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Cándida lloraba acurrucada en un rincón de aquella oscura habitación, su cuerpo desnudo temblaba de frío, de miedo. No podía controlar el llanto. Lo único que deseaba era escapar de aquel lugar, salir corriendo y dejar atrás aquella “cita a ciegas”.

Miguel la miraba con desprecio y mientras fumaba un cigarrillo recostado sobre la cama en la que había estrujado aquel cuerpo frágil, recordaba con orgullo cómo había ultrajado a aquella mujer de piel blanca, de sonrisa grácil. Un sentimiento de satisfacción lo invadió, finalmente se había vengado de todas las humillaciones que aquella vendedora estrella le había hecho pasar frente a sus compañeros de trabajo. Harto, fastidiado de escuchar los sollozos de Cándida le aventó las pantaletas a la cara, le ordenó que se vistiera, que se largara.

Cándida reaccionó al roce de la tela de satín sobre su piel, empezó a andar a gatas en busca del resto de su ropa sin saber que aquello volvería a encender la cólera de aquel hombre.

 Miguel se levantó de la cama, se dirigió hacia Cándida y la jaló del cabello hasta lograr que se pusiera de pie. Cándida empezó a gritar, a implorarle que no le pegara, que la dejara irse. Miguel le tapó la boca, le exigió que dejara de gritar. Fue entonces cuando empezó a recordarle todas las ocasiones en las que ella le había gritado frente a todos sus compañeros de trabajo diciéndole que era un inútil, mencionó todas las burlas que ella había fabricado en torno a su cuerpo poco atlético y demasiado graso. Acercó el cigarrillo encendido a la mejilla de Cándida y la amenazó con quemarla si no se hincaba para pedirle perdón.

Cándida empezó a arrodillarse muy a pesar suyo, sabía que no tenía otra opción. Cuando estaba a punto de tocar el suelo sintió que se le enterraba en la espinilla el tacón de aguja de sus zapatillas. Sin pensarlo mucho, sin tomar en cuenta la fuerza y la furia que dominaban a Miguel tomó la zapatilla y empezó a golpear la cara de aquel hombre al que por muchos años había considerado un obeso estúpido, un pendejo sin remedio. El primer golpe cayó directamente sobre el ojo de Miguel. El grito de dolor y coraje que invadió la habitación le dieron a Cándida la fuerza que necesitaba para asestar uno y otro y otro golpe más.

Miguel dejó de luchar.

Cándida se recostó a un lado del cuerpo inerte y comenzó a fabricar historias en las que les explicaba a sus compañeros de trabajo cómo es que había terminado acostándose con el vendedor más gordo e imbécil de la oficina sin que se viera afectada su imagen de mujer inalcanzable, sin que se dieran cuenta que la soledad en la que vivía ahogada la había llevado a concertar una “cita a ciegas” con el hombre que más despreciaba.

8 pensamientos en “Zapatillas para una cita a ciegas por Patricia Arciniega

  1. Patricia, me parece que estas zapatillas sí que hicieron su labor… Corriendo vas a las profundidades del ser humano, para salir, espero que más que airosa. Muy buen texto.

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  2. Había y aún las hay, agujas que reproducían discos de aceta(n)to, otras son para coser pero, este gordo se llevó no una cocción sino una cosida a punta de agujas de tacón. Me gustó tu texto Patricia. Sería magnífico que se cumpliera lo imaginado aquí, en el piso de arribita, por Fernando. Saludos.

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    • Cuando escribo voy imaginando lo que sucede y las imágenes invade mi mente, sin embargo creo que si esto sucediera en el piso de arribita me invadiría el horror.

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      • Hasta hoy (martes 312 de marzo), leo tu comentario Patricia. Va una muy pertinente aclaración pues reconozco que no fui claro: con lo de ‘Sería magnífico que se cumpliera lo imaginado aquí, en el piso de arribita, por Fernando.’ Con mis palabras me refería a lo que Fernando dijo sobre que tu historia: ‘me la imagino como para corto de cine independiente. Ya tu imaginarás a los actores.’ Eso quise decir y nada más. Espero haber sido más claro ahora. Saludos Patricia.

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