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Si escuchara algún consejo de vez en cuando, seguro no habría estado en esa situación. Tenía que dejar de ser tan testaruda e impulsiva, pero ¿cómo no serlo si su madre era la ganadora del primer lugar en testarudez?.

Miró su pierna, tenía raspones en los dos costados, estaba entumida de frío, un hambre que la haría comer lo que fuera y sobre todo, una gran preocupación. ¿Qué parte del plan había salido mal?, ¿en qué momento se le habían escapado los hilos de las manos?.

Se suponía que Alberto no la dejaría salir de la oficina el día anterior, como lo había hecho en ocasiones anteriores; o que después de discutir, él la seguiría hasta el estacionamiento y la convencería de volver. Pero esa mañana no lo había hecho, ella había salido hecha una furia y cuando estuvo frente a su camioneta no lo vio por ningún lado, lo buscó con la mirada y nada, no podía echarse para atrás, de ninguna manera, él tendría que telefonearle y ella no contestaría un par de veces, sólo para asegurar su posición. Estacionó el coche unos momentos en aquel parquecito en el que tanto le gustaba correr por las mañanas. Conforme pasaban los minutos, la desolación y tristeza se apoderaban de su alma: Alberto no estaba buscándola. Fue entonces que se le ocurrió “la gran idea”. Condujo hasta las afueras del pueblo, en donde un campesino le hizo una señal para que se detuviera:

– “Escuche este consejo, no vaya más allá, las lluvias han destruido parte de los caminos, regrese por su seguridad”.

Las nubes negras se apoderaron nuevamente del cielo y gruesas gotas comenzaron a golpear los cristales. Siguió avanzando, hasta que un árbol cayó frente a ella. Pensó en regresar pero el motor no volvió a encender. ¿Se quedaría allí o buscaría ayuda?.

Confiando en que su familia hubiese iniciado su búsqueda, se ahorraría tiempo regresando aunque fuera caminando, pues no podía estar tan lejos del pueblo.

La oscuridad comenzaba a inundar los alrededores, caminaba cada vez más aprisa; no supo cómo resbaló y cayó por una pequeña ladera. Los botones de su abrigo cedieron ante la presión del golpe. Hasta ese momento estuvo consciente de la gravedad del asunto ¿y si no la estaban buscando?, ¿y si estaba más golpeada de lo que creía?. “No debes entrar en pánico”, se dijo a sí misma.

Además si no veía la película de toda su vida ante sus ojos como si estuviera en el cine, eso significaba que no estaba a punto de morir, ja.

Despacio se arrastró bajo unas rocas salientes y allí quedó acurrucada, nodormiría se dijo, pero poco a poco el cansancio la venció.

Comenzaba la mañana cuando la despertó  el cantar de los pajarillos. Cada vez que intentaba incorporarse, Ana sentía un fuerte dolor en la pierna; la luz del sol la cegaba, abrió lentamente los ojos y pudo ver el azul del cielo… en otra circunstancia podría resultar hasta romántico, pero ese día no. Buscó la tempestad y la encontró por todas partes.

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