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Aquella podría haber sido una mañana soleada y tranquila, de un martes cualquiera, si no fuera porque era miércoles a las tres de la tarde. Cándida, mujer de 55 años, por la cual los años no pasaban, sino al contrario, se le quedaban, entró al restaurante de siempre y ya la esperaba la mesa que, semana a semana, ocupaba para comer.

-¿Le traigo lo de costumbre? – preguntó Alfredo, el mesero que todos los miércoles la atendía.

– No, voy a esperar a alguien ¿Qué no notas que estoy arreglada diferente? – contestó ella  de forma áspera.

Alfredo abrió los ojos sorprendido, la miró de arriba abajo, y no, no encontraba nada diferente…a menos que… ¡sí! En lugar del saco azul de su uniforme de vendedora traía un abrigo del mismo tono de azul, y podría decirse que de corte y textura muy similar, sólo que en lugar de traer bordado el logotipo de la empresa traía una “C”. De ahí en fuera todo era exactamente igual.

-¡Bah, hombres! – dijo Cándida molesta cuando vio titubear al muchacho – ¡vamos, deja de estar de voluptuoso mirando mi figura, y tráeme un vaso de agua!

Alfredo se retiró con una sonrisa que Cándida interpretó como de disculpa, pero que en realidad encerraba una carcajada que el chico, de no ser porque era educado y quería conservar su trabajo, hubiera soltado enfrente de ella.

-¡Vieja  loca! – dijo Alfredo en cuanto entró en la cocina.- Le escupiría en su agua, pero pobre, está tan amargada que ni ella misma se aguanta.

Mientras tanto, Cándida esperaba nerviosa a que su cita llegara.

– ¡Ay, Cándida! – se decía en su mente- mira que estar en estos trotes a tu edad…¿a mi edad?, pero qué me pasa, si todavía soy joven y bella, en cambio el difunto Mauricio…

Mauricio había sido el mártir, perdón, el marido de Cándida, hombre valiente como pocos, miren que aguantar treinta años de casados, y con Cándida, no cualquiera. Y no es que Dios o el Destino hubieran querido parar su sufrimiento provocándole la muerte, simplemente él se cansó, y en una pelea en la que ella lo quiso chantajear y lo amenazó con “o haces lo que digo o te vas” él se dio la vuelta y se fue dando un portazo. De eso hace ya dos años, y como Cándida no supo más de él, decidió que era viuda.

-Cándida, ¡qué feo nombre! Bueno, mis papás en qué estaban pensando. Pudiéndome haber puesto Andrea  o María, no, se rigieron por el santoral del día, bueno al menos no fui Cipriana. Y bueno, a mi hermana Brígida no le fue mejor, aunque ahí sí tuvieron un poco de más tino, digo, es frígida…claro, con el bruto de marido que le fue a tocar…porque a mi – y se sonrojó nada más pensarlo-… el difunto Mauricio era todo un tigre en la cama… al menos al principio, después como que me tenía miedo y eso lo fue apagando ¡mentecato, poco hombre! Si lo viera lo vuelvo a matar.

Ella miró su reloj. Faltaban todavía cinco minutos y él aun no llegaba. Los nervios volvieron a revolotearle  el estómago. ¿Y si no venía y la dejaba plantada? ¿Y si se le olvidó? ¿Y si lo atropellaron? Sacudió la cabeza para quitarse esos malos pensamientos y siguió con su monólogo interno.

– Y bueno, con eso del mal tino para los nombres, Brígida tampoco canta mal las rancheras. De acuerdo, yo entiendo que la fe y ese rollo, y que si le hicieron el milagrito, ¿pero ponerle Virgen a su hija?, digo, en qué cabeza. Yo por eso desde que mi sobrina tiene catorce años le digo niña. ¡No puedo decirle por su nombre! No estoy acostumbrada a mentir.

Volvió a ver su reloj y masculló entre dientes – ¡Falta un minuto! No puede ser, seguro es otro impuntual, como el difunto Mauricio, que decía que llegar antes estaba bien, pero llegar en punto o hasta cinco minutos después también era correcto, y cómo iba a ser correcto, eso ya es impuntualidad, si uno está interesado en una cita llega con an-ti-ci-pa-ción.

Ya para estas alturas la pobre Cándida dudaba si había sido buena idea eso de buscar una cita a ciegas en un portal de internet, maduras.com, donde le prometieron que, de acuerdo a su perfil y características personales, la computadora le iba a encontrar el candidato idóneo. Sabía que a sus 55 años…

-¿Qué estás insinuando? – me interrumpe Cándida

-Nada ehh- vacilo sorprendido porque un personaje me increpa, nunca me había pasado.

– ¿Y encima me estás diciendo irreverente? – replica furiosa – Y no, no estoy furiosa…bueno, la verdad sí estoy furiosa…¡Deja de poner palabras en mi boca, o de verdad me voy a poner furiosa!

-De acuerdo, tranquila – le respondo con la misma sonrisa que hizo Alfredo, el mesero.

-Bien, acepto tus disculpas – responde la cándida Cándida – ¿Perdón, qué insinúas?

-Nada, es un chiste privado entre los lectores y yo. Ahora, tranquila, que acaba de llegar tu cita.

Cándida se sonroja, se seca el sudor de las manos y cierra los ojos, rogando a Dios y al cielo que el candidato no sea un viejo adefesio. Siente cómo se va acercando y escucha su dulce voz

-¿Cándida?

Ella abre los ojos sorprendida, y en lugar de su cita se encuentra con Mauricio, que también la ve con incredulidad.

– Mauricio, ¿qué haces aquí? – le pregunta con un ligero temblor en la voz

Él sonríe y se sienta.

-Pues, verás, es difícil de explicar. Llené un perfil en un sitio web de citas para solteros y me encontraron a mi mujer ideal…y vengo a conocerla… – Mauricio se calló ante la cara asombrada de Cándida-…no me digas…eres tú.

-Sí, soy yo – contestó apesadumbrada- pero ya que estamos aquí, comamos.

La moraleja de la historia podría ser que no importa cuánto nos empeñemos en romperlo, el verdadero amor siempre estará en nuestras vidas de alguna manera, pero la verdadera moraleja es otra, mucho más sencilla y obvia: nunca te pelees con tu autor, por más empecinado que seas como personaje, no sabes qué te depare para el final de la historia. Y los autores somos peor que los meseros…

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