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Al fin cae la noche y Elena decide levantarse. Despacio. Estuvo llorando todo el día. Inconsolable.

Elena es joven, tiene el cabello negro y la piel pálida. Hoy viste un vestido color rojo y una tiara de diamantes. Bueno, a ella le gusta pensar que son diamantes. Le gusta que la miren, le gusta que la admiren. Pero Elena se siente sola.

Sale del cubículo donde estuvo todo el día, se detiene frente al espejo, se limpia las lágrimas, suspira, respira. Le da la última calada a su cigarro y lo apaga en el lavabo, ahí lo olvida junto con las demás colillas, todas con rastros de labial.

Elena no entiende por qué cada día es igual, por qué las lágrimas siempre regresan. Sabe que los hombres la admiran, la desean, pero eso no la llena. Sabe que las mujeres la envidian, la imitan, pero eso no la anima. Elena se siente encerrada entre cuatro esquinas, se siente plana, se asfixia.

Su vida ha cambiado tanto desde hace algunos años; su mejor amiga, Ana, fue quién la regresó a la vida cuando estaba en blanco, cuando estaba perdida. Ana le dio color, le dio confianza,  la hizo una inspiración. Ahora Ana casi no le habla, no le llama, casi no la mira. Elena la extraña.

Cruza la puerta del baño hacia el salón. Decide dar un paseo por la ciudad, baja las escaleras de la antigua Coracha, camina por la calle de San Agustín y llega al malecón del puerto de Málaga, desde ahí ve frente a ella la hermosa farola, estructura que la hace sonreír, por fin…

En su camino hacia el malecón Elena no se dio cuenta de las personas que iba dejando detrás. Pasó al lado de una mujer de cabello rojo brillante con un mono en el hombro, el cuál, bailaba para llamar su atención. Caminó delante de un hombre muy delgado y lleno de tatuajes que le extendió la mano. En realidad si lo vio, pero Elena aceleró el paso llena de temor. Él solo se quedó mirándola, con la mano extendida y el arete que le quería regresar.

Elena se quedó sentada observando la farola durante horas. Suspiraba, sonreía. Recordaba, lloraba. Anhelaba.

El cielo empezó a mostrar vestigios del amanecer, la farola apagó su luz,  Elena salió de su estupor, sacudió su cabeza, miró al cielo, miró en su interior. Lo que encontró ahí no la animó, por el contrario la hizo levantarse y volver. No quería estar sola con ella. Con ella y su soledad.

Corre tan rápido como sus tacones le permiten, Corre tan lento como le pesa su alma.

Elena regresa a su lugar de siempre, se detiene frente al espejo y trata de arreglar el maquillaje que el llanto arruinó. Deja de intentarlo, ya no le importa. Enciende un cigarro.

Hoy Elena viste el mismo vestido rojo, la misma tiara, la misma soledad.

Entra en sus cuatro esquinas sin marco. Ve de reojo hacia la calle y descubre una fila esperando que abra la exposición, donde, una vez más, ella es el centro de atención.

Elena

Un pensamiento en “Elena por Héctor Villalvazo

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