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Después de colgar el teléfono, su cara se ilumina, el corazón palpita tan rápido que el aire falta y las mejillas se tornan tomates. No lo evita y corre por toda la habitación. Se sube a la cama y brinca como la chamaquita que fue, apenas hace 25 años. Misha, su leal fiel y agradecida compañera -la rescató de un basurero-, parada en el buró la ve con sus grandes y azules ojos.

–¡Por fin, ay, qué emoción! En tres días… ¡tres!

Con su elegante paso, Misha retoma su ritual para acomodarse y acostarse en la parte superior de la cama. Una vuelta a la derecha, una más a la izquierda y ya acomodada entre las almohadas y la cabecera, se deja caer para seguir con el acicalado de su blanco pelaje.

Majo termina de arreglarse para ir a trabajar.

En la cocina, sobre la barra revisa los pendientes en su tablet; toma una raquítica ración de cereal con leche, misma que deja a medias para cepillar los dientes y salir corriendo.

Camino a la oficina, repasa cada una de las actividades del día: mañana de juntas, una con los accionistas y otra con los integrantes de su equipo de trabajo; armar el presupuesto del nuevo proyecto, después revisar la currícula de los candidatos para las vacantes de director creativo y copy, y a las 14:15 horas, comida con Tina, su amiga de toda la vida; de regreso en la firma, la reunión con los creativos, y finalmente, para cerrar, retirarse a las 18:00 horas, apenas con tiempo para ir a la tienda departamental.

Está tan feliz que todo le sale a la perfección. Los accionistas, maravillados con las cifras del semestre. El único detalle, el olvido de las croquetas para Misha.

-Le compartiré un poco de salmón, o atún. Mi chiquita entenderá.

Con un pie en la tienda, su cabeza como remolino confecciona el outfit que vestiría para reencontrarse con Antoine, el amor de su vida, quien tras seis años de maestría y doctorado en Nueva York, por fin regresa.

Decidieron terminar la relación, pero a la vuelta del tiempo, si los dos seguían solos y sintiendo lo mismo el uno por el otro, restablecerían la relación. Majo lo único que sabe es que lo quiere a su lado.

Entre el mar de prendas probadas, finalmente un hermoso Valentino strapless en seda roja la atrapa. Sin duda, el precio es alto, pero cómo no llevarlo si le queda como si se tratase de un vestido hecho a la medida.

-Está divino y con las Pigalle Louboutin se verá sensacional.

Los días transcurren entre lo cotidiano y la ansiedad. El viernes llega. Se retira temprano del trabajo. Instalada en su casa, toma un baño en tina. En el vestidor, el Valentino, las zapatillas y una pequeña tiara con pedrería brillante la esperan.

Sentada frente al espejo, seca y peina su largo cabello negro con un perfecto “ballet bun”, lo adorna con la tiara, esa que Antoine le regaló para La bohéme. Acomoda el flequillo, el toque final para su rostro. Resalta la mirada con delineador negro, por dentro y fuera; sombras en tonalidades gris-plata y labial rojo, perfecto complemento para el Valentino.

Llega 20 minutos antes al Palacio de Bellas Artes para La Traviata. Está ansiosa, prende un cigarro y se sienta en una jardinera a esperar.

Faltando cinco minutos para el inicio del recital, una llamada entra a su celular. Es él, se disculpa, no llegará, su esposa está en labor de parto.

Majo siente cuchillos en el pecho, las manos le tiemblan y con dificultad por los tacones altos, corre hacia el baño del recinto. Ahí, se encierra. Inexorables ríos negros corren por su tez blanca.

Un pensamiento en “Ópera por Lorena Rivera

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