo al otro sin mayor trámite. Evalúa, al tiempo de tenderle la mano, si ese sujeto siquiera sospecha el problema en el que se ha metido.

-Yo soy Cándida. No estés tan nervioso… ¡no muerdo!

Un pensamiento en “La cándida cita por Don Vix

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