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Caminó sigilosamente por el pasillo hasta llegar al final. A lo largo de esos veinte metros se abrían puertas a cada lado y se podía sentir un aire denso y frío atrapado en la oscuridad. La última puerta estaba entreabierta y por el quicio resplandecía una luz dorada y tintineante. Martín se acercó temeroso y apenas tocó el pomo, sintió una descarga que le hizo contraer los músculos como si se tratara de una electrocución fulminante.


El dolor lo hizo caer al piso donde permaneció inmóvil por varios minutos hasta que recuperó la sensación en sus manos sólo para recibir una peor noticia: Su pierna izquierda se había tornado rígida y fría, parecía la pieza de mármol arrancada de una escultura que se unía a su cuerpo desde dentro y que podía sentir cómo se unía con su propio hueso.

Ponerse de pie se convirtió en una tarea tan difícil como no imaginaba. Se arrastró por el pasillo a ciegas hasta que alcanzó las escaleras por las que rodó precipitadamente hasta la estancia. Se apoyó en la mesa situada al centro de la habitación dorada en donde había un jarrón de cristal lleno de camelias abiertas en flor.

Revisó su pierna: nada extraño. Era de carne y hueso, aun con la cicatriz que de niño se había hecho jugando en las vías de la zona marginal de Barcelona. Su madre le había repetido una decena de veces que no se acercara, pero la terquedad de un niño siempre podría más que cualquier consejo de una madre.

A los cinco, se había caído de una rama mientras trataba de alcanzar una ardilla. Para los nueve ya le habían puesto dos tornillos que le mantenían la tibia en una pieza tras la fractura por el accidente en los patines que había improvisado con piezas de recambio.

A los quince se había lesionado en las vías. Para Martín, las acrobacias eran un llamado que retaba la tolerancia de Cristina, quien diligentemente hacía las veces de padre y madre tras la muerte de su esposo, y aunque Martín estaba consciente de ello, su sentido de aventura estaba inspirado en las películas de Indiana Jones que tantas veces había visto en el cine imaginando a su padre, Don Jesús Manuel Morel Rodríguez, superintendente de Barcelona, quien sólo él y su madre, sabían lo había engendrado.

Martín pensaba que aquellas restricciones que su madre imponía, limitaban su búsqueda de orígenes, sintiéndolo en un remolino de sentimientos encontrados en los que se contraponían el amor de su madre y la carencia de alguien que hiciera las veces de padre. Era esa misma búsqueda la que hoy le había conducido a esa vieja casona, abandonada décadas atrás y que permanecía inmaculada aunque nadie la habitara, sólo por haber escuchado que ahí, su madre había pasado sus años mozos.

Ahora estaba solo, bajo una luz lánguida que se filtraba por los grandes ventanales de la escalera y que poco a poco se extinguía con el ocaso. Tenía que volver pronto a casa, antes de que ella notara su ausencia.

Salió por la ventana rota que estaba en la sala y corrió a casa, prometiéndose volver más preparado.

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