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En los agonizantes años sesenta, mis mejores amigos, José Juan, Cristina, Francisco y Alberto, al enterarse de que iría al cine acompañado de Silvana, dos años mayor que yo, me dieron una retahíla de consejos para llevarlos a la práctica tan pronto se apagaran las luces de la sala: primero ábrele los botones, dijeron, después haz una búsqueda del seno que haya quedado de tu lado, consideraron, y me recomendaban no buscar el más lejano porque, según su parecer, podría herir el pezón del más cercano con el botón de mi camisa, ahí fue donde sugirieron que ese día mejor vistiera manga corta pero, que aun así, buscara el pecho más cercano, cosa que no entendí pues ya había asentido y dicho que me pondría o una camiseta o una camisa de manga corta. Me callaron y me exigieron que pusiera atención.

Hice caso. Después me salieron conque siguiera con la aproximación, lenta y sin impaciencia, hacia sus piernas. También dijeron que primero buscara la más cercana y ahí los interrumpí de nuevo para decirles que qué tal que a ella se le ocurría ponerse unos pantalones. Burlándose, me aseguraron que, aunque eso hiciera, seguro que ella llegaría al cine con las dos piernas puestas: me pegaron dos gritos, me callaron y siguieron. Tal era su enjundia en explicar que se notaba a leguas que lo estaban disfrutando. Tan era así que vi cómo a Cristina le empezaba a subir el color de sus chapitas que se le ruborizaban cuando yo le lanzaba múltiples y merecidos piropos, porque ella sí que tenía unas piernas largas, bien torneadas y que yo siempre creía merecer tocar pero todavía no se me había hecho y, como noté su elevación de temperatura mientras todos, ella incluida, iban dándome cuanto consejo les venía a la cabeza, pues me le arrimé un poquito y ella hizo como que no lo notaba pero vi cómo me envió un cambio de luces parpadeando sus ojitos verde-uva de ésas de las que extraen el néctar de los albariños, ese par de ojos que tantas veces se me había aparecido entreverado con mis sueños.

De pronto, noté cómo a José Juan le cambiaba la cara –mueca que torcería el rumbo de mi vida para siempre– y su gesto se había transformado, como si fuera a revelar el mejor consejo que nadie me hubiera dado en la vida y dijo, muy ufano: –¡mira, para cuando salgan del cine, le haces así, y que se abalanza sobre Cristina para ejemplificar, de bulto, la tal sugerencia y ¡zaz! que en un movimiento ágil se para detrás de ella y le planta las dos manos en las caderas. Se las empezó a menear que parecía que ambos iban en altamar y que me empiezo a encender por dentro, pues ¡cómo se atrevía si ella era Cristina! y nadie le iba a poner las manos así nomás sin mi aquiescencia y que me lanzo a las patadas sobre ese pinche del José Juan y que Cristina se hace a un lado y que el méndigo me empieza a surtir y que me saca el mole de estas narizotas que tengo y que lo sorbo y, sacando fuerzas de la nada, que le asesto un aplauso en ambas orejas que lo desequilibró y acto seguido recordé aquel golpe de karate que ni manejaba y mucho menos dominaba pero bien que me había aprendido por enseñanza de Adalberto –que es mi amigo y hoy día es maestro grado 8-dan en Kendo. El tal golpe se logra juntando los dedos índice y medio, se engarruñan sólo un poco, se les aplica una tensión media para que al golpear no se doblen y se proyectan con todo el peso del cuerpo echado hacia delante para subir la nariz desde la base hasta echar la cabeza del rival hacia atrás o bien, se puede asestar con el talón de la mano. Opté por usar la mano, sin medir el daño ni el alcance que podría tener. El efecto del golpe, decía Adalberto, si certero, es letal pues el vómer, que es un hueso de la cara, puede incrustarse en una zona del cerebro que, al perder irrigación por penetración y desgarre, lleva al golpeado, en el mejor de los casos, sólo a caer en inconsciencia y, en el peor, a la muerte por desangramiento interno.

Y va pa’ abajo, cayó besando el suelo y que se nos queda como inconsciente y que todos medio nos alarmamos y que Cristina mejor puso pies en polvorosa y patitas pa’ cuándo y yo, moqueando con sangre y todo, no sabía ni qué seguía. Saqué un pañuelo de la bolsa y me empecé a sonar los mocos sangrientos y, en el entre tanto, aquél no se movía y se le miraba más pálido que de costumbre y Francisco y Alberto, parados ahí con sus carotas de yo no fui. En eso que pasa a baja velocidad Silvana, en el carro que siempre le robaba a su mamá, esa señora a la que todos volteábamos a ver cuando se contoneaba al ir de compras y de quien se sabía que era alcohólica. Silvana se detuvo, bajó el vidrio del lado del copiloto y que me invita a subir, que si no se nos haría tarde para llegar o que si ya no me acordaba que habíamos quedado de irnos juntos a la función de moda. Nomás de reojo mire a José Juan que ni se movía y hasta parecía que mi aplauso y el golpe por debajo de la nariz habían sido un par de soplamocos certeros y madreantes, por decir lo menos.

Me espanté y rápidamente me subí al carro, Silvana arrancó sin prisa y le subió al radio. En ese momento sonaba el órgano del rolón aquél de los Procol Harum –canción que, por cierto, poco después inpiraría, por su dotación musical, la famosa “Je t’aime… moi non plus” interpretada por Serge Gainsbourg y Brigitte Bardot–, y que me voy alterando porque me di cuenta que Silvana no traía pantalones sino la falda blanca con vivos naranja que tanto me inquietaba cuando la vi por primera vez vestida así lo que hizo que casi me olvidara de la escena de la pelea aunque algo me decía que las cosas no irían bien pues recordé que el color de la cara de José Juan, allá tendido, era como de figura del museo de cera. 

Dizque le ponía atención a lo que ella me iba contando: que si su mamá se había sentido un poco mareada esa tarde, que si a ella en la escuela le estaban exigiendo que no fuera con la falda tan corta, que no sé qué y yo nomás iba haciendo un repaso de todo lo que me habían aconsejado mis amigos, incluida Cristina, en quien preferí ya no pensar más porque, en un rato, apenas llegáramos al cine y apagaran las luces, iba yo a sentir como que la traicionaría y mejor la borré de mi pensamiento. Le subí al radio porque iba a empezar “Let’s spend the night together” de los Rolling y eso me ayudó a decidir por dónde debía a empezar a acariciarla. Ya se me iba haciendo agua la boca y, por no dejar, que le arrimo la mano a la pierna que me quedó más cercana y la empecé a deslizar como queriéndole subir la falda y que no se queja y que se orilla y que detiene el auto y que ella misma se levanta la falda hasta los muslos y, en el nombre sea de Dios, que me le voy a los besos de oídos, con sopliditos para que se fuera templando la temperatura de ambos y que noto cómo se empezaban a empañar los cristales pues estaban subidos y se pasaron los minutos volando sin que nos diéramos cuenta. Para cuando acordamos ya se había hecho tarde para llegar a la película y le dije: oye Silvana, mejor te invito un helado y nos lo comemos besándonos y, como aceptó, nos enfilamos, ya bien colorados y zumbando de felicidad, rumbo a la heladería del barrio porque, hasta eso, no nos habíamos alejado nadita pues nos pusimos ganones nomás me había subido.

Lamíamos nuestros helados de manera compartida y en eso veo doblar la esquina a una patrulla que se detuvo en la puerta de la heladería y que se bajan dos sujetos, una de cada lado y que me preguntan mi nombre y que se los digo. Que me tiran mi helado a la mala y éste fue a estrellarse en el suelo y alcanzó a salpicarlos, lo que empeoró las cosas. A jalones me treparon a la patrulla y se arrancaron. Decían que José Juan yacía muerto a unas cuadras y que había testigos de que yo lo había madreado.

Pocos días después, impulsados por las pinches influencias del papá de José Juan, q.e.p.d., me dictaron sentencia acusándome de homicidio imprudencial y me refundieron en la sombra. No alcancé fianza.

Desde entonces Cristina viene a traerme lo que más me gusta: sus besos y sus ojitos de color verde-uva.

Por imbécil y por celoso y atrabancado, me encerraron en estas cuatro paredes que cada día se angostan más y más y más…

4 pensamientos en “Aquí, donde nadie nos vea por Armando Contreras

  1. Saludos, tu historia tiene incompleto un párrafo, me gustó aunque siento que los tiempos de tu relato no coinciden. Inicias hablando de los ańos 60s, pero, terminas diciendo que desde hace tres ańos…en fin, solo es una apreciación.

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    • Fernando, qué bueno que te haya gustado el relato. Agradezco tu apreciación y, leerla, derivó en un ajuste para evitar la confusión que, en en el manejo del tiempo, te provocó. Gracias.

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