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Cándida tenía nublados los ojos.

Triste Cándida le decían, un amor le mintió tantas veces, que la hizo añicos una mañana de febrero, aunque no recuerda bien que día. Transformó su apego en enojo, porque el enojo era lo único que conocía, y como todo mundo sabe, enojado, se llora menos y así se creía tranquila. Triste Cándida, tan llena de odio. Triste mujer, que presionaba con fuerza los puños, cada que alguien buscaba tocarle el rostro.

Y Cándida de dolor se retorcía por las noches, cuando la buscaban los demonios de amores perdidos, como el de aquél hombre que dijo que la quería, para después marcharse con otra, porque así le convino a él y a su familia. Desde aquella despedida, a Cándida no le quedaron más que un par de manos frías.

La triste mujer, vendía cachivaches y tiliches sobre la explanada de una plazoleta. Empujaba cada mañana, en cuanto marcan las seis, una vieja carreta llena de recuerdos que ya nadie quería. Cándida los ofertaba, porque decía que el amor en este mundo se vende y después de la transacción, ya nada es lo mismo. Los recuerdos de viejos amores son algo que nadie quiere y que la nostálgica Cándida coleccionaba, pulía y después ponía en venta. Momentos, fotografías, palabras de aliento, caricias, mensajes de “Buenas Noches” o “Buenos días”; regalos, viajes, encomios, relicarios, cartas, notas de amor y despedidas. Cándida y su carreta de todo tenían.

Un día llegó un mozalbete, le llevó a Cándida un corazón hecho añicos. Cándida sacó de la carreta, un poco de goma y barniz. Y mientras se concentraba en su labor, le decía:

“No te preocupes, chamaco, todavía tiene solución”.

Y con mucho cuidado, pieza por pieza, la gélida Cándida, pegó el corazón de aquel joven cliente.

“Creo que le falta un pedazo”. Preguntó el muchacho.

 “Se te debió haber quedado regado. No pasa nada, siempre nos falta un pedazo, pero todavía funciona, aunque ya no sea lo mismo”. Contestó.

 El joven decepcionado, por aquel pedazo faltante se marchó. Cándida no cobró un solo centavo ese día y dice la gente que ese día, la gélida Cándida por primera vez en muchos años, sonrió.

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