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Aún se percibían rastros de su perfume en el aire. Había usado aquel que años atrás le hubieran regalado en su cumpleaños sabiendo que le ayudaría a mejorar el ánimo al quedarse sola en aquella casona.

El arquitecto, Don Gustavo de la Fuente y Góngora, había puesto especial esmero en cada detalle para hacerla tan especial como la dama que viviría en ella: un pequeño porche para guarecer a los invitados del sol o la lluvia en tanto eran recibidos. Le seguía una estancia circular con armario y servicio cuidadosamente decorado con mármoles y amenidades Hermes, propio de un hotel de categoría especial. La escalera a la derecha trazaba una curva por el costado de la estancia, revelando un enorme ventanal que asomaba al jardín principal, decorado con la fuente de un querubín que desde lo alto, vertía agua con un jarrón a otros dos eunucos alados que jugaban entre ellos.

A la derecha, un portal de cantera llevaba al salón principal donde descansaba, desde hacía años, el piano de cola que tantas veces le hubiera deleitado con sus notas al compás de las burbujas en su copa. Si acaso ese piano tuviera memoria, revelaría las veces que Cándida había posado sus pechos en él para seducir a alguno de los tantos músicos que solían visitar la casa.

Más adelante, una otomana de tapiz decó abría paso a la sala, tras la que se asomaba una puerta destinada al servicio doméstico. Desde ahí, podía verse la enorme mesa que en el ayer hubiera servido para festines de hasta catorce personas con todos los manjares imaginables, acompañados de cualquier capricho etílico que sus invitados hubieran pedido, y que hoy jamás dejaba aquel camino de mesa que mantenía un enorme jarrón con camelias de su propio jardín.

Nadie jamás reveló lo que encontró en el piso superior. Ahí estaba la habitación de Cándida y sabe Dios cuántas más habitaciones en las que habría regocijado a sus amantes, que hoy estarían muertos o reencontrados con sus familias, viviendo una vida acorde a los cánones más tradicionales.

El aire en la casa era pesado. Había algo que, a pesar de la constante limpieza que Cándida supervisaba minuciosamente, quedaba justo a su paso. Era un vaho, un vapor, un rastro que estaba tras ella, como cuando la muerte sigue a sus víctimas de cerca.

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