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“Tenemos que hablar”, sentenció María. Antonio, al escucharla, de inmediato frenó tan en seco, que el auto de atrás casi se estrella contra ellos.


“Pero, ¿por qué?”,—dijo sorprendido—, sin siquiera darse cuenta de lo que pudo pasar. Ella, con un nudo en la garganta y sin saber exactamente qué sentimiento tenía, con su mano izquierda tocó la pierna derecha de Antonio, como si con aquel gesto quisiera calmar los nervios de ambos, y le dijo que no se preocupara. “Continuemos y ya después platicamos”.

Siguieron por la avenida principal que los llevaría al centro comercial que alberga el nuevo cine de arte.

Durante parte del trayecto hubo silencio. Él se sentía ansioso; en su cabeza empezó a buscar razones por la cuales María, con seriedad y un tanto fría, había formulado esa fatídica frase. Hacia sus adentros se repetía: “Qué puede ser lo que me quiere decir… No le he fallado… ¡Nunca lo haría!.. Lo otro, es difícil que se enterara, pues con ninguno de mis amigos lo he platicado, ni siquiera a Miguel —a quien quería como a un hermano— se lo he comentado… Es imposible que María se haya enterado”.

Empezó a ponerse más y más nervioso, así que se salió del camino. María, que se había quedado dubitativa, no se dio cuenta de que estaban en otra ruta. Unas calles después, encontró una sin tránsito ni personas. Se estacionó.

-María, ya no puedo más, de qué quieres hablar, lo siento, pero ya no puedo esperar más, no me dejes así, tus palabras me tienen muy nervioso…

Volteó a verlo y de inmediato rompió en llanto.

-Primero, quiero que sepas que te amo con toda el alma y lo último que quiero es lastimarte, dañarte… pero antes de que te diga, quiero que me prometas que buscarás consejo… ayuda.

-María, no entiendo…

-Déjame hablar… Hace un par de semanas me enteré —tomó aire—, me voy a morir… No hay nada qué hacer…

Antonio la abrazó… sollozando y al oído le dijo que no cesaría en la búsqueda de el mejor de los médicos… Pero María se separó de sus brazos… Desabrochó los botones de su blusa… Llevó la mano derecha de Antonio hacia sus senos…

-Ahí está el mal y nada se puede hacer… Esta noche me voy y no quiero que me sigas, que me busques… Ana se comunicará contigo en cuanto todo haya terminado, cuestión de semanas… No más.

En ese instante, se sintió mareado… Antonio no alcanzaba a comprender lo que le acababa de decir María…

-Yo te amo… No te vayas…

-No lo hagas más difícil, que desde que me enteré los días se me han hecho imposibles… Lo último que quiero es que me veas morir… Es injusto para ti, para mí… Creo que es mejor terminar ahora mismo… Me quiero ir de aquí… Le pediré a Ana que vaya por mis cosas al departamento, ya tengo arregladas mis maletas…

Sin darle tiempo de reaccionar, María se bajó del auto…

Antonio, se quedó helado, sin poder articular palabra alguna… Ella se alejó rápidamente…

Se quedó ahí solo llorando inconsolablemente como un niño pequeño. Bajó del auto y se sentó en la banqueta. Del bolsillo de su chamarra sacó una pequeña caja, la cual apretó con fuerza contra su pecho.

2 pensamientos en “La Caja que no Brilló por Lorena Rivera

  1. Nadie la podría juzgar, sólo cuando alguien está en una situación así de extrema podría comprender los límites del amor y la manera de actuar. Ojalá él hubiera ido tras ella, y estar casados por unos instantes, por unos días, lo que fuera.

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