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Hay días como hoy, en los que me siento melancólico.

Cuando eso pasa, salgo a la calle a escuchar los pensamientos de la gente.

Sé que suena descabellado y pretencioso, pero es verdad. Desde hace un par de años me di cuenta de que “las voces” no eran en realidad un problema psicótico sino los pensamientos de los demás.

Me gusta escucharlos, no para burlarme o conocer sus pecados, sino para aprender. Sí, para aprender de las creencias y certezas de la gente y con sus experiencias llenar mi equipaje de vida. Son como botones que detonan en mí un pequeño haz de sabiduría cada vez que los aprieto.

Lo he hecho en diferentes lugares y definitivamente hay unos mejores que otros. Recuerdo un día que fui al cine a escuchar y la verdad es que no es el mejor sitio para hacerlo, sólo había pensamientos como: “¿Aplicaré la del bostezo o mejor trato de tomarle la mano?”, “Yo quería palomitas de caramelo” o, “Pinche película, mexicana tenía que ser”.

Para mí son mejores los lugares más tranquilos como un parque, un café, un restaurante o un museo. Ahí las personas tienen sus pensamientos más profundos y sinceros.

Hoy es diferente. Hoy no sólo es melancolía, también es miedo, ansiedad. Necesito un consejo, aunque sea uno tomado de la mente de alguien más.

Entro a un restaurante y me siento junto a un grupo de cuatro amigos que platican animadamente. Descubro que se conocen desde hace tres años y desde entonces su amistad ha ido creciendo. Cada uno de ellos, en su propia forma de pensarlo, sabe que los demás son la excepción a la regla: “la familia no se escoge”.

Me concentro primero en la menor del grupo. Una chica de veintitantos, literalmente no quiero pensar en cuántos años son. Cristina es su nombre. Mientras bromea y cruza la pierna está pensando en que mañana no quiere ir a trabajar. En que necesita aprender inglés y en que no tiene tiempo para hacer nada. “La vida no me da” piensa constantemente. Trato de llegar más al fondo de su mente y encuentro que su mayor preocupación es saber quién realmente es y qué es lo que realmente quiere.

La segunda chica del grupo (primero las damas), tiene dos hijas y unos buenos años de casada. Isabel está muy emocionada porque acaba de comprar casa; le encanta la idea de volver a decorarla. Le encantan los colores y en su mente siempre aparecen nuevos adornos, floreros y pinturas. Una vez más, me adentro en su mente. Tiene miedo de perderse en el camino, sabe lo que quiere pero piensa que es inalcanzable. Ha sido una buena madre y esposa pero necesita más libertad para estar consigo misma. Anhela redescubrirse.

Los dos hombres del grupo parecen de la misma edad. Me enfoco primero en el que está hablando en este momento.

Mientras trata de decir algo con sentido, en su mente solo encuentro pensamientos que bloquean mucha información. No habla de su nuevo trabajo, no es que no confíe, la verdad es que confía completamente en cada uno de ellos, pero hay información que Sergio prefiere no compartir por miedo a quedar mal consigo mismo. Sus límites morales los tiene muy claros y siempre presentes. Además está pensando en llegar a casa y ver a Laura, su esposa. Más adentro de su mente también hay miedos e inseguridades. Desea darle todo a Laura, pero no sabe si lo que hace es suficiente. Necesita convencerse de que las cosas van bien, de que tiene al mundo por delante.

El último chico del grupo en el que me concentro tiene los ojos un poco perdidos mientras trata de bromear y de participar en la conversación. Escucho que acaba de terminar una relación de mucho tiempo y está descubriendo nuevamente hacia dónde quiere ir. Sabe que frente a él tiene un gran lienzo en donde escribir lo que sigue de su vida y, mejor aún, que puede escribirlo a su manera. Sabe también que en los tres con quien comparte la mesa están quienes le darán forma y color a este nuevo capítulo. Con Javier no necesito ir mucho más a fondo, rápidamente encuentro su miedo por el futuro y por el nuevo camino que ha de seguir. Sin embargo, sabe que lo quiere caminar.

Es hora de pagar la cuenta. Se la dividen. Sonríen. Se despiden.

Ni la melancolía, ni el miedo, ni siquiera mi ansiedad ha disminuido, pero al menos sé que no soy el único que los tiene y no quiero ser el único que viva siempre con ellos.

Mi búsqueda apenas empieza.

Las voces se van, ya no regresan.

Pido la cuenta. Sonrío. Salgo del restaurante con el estómago lleno, el corazón contento y dando el primer paso hacia mí destino.

Sin título

2 pensamientos en “Mesa para Cuatro por Héctor Villalvazo

  1. No sé si sea una bendición o una maldición escuchar los pensamientos de los otros. A veces ni siquiera puedo entender las voces que me acompañan día a día.
    Me gustó la idea de escuchar las voces internas aunque me provoque cierto terror.

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