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Isabel no cabía de felicidad en esos momentos. Parada sobre el escenario, con un auditorio lleno que aplaudía emocionado ante su discurso.


Qué lejos habían quedado todos esos años de amargura y de dolor; esa infancia llena de carencias y de privaciones, pero sobre todo, de violencia y desamor.

El infierno vivido desde niña, en aquella remota comunidad marcada por costumbres y tradiciones retrógradas, donde las mujeres, por el simple hecho de serlo, se vuelven invisibles ante los ojos de los demás; donde terminan convertidas en simples objetos, sin derecho a decidir sobre sus propias vidas, sobre sus propios cuerpos.

Un lugar en donde el machismo exacerbado por generaciones no te permite convertirte en un ser humano libre, con aspiraciones y convicciones, donde la educación y la libertad se convierten en anhelos inalcanzables, y es la familia – que, se supone, debería amarte y protegerte- la que con frecuencia, se convierte en tu inquisidor.

Un lugar donde se ejerce la violencia extrema como forma de vida y como justificación.

Así fue la vida de Isabel al lado de su padre, Don Álvaro Moreno, un hombre machista y violento como resultado de lo que generacionalmente había aprendido; y de su madre, María Gómez, simple observadora de abusos y contradicciones, incapaz de levantar la voz ante las injusticias o de defender alguna posición.

Pero para Isabel, su rebeldía fue notoria desde que tuvo uso de razón. Quizás porque nació siendo un espíritu libre, en una búsqueda incansable de su propia identidad y sabía que no estaba dispuesta a claudicar.

Aún recuerda el día que – con tan sólo 14 años- su padre entró súbitamente a su habitación, sólo para recoger sus cosas y ofrecerla en casamiento a su amigo José Ramón, un hombre rico y 38 años mayor.

Y sin un consejo o una explicación, fue sacada a golpes y a empujones de su humilde casa y entregada a un desconocido, a un hombre que ella jamás eligió. Poco importaba su opinión.

Aún recuerda el asco y la repulsión, cuando el viejo ebrio se le abalanzó, arrancándole violentamente los botones del vestido, deslizando su sucia y asquerosa mano por su pierna, hasta que, aterrada, se desvaneció.

A tan corta edad, esa fue la escena más humillante y desgarradora que jamás vivió. Desde ese momento su vida cambió, pero fue su determinación lo que la llevó a romper todos los paradigmas, desafiando abiertamente a una sociedad enferma, insensible y cruel.

Una noche, desobedeciendo las normas establecidas, Isabel se armó de valor y decidió huir, aun conociendo el enorme riesgo que podía correr. Era como estar firmando su propia sentencia de muerte.

La “deshonra” en la familia, se castiga incluso con la propia vida y su vengativo padre no se detendría ante nada por una traición.

Sin importar las consecuencias, Isabel esperó pacientemente la oportunidad. Al caer la noche, huyó con rumbo desconocido. Y así continuó, siguiendo su instinto, hasta que su cuerpo exhausto ya no soportó. Fue tal el cansancio y la fatiga que languideció.

Pero su esfuerzo rindió frutos y una pareja de campesinos que la encontró inconsciente en el río, la llevó a su casa y, por varios días, la cobijó.

Gracias a ellos, fue contactada por una organización civil, creada para dar refugio a mujeres vulnerables, víctimas de maltrato y que, como ella, huyen de situaciones de violencia en sus hogares o en su comunidad.

Isabel logró salvar su vida, y sin saberlo, salvó la vida de su hija también. Ana nació tan solo siete meses después.

De sus padres, nada volvió a saber. De haberla encontrado…

Dedicó su vida a luchar incansablemente por los derechos de las mujeres y, pasado el tiempo, su valiente historia fue llevada al cine.

Hoy camina de la mano de su hija por las calles y vive plenamente en algún lugar del mundo, libre de maltrato y de violencia y sonríe empoderada… sólo porque es mujer.

Un pensamiento en “Porque soy Mujer por Virginia Escudero

  1. Virginia, me gustó cómo construiste al personaje de Isabel. Además de que tu narración nos ayudará a recordar que éste sigue siendo un problema vigente en nuestro país y que está pendiente de ser erradicado. Felicidades.

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