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No puse mi atención en el cuadro cuando llegué, tratando apenas de recuperar la respiración y la confianza, sacando la polvera para ver lo que le lluvia le había hecho a mi pelo, a mi sonrisa, a mi frágil belleza de 43 años.

No vi el cuadro porque la ausencia de Julián me entró por los ojos, me enfrió las manos, me calentó el rostro. Julián tiene ese efecto sobre mí, cerca o lejos, me fragmenta en sensaciones y contrastes. Hoy no está y es lo mismo.

Ahora el cuadro está encima de mí. Pienso que yo misma podría ser un cuadro, sentada en una banca en la galería, recortada contra el muro blanco, esperando.

Solo para poner mi mente en otra cosa, en otro tiempo, en otro lugar, me ocupo en tratar de recordar el cuadro. “Hay rojo, algo rojo”.

 – “Blanco, igual, vino blanco” – respondo en automático al mesero que pregunta.

Un sorbo al vino e intento volver concentrarme en recuperar la imagen del cuadro: “Azul, la luz es azul”

– “¿Rosa?” – me interrumpe la voz de un desconocido.

– “No, lo siento”

En realidad no lo siento, envidio a Rosa porque alguien la espera, porque alguien la busca. Porque no está esperando.

Este es el mundo de Julián, de Julián el artista, del joven y hermoso Julián. El mundo donde podemos ser invisibles, tan diferente al mío de marido e hijas y escuela y trabajo.

Entre nuestros mundos estaba el Starbucks. Estaba el café que me invitó por descuido de la cajera, el que le pague al día siguiente. Las sonrisas que se volvieron charlas, las charlas que se volvieron citas.

Julián me decía “princesa” porque un día yo llevaba en la mano la tiara de ballet que mi hija olvidó en en el coche. Me la puso entre risas y no dejó que me la quitara cuando me desnudó en su estudio. Fue la primera y única vez que hicimos el amor allí. Había tanta luz.

Hace rato sé que Julián no va a llegar hoy, ni mañana, ni nunca. Me levanto y giro para ver el cuadro, siento que esa soy yo, que esa es mi luz; esa mi amargura de princesa desairada. Quisiera poder correr al baño, sentarme a llorar hasta que se corra el rímel  Pero tengo que contestar el teléfono, llaman de casa. “Adiós princesa” pienso y regreso a la lluvia para lavarme el alma.

2 pensamientos en “Adiós Princesa por Alex Rubio

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